Opinión

Contra Leviatán

Fernando Zamora Castellanos | Viernes 21 de febrero de 2014
El constitucionalismo moderno existe para contraponer la tendencia del poder de invadir progresiva y sutilmente las libertades ciudadanas. Si bien es cierto la Constitución es el enunciado de los ideales comunes que cada sociedad abraza, ante todo, es la garantía que los ciudadanos tenemos para asegurar nuestras libertades frente al poder constituido. Por ello, a partir del filósofo Thomas Hobbes, se le llama Leviatán, a esa enfermiza vocación omnímoda del poder estatal.

Salvo pocas excepciones, en la clase política latinoamericana existe una perniciosa incultura contra la libertad. Una de tantas ilustraciones de esta realidad, son las recientes declaraciones que a este diario ofreció una diputada electa costarricense que encabezaba la lista de un reconocido partido de izquierda de este país. Cuando la aspirante planteó que promovería reformas para regular la labor de los medios, el periodista le cuestionó acerca de cómo se pondrían en práctica tales regulaciones. Puntualmente, el periodista le preguntó sobre ¿quién diría cuál medio de comunicación falla? Su respuesta fue que, de triunfar su Partido, se crearían “instancias ciudadanas” para ello.

El problema es que, -para desgracia de la historia humana-, este tipo de iniciativas en las que un Partido oficial controla grupos ciudadanos en apoyo de un gobierno, no son una idea original de la dama. Nacieron concebidas por los totalitarismos en la Europa de principios del Siglo XX. Son un mecanismo mediante el cual, ciudadanos adeptos al Partido del gobierno, controlan la libertad de expresión y el comportamiento político de los ciudadanos independientes. La historia reciente de América latina también ha conocido ya este mecanismo de control ciudadano. Por ejemplo, en la Cuba socialista, tales instancias ciudadanas se denominan “Comités de defensa revolucionaria”. Al igual que la idea planteada por la candidata, tales comités ciudadanos fueron creados por el Partido en el poder para desempeñar tareas de control ciudadano. Los comités ciudadanos resultan un mecanismo que, -aunque perverso-, es eficiente para controlar el poder político. En los regímenes que lo han implementado, la estructura de tales organizaciones ciudadanas es centralizada y opera en forma piramidal, según los grados de división territorial administrativa. Tales “iniciativas ciudadanas” funcionan a partir de caseríos, -y desde allí-, con una organización de mando hasta culminar con una jerarquía a nivel nacional. Tal estrategia también se usó con similar eficacia a partir de 1980 durante el régimen sandinista, que en ese año creó los denominados “comités de defensa sandinista.” Eran un mecanismo de vigilancia de la vida de aquellos ciudadanos nicaragüenses que disentían del régimen dirigido entonces por Daniel Ortega. En días recientes la prensa nicaragüense denunció atentados de la versión moderna de estos grupos conformados por el actual régimen de Ortega.

En el pasado reciente, ese antecedente de control de la prensa a partir de “grupos ciudadanos” ha tenido trágicas consecuencias. Es de público conocimiento que, tras los múltiples ataques físicos a la prensa venezolana independiente, ha estado la mano enardecida de hordas civiles organizadas por el partido del gobierno. Como ilustración de lo que afirmo, se documentó que los ataques con granadas del año 2009 contra TV Globovisión, fueron dirigidos por grupos organizados del Partido oficial. De hecho, se descubrió que el ataque de ese año había sido ejecutado por reconocidos partidarios, entre ellos Lina Ron, dirigente de la Unidad Popular Venezolana (UPV). En ese país, una modalidad de tales grupos organizados de la población, son, por una parte, los denominados “colectivos”, y por otra, las “milicias bolivarianas”. Aunque se denominan así, no están incorporados en el Ejército de Venezuela, sino que son mantenidos estratégicamente como grupos ciudadanos. Sin embargo, son acólitos al Partido del régimen socialista venezolano y son provistos de armas por el mismo gobierno. En el caso de los colectivos, usualmente la actuación también ha sido violenta, como sucedió cuando uno de esos “colectivos ciudadanos” intentó incendiar el autobús en que se desplazaba Henrique Capriles. En resumen, estrategias claras contra los valores de la constitucionalidad occidental.

Más como indiqué al inicio, siento que la incultura contra la libertad, no es un mal que se detecte exclusivamente en partidos contaminados de ideología. Reconozcamos que la tendencia se ha generalizado en una parte importante de la clase política occidental. Se ha instaurado un discurso homogéneo que es peligroso. Una mala filosofía política en el debate occidental. Si tuviésemos que condensarla en una expresión crítica, lo que se deduce del discurso general con el que se maleduca al ciudadano, es que nuestra prosperidad debe depender de un Estado que, -a costa del ciudadano que está fuera de ese Estado-, reclame cada día más poder, recursos y prerrogativas. Un cruel espejismo que nos está llevando hacia lo más profundo del desierto. Y el contrapeso de tan mala idea es muy débil. Percibo muy pocas voces disidentes a favor de la libertad.

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