Inspirándose en los hechos relatados por el libro The Monument Men de Robert M. Edsel y Bret Witter, George Clooney protagoniza, dirige, produce y coescribe el guión de esta cinta bélica, aunque, sobre todo, de carácter heroico — con guiños a la amistad y al humor — que fue estrenada en la última edición del Festival de Berlín. Imposible no verla sin que a uno le vengan a la memoria esas primeras entregas de un Indiana Jones metido en líos imposibles, con tal de salvaguardar lo que más importa — sin contar, por supuesto, las vidas humanas -, es decir, la herencia cultural de obras maestras pertenecientes a cualquier tipo de manifestación artística. En Monument Men, la historia de cómo unos pocos hombres acudieron al rescate de muchas obras de arte amenazadas no sólo por el expolio nazi, sino también por los bombardeos aliados y la codicia de los rusos - que pretendían, de algún modo, resarcirse con lo que ellos denominaban trofeos -, es real. Aunque no sea demasiado conocida y, de ahí, que Clooney considerase que su hazaña bien valía un homenaje cinematográfico. Porque, a pesar de que su misión durante la Segunda Guerra Mundial ahora nos parezca loable, cuando el protagonista la expuso durante los últimos meses de la contienda, lo que pareció fue la chifladura de un hombre que pretendía, por un lado, marcar los lugares que no debían ser bombardeados y, por otro, averiguar qué estaban haciendo los nazis con las obras de arte que confiscaban, fundamentalmente, de las colecciones privadas de los judíos a los que asesinaban o recluían en campos de exterminio.
Este hombre, el historiador Frank Stokes — interpretado por Clooney -, consigue finalmente obtener el permiso para reunir a un grupo de expertos en arte y desembarcar en Normandía en la primavera de 1944. Ninguno de ellos es militar, pero la historia nos los presenta como valientes y llenos de recursos, aunque algunos sean — otra vez — muy a lo Indiana Jones. Quienes sí demuestran que lo suyo es muy profesional, son, desde luego, los actores de los que se rodea Clooney para formar el intrépido y curioso mini batallón. Empezando por Matt Damon, un restaurador de arte llamado James Granger, que tiene la misión de entrar en París y tratar de averiguar qué se llevaron los alemanes cuando tuvieron que abandonar la ciudad. Su meta, devolver lo que encuentre a sus legítimos propietarios. Y su inestimable aliada, aunque al principio le cueste confiar en el americano, es una parisina que ha trabajado con los nazis y ha tenido la valentía e inteligencia necesarias para ir apuntando en un cuaderno a quién pertenecía cada pieza que Goering elegía para llevarse a Alemania. Interpretada por una siempre exquisita Cate Blanchett, de quien ya sabemos que queda muy bien en estos papeles de mujer misteriosa, solitaria y desconfiada.
Hay en el reparto, más actores imprescindibles y es, precisamente, la oportunidad de poder verlos juntos el mayor acierto de un filme entretenido que apuesta por lo amable, más que por lo intenso. Se trata de Bill Murray, que interpreta al arquitecto de Chicago Richard Campbell;John Goodman dando vida al escultor Walter Gradfield; el actor francés Jean Dujardin, que se mete en la piel del profesor de pintura de la escuela de Bellas artes de París Jean-Claude Clermont y el actor británico Hugh Bonneville, famoso por interpretar al bonachón patriarca de Downtown Abbey, y que en la cinta de Clooney se encarga del papel de Donald Jeffries, un encargado del Museo Británico que pasa venido a menos por culpa de su alcoholismo y que encuentra en la misión de salvar una escultura de Miguel Ángel que hay en una iglesia de Brujas su oportunidad para redimirse y volver a empezar, aunque tenga que poner en peligro una vida a la que, por otra parte, ya no encuentra sentido.
El presupuesto del filme, rodado en distintas localizaciones de Alemania y Gran Bretaña, fue de50 millones de euros. Después de su estreno en Estados Unidos, Cánada y buena parte de Europa, ya ha recaudado, sin contar la taquilla de este último fin de semana, 40 millones.