Opinión

El fiasco de la Cumbre de América del Norte

Marcos Marín Amezcua | Domingo 23 de febrero de 2014
El 19 de febrero de 2014 se reunieron en la ciudad mexicana de Toluca, los presidentes de México y Estados Unidos con el primer ministro de Canadá, en la pomposamente llamada “Séptima Cumbre de líderes de América del Norte”, teniendo como pretexto el vigésimo aniversario del Tratado de Libre Comercio América del Norte (TLCAN) y sin tratarse en ella los temas más álgidos, relevantes y conflictivos de la relación, que son menester atender si de verdad se apuesta a estrechar la integración cacareada por los mandatarios referidos y que de no resolverse, comprometen notablemente el avance de la región y su acoplamiento asaz asimétrico.

Si en torno a este aniversario redondo el TLCAN ofrece datos contradictorios sobre su eficacia y ha sido tan cuestionado como alabado, pesando mucho lo primero, para mí ha sido un rotundo fiasco el resultado de una sobrevalorada cumbre –sobrevalorada por medios mexicanos que no se cansan de exaltar bondades que no están nada claras– que se ha efectuado en un plató controlado por el priismo, gustoso de la pompa y el acarreo con escenarios efímeros útiles solo para hacerse la foto, aunque no se obtengan resultados concretos. Lo normal en la diplomacia que siempre ha practicado el PRI, hoy encabezando el gobierno nacional. Lo demás no le interesa. Con la foto, basta.

La cumbre no estuvo exenta de protestas de contingentes opositores a las medidas de Peña Nieto –que llega a ella denunciado como traidor a la Patria por tales grupos ante su reforma energética– y que se realizó en la capital de la entidad que gobernó antes de ser presidente de México. Un pésimo escenario al ser rebasado por la logística necesaria para proteger a los representantes de los socios comerciales, empeñados en solo hablar de comercio y evadiendo todo lo demás, aunque saben bien que el libre comercio que alardean acarrea una movilidad entorpecida en lo comercial y en lo humano por medidas unilaterales como el visado canadiense y las trabas al intercambio fluido y a la movilidad impuestas por Estados Unidos, que los colocan a ambos mandatarios en intransigentes personajes que no ofrecieron ni una pizca de voluntad para cambiar de forma real y efectiva en los hechos, tales medidas que desequilibran la relación trilateral. México en cambio, de la mano de Peña Nieto, les ha ofrecido el petróleo a la inversión privada de sus empresas. Esta vez ha puesto más que sus socios, abriéndoles las fauces y mostrando aquellos los colmillos sobre nuestros recursos, en pos de la buena vecindad no correspondida. Pero ya se lo dije: a Peña le importa la foto y nada más.

Peña Nieto no llega con la fuerza que han exaltado en sus discursos los visitantes. Toluca es la capital de una entidad que es vecina de Michoacán, que en su desgobierno en manos también del PRI local y enfrentamientos entre grupos armados –narcotraficantes y no– sitúa a Toluca a metros de un polvorín que el gobierno Peña Nieto no ha podido resolver, exponiendo a los mandatarios norteamericanos a un inminente peligro y que en respuesta, el gobierno de España ha sugerido no visitar Michoacán, que dicho sea lo hizo la semana previa a la cumbre, es decir, en un mal momento al recibirse mal en la opinión pública y ocurrida la sensata sugerencia, que no alerta, un día antes de recibirse al nuevo embajador español Luis Fernández-Cid de las Alas Pumariño, que ha tenido que plantar cara minimizando la recomendación emitida desde Madrid. Toluca fue una mala elección, pero se comprende el caprichito de escogerla, como inoportuna fue la decisión española comunicada.

Peña Nieto necesitaba esa foto para su propia propaganda personal, pues aunque la cumbre está dando muy magros resultados concretos –casi inexistentes – como ya lo he señalado, sucede mientras su popularidad cerraba a la baja en 2013 al 50% y mientras la economía mexicana ve incrementarse una inflación desbocada y ve aparecer un crecimiento a la baja y se sigue deteriorando, en tanto este gobierno se empeña en posicionar su expectativa de crecimiento a contrapelo de lo que sugieren tanto las advertencias de organismos mundiales como órganos de significativa importancia, tales como el Bando de México. Es un gobierno alienado a la realidad económica y sordo a los crujidos de su posible desastre.

Así pues, ha sido altamente decepcionante la postura de los socios norteamericanos de México, que no conceden nada de lo que México requiere en pos de revitalizar la relación trilateral, mientras el gobierno mexicano insiste hasta el cansancio en exaltar los 20 años del TLCAN, que ha sido calificado en ciertos círculos como vetusto para las necesidades del presente siglo y que, cancelada su buscada renegociación en Washington el mes de enero anterior, supone ello un fracaso más de Peña Nieto al buscarla, y parece condenado a no mejorar como el instrumento eficaz que debería de serlo a plenitud.

Permítame remarcarlo: el primer ministro canadiense Stephen Harper, ha llegado con las manos vacías. No ha retirado la visa impuesta a los mexicanos –que le genera pérdidas a su país y contamina los esfuerzos por exaltar lo mejor de la relación bilateral– y ha ofrecido eso sí, una suerte de padrón de “visitantes confiables” a los que en un término que no fijó, podría no imponérseles tal requisito. Nada concreto, pues. Es muy decepcionante su proceder, mientras el gobierno mexicano exaltaba en la página de la presidencia de México las “magníficas relaciones” obviando que la visa impuesta abruptamente y sin consultas en 2009, ha deteriorado la imagen de Canadá en México y ha entorpecido los negocios y las visitas a ese país.

En resumidas cuentas, con los vetustos parámetros con los que la diplomacia priista está acostumbrada a moverse y a medirse, al final queda la clara idea de que la cumbre ha sido escenográfica, sin acuerdos puntuales, sin logros concretos, llena de palabrería y de alcances difusos y mediocres. Los tres mandatarios han develado una placa conmemorativa en el palacio de gobierno. Créamelo: eso para los prisitas basta y sobra. Es su estilo: la escenografía hueca. A muchos ciudadanos nos queda claro que los logros son exiguos y sumamente decepcionantes. Para lo que acabaron haciendo en Toluca, ya podían habérselo ahorrado los conspicuos personajes.

TEMAS RELACIONADOS: