Alejandro San Francisco | Lunes 24 de febrero de 2014
La Champions League es una de las manifestaciones más elocuentes y brillantes del “deporte más hermoso del mundo”, como le llama algún relator deportivo. Ahí se reúnen los principales clubes del planeta (falta algún equipo latinoamericano y poco más), como el Barcelona, el Bayern Munich y el Chelsea, por mencionar a los últimos vencedores, junto a otros de primer nivel y que aspiran a quedarse con la copa este año. Entre ellos destaca, por cierto, el Real Madrid y el Paris Saint Germain, pero no podemos dejar de observar al Manchester City y al Manchester United, además del otro elenco español en competencia, el Atlético de Madrid.
Una de las cuestiones más interesantes en cada partido de la Champions, que ya ha entrado a la fase definitoria, es la campaña que se ha desarrollado este año, bajo una frase tan sencilla como clara y profunda: “No al racismo”. Resulta particularmente importante, considerando la altísima difusión que tiene el fútbol a nivel mundial, y especialmente el campeonato más atractivo de clubes del que podemos disfrutar en la actualidad.
En estos tiempos, llevar adelante una campaña contra el racismo resulta doblemente necesario. En primer lugar, porque es un tema crucial en la promoción de la dignidad y los derechos humanos, y porque el racismo cada cierto tiempo reemerge desde el fango como idea, como agresión oculta, incluso mediante el uso de medios violentos. Los racistas a veces ocultan sus objetivos o son oblicuos en sus medios, pero no se pierden en su convicción más profunda: hay razas superiores (por supuesto la que ellos integran) y razas inferiores (que deben tener menos privilegios legales o sociales, e incluso deben ser minusvaloradas socialmente). Así ocurrió en sus manifestaciones más extremas en el siglo XX, con el régimen nacionalsocialista por ejemplo, y así sucede también hoy de manera más tenue, pero siempre visible y lamentable.
En segundo lugar, porque cada cierto tiempo las manifestaciones racistas se expresan incluso en los en las propias canchas de fútbol, donde la integración, el compañerismo y el espíritu deportivo deberían ser la regla y cualquier gesto o actitud racista tiene que ser condenada y combatida. Algunos ejemplos nos muestran actitudes racistas: hinchas que han lanzado plátanos a la cancha contra un jugador “negro”, pretendiendo insultarlo (aunque en realidad nos ilustra sobre su propio pensamiento prehistórico), e incluso jugadores agrediendo verbalmente a otros por la misma razón. En la actualidad esto resulta doblemente absurdo, considerando que los jugadores de distintas naciones van de un país a otro, sin otras consideraciones que las estrictamente futbolísticas, y ciertamente dejando fuera cualquier razón de tipo racial. Esto ha permitido que muchos equipos europeos tengan a figuras de origen africano, así como hemos visto en los últimos años a grandes seleccionados europeos de “raza negra” (caso paradigmático es el equipo de Francia, campeón en el Mundial de 1998).
Por eso combinar fútbol de alto nivel con la condena específica al racismo es una buena noticia. La misma difusión de la Champions League a nivel mundial, no exclusivamente europeo, garantiza una excelente oportunidad para profundizar estas ideas, para que las nuevas generaciones las incorporen como propias, eliminando cualquier vestigio de racismo, odiosas discriminaciones o insultos inaceptables y que aparecen incluso como más grotescos con el paso del tiempo.
No se trata simplemente de lanzar un grito aislado para denunciar las injusticias generalizadas o aisladas, ni tampoco vestirse con una idea políticamente correcta en un campeonato de fútbol, como podríamos hacerlo con cualquier otra actividad. El asunto es mucho más profundo. Lo que debemos lograr, a propósito del fútbol o del aprendizaje de los horrores que podemos ver en la historia, no es simplemente mejorar un índice o superar una conducta nociva, sino que es necesario crear una verdadera cultura de respeto a la igual dignidad de todas las personas en cualquier lugar del mundo, a la integración de las naciones y las razas, y la convicción de que es necesario dejar atrás cualquier atisbo racista.
El fútbol siempre tendrá una deuda de gratitud con algunos grandes exponentes del deporte como el brasileño Pelé, el portugués Eusebio, el camerunés Roger Milla o el francés Thierry Henry. Ellos y tantos otros destacados deportistas nos recuerdan que el fútbol no tiene fronteras, que el color de la piel no determina privilegios ni censuras, que una cancha de tierra en cualquier lugar del mundo puede ser la cuna de los sueños de tantos niños que miran a sus ídolos cual espejos que representan su propio futuro. Así lo volveremos a ver en unos meses cuando se desarrolle el Mundial de Fútbol, y se encuentren las naciones africanas y las asiáticas, o los países europeos con la pluralidad mestiza de América Latina.
El fútbol no solo es una pasión de multitudes, sino que también una especie de arcoíris, cuyos múltiples colores –en las camisetas, los estadios y entre los propios jugadores– nos ilustran sobre una diversidad que es necesario cuidar, así como debemos rechazar el triste fanatismo de los racistas, cuya ignorancia y anhelos de supremacía los degradan a ellos mismos, retrotrayéndolos a épocas e ideas que creíamos superadas.
¡Viva la Champions League! ¡No al racismo!