Martes 25 de febrero de 2014
Con toda probabilidad, Matteo Renzi será el nuevo presidente del Gobierno de Italia. Al ex alcalde de Florencia no le espera una tarea fácil: deberá no sólo seguir el camino empezado por el Gobierno de Enrico Letta, sino también dar paso a una serie de reformas improrrogables. No basta la ambición, ni la formación de un Gobierno joven y paritario. El nuevo ejecutivo deberá demostrar que tiene claras las prioridades de su mandato y ser determinado y eficaz a la hora de afrontarlas. Deberá tranquilizar a los mercados, nuevamente preocupados por la fragilidad institucional y la volatilidad del país. Pero al mismo tiempo, deberá asegurar a sus socios europeos el respeto de las reglas establecidas. Italia necesita un Gobierno fuerte, capaz de modernizar el país y hacerlo gobernable.
Por otro lado, la enésima lucha fratricida del Partido Democrático no debe conllevar como daño colateral la rehabilitación del cavaliere. Berlusconi anhela ser el gran beneficiario de la lucha intestina de la izquierda italiana. No obstante, la clase política italiana no puede permitir que el ex Presidente condenado vuelva a la primera plana. La esterilidad política de la derecha italiana no puede justificar su vuelta y su salida del escenario político nacional debe seguir siendo propedéutica a un cambio en la derecha, a una regeneración en clave liberal, moderna y menos populista.
El nuevo Gobierno deberá aprobar medidas que relancen una economía que se está encogiendo preocupantemente - se estima que se ha contraído un 10% en seis años. Los problemas de Italia son tan graves como evidentes: la enorme deuda pública, la alarmante tasa de desempleo (sobre todo juvenil), los elevados impuestos, la anquilosada clase política, una burocracia asfixiante, el estancamiento económico y una ley electoral que favorece la ingobernabilidad. La agenda reformista del Gobierno debe incluir soluciones y medidas para reformar el país, empezando por la modernización de la esclerotizada administración pública y pasando por la reforma de la ley electoral y por nuevas normativas en materia fiscal y laboral.
Finalmente, no debemos olvidar que la estabilidad de Italia afecta a toda Europa, y en especial a España, ya que las dos economías parecen avanzar paralelamente. La evolución de la situación italiana debe ser seguida desde cerca, conscientes de que Italia necesita un proyecto, un programa de renovación política y económica: no basta con las promesas o el ímpetu de Renzi. El nuevo presidente de Gobierno promete cambios: lograrlo es la única posibilidad que le queda para demostrar que la decisión de tomar el mando abruptamente ha sido la correcta. Debe resultar más solvente que ingenioso, más eficiente que astuto; de lo contrario asistiremos a un suicidio político. La izquierda italiana habrá fracasado una vez más, confirmando la tendencia autodestructiva de los últimos años, devorando a un joven líder que prometía renovar el país y que terminó por ser víctima de su propia guerra relámpago. El paso de nuevo Príncipe a villano es corto y está en juego el futuro de Italia.
TEMAS RELACIONADOS: