Viernes 21 de febrero de 2014
ETA está formada por cuatro pistoleros con las armas oxidadas y unas cuantas granadas sin anillas y sus novias (o novios) son cuatro gatos desesperados. El resto está en la cárcel. O más fichados que Al Capone.
Eso sí, tienen un grafómano que se marca un comunicado a la semana. Que si van a ser buenos, que sin algún día dejarán las armas, que si a los presos se los puede acercar a San Sebastián para ver La Concha... Paparruchas.
Después de la humillación de la salida en masa de los más sanguinarios, por obra y desgracia del Tribunal de Estrasburgo, que derogó la doctrina Parot sin saber lo que hacía (o sí), ahora quieren salir de rositas e ir a su casa como si fueran los salvadores de la patria. Unas víctimas de la represión. Unos santos que han asesinado a casi un millar de personas a sangre fría.
Lo único que puede y debe hacer el Gobierno es mantener la política penitenciaria; esto es, que cumplan sus penas hasta el último día de su condena y vetarlos de por vida para ejercer cualquier cargo público.
Bastantes asesinos tenemos ya en las filas de los partidos proetarras, Bildu y demás, para darles ahora subvenciones, escaños y concejalías a cargo del erario público.
Que se pudran en la cárcel y cumplan sus penas hasta el final. Y si entregan las armas oxidadas, se recogen, se tiran a la basura y aquí paz y después gloria. Ni una concesión, ni un aplauso, ni una sonrisa. Que sean para siempre unos apestados y lleven colgado del cuello un cartel que diga “asesino”. Porque es lo que son y siempre han sido. Y que sigan escribiendo comunicados cada semana, que los publique El Gara y los lean los pobres de sus padres.
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