Antonio Domínguez Rey | Miércoles 26 de febrero de 2014
Seguimos viviendo momentos históricos curiosos. Mientras parte de Cataluña pretende escindirse del Estado español, al que pertenece desde hace más de quinientos años, los sefarditas, expulsados de Hispania en 1492, se nacionalizan españoles. Son casi la mitad de los catalanes, unos tres millones y medio, redondeando. Más si se tiene en cuenta que no todos los habitantes registrados en Cataluña desean desgajarse de España. El Edicto de la Alhambra de 31 de marzo de 1492 dictaba la expulsión de los sefarditas. El plazo expiraba cuatro meses después, el 31 de julio. Se alargó al 2 de agosto, punto cero de la primera salida hacia América de las naves de Colón y con el apoyo financiero de los judíos, especialmente de Lluís Santángel, con cargo tributario en Cataluña, e Isaac Abravanel, jefe de la comunidad judía española.
Las familias sefarditas guardaron memoria de aquellos días y ansiaron, a través de los siglos y dispersos por varios países de Europa, norte de África, Asia y América, un reconocimiento específico de España. Por eso no olvidaron la lengua, el judeoespañol, o no del todo. Es su marca de identidad histórica respecto de otras comunidades judías. Allí donde hay un número amplio de sefarditas, se puede escuchar una emisora o leer un diario en judeoespañol. Yo pude hacerlo en París y en Madrid. Y estuve a punto de vivir una experiencia más profunda en Turquía. La cuento al hilo del anteproyecto de ley anunciado el 7 de febrero para conceder la nacionalidad española a los sefarditas que prueben su ascendente hispano.
Entre los años 1982 y 1985, un grupo reducido de profesores intentamos crear en París un instituto internacional de difusión de la lengua y cultura española en el mundo. He hablado de ello algunas veces en estos artículos de El Imparcial. El asunto no prosperó, pero la idea la conservaron algunos de los implicados. Fue uno de ellos el diplomático Ramón Villanueva Etcheverría, discípulo de Tierno Galván. Coincidimos en Burdeos, donde creó en 1981 la Casa de Goya, precedente de una nueva etapa cultural del Ministerio de Asuntos Exteriores en el extranjero. A la inauguración vino Tierno Galván, amigo suyo. Yo participé en diferentes actos dirigidos a esbozar el horizonte cultural. Nos encontramos tres años después en París, adonde llegó como ministro consejero de la embajada. El proyecto antes referido recibió un impulso notable. Estuvimos a punto de crearlo para Europa con intención de seguir luego en otras latitudes. La idea no cuajó, pero sí su, digamos, filosofía. El diplomático se fue de embajador a Turquía meses después. Al cabo de año y medio me escribió desde Ankara para pedirme un proyecto de enseñanza española dirigido a doscientos cincuenta posibles estudiantes. Pasados unos meses, me solicita otro para el doble. Y al poco tiempo, para más de mil. Le dije que eso ya era un instituto en regla. Quería además que me fuera para Turquía con la intención de realizar allí el proyecto que no cuajó en París. Uno vez constituido, sería más fácil convencer al Gobierno de España presentándole hechos consumados. La invitación tentaba, sobre todo al decirme cómo pensaba emprender la aventura. Se me abrió el alma con horizonte dilatado.
Los sefarditas turcos se ofrecían a subvencionar una fundación para la enseñanza del español y extender nuestra cultura por Asia. Solo pedían a cambio que se les reconociese doble nacionalidad en España. Había precedente de un intento parecido en un real decreto del 20 de diciembre de 1924, auspiciado por el Directorio Militar de Primo de Rivera. La motivación era fuerte. El asuntó quedó, sin embargo, y una vez más, en deseo y proyecto. Tanto Ramón como yo seguimos insistiendo por cuenta propia en la conveniencia de la creación internacional de un instituto de la lengua y cultura española. Él con notas diplomáticas y encuentros culturales en los medios españoles de Ankara y Estambul, ciudades en las que se aprecia y estima notablemente el mundo hispano. Yo, con algunos artículos en la prensa de Madrid.
A mediados de 1988 recibo una llamada de Ramón desde Ankara y me pregunta si podemos cenar en Madrid. Quiere enseñarme un escrito. Había redactado un informe y propuesta de página y media en la que exponía la oportunidad de asociar al V Centenario del Descubrimiento de América, previsto para 1994, la creación de un instituto con las características citadas. Al día siguiente se lo entregó a Luis Yáñez, secretario de Estado para la Cooperación Internacional y presidente de la Comisión Nacional para el evento citado. Pasaron meses y un buen día de diciembre de 1988 me encuentro, al abrir un periódico, con el anuncio por parte de Luis Yáñez de la creación del Instituto Cervantes. Reconocí en la declaración algunas líneas del texto que el embajador español me había enseñado en un restaurante, por cierto gallego, próximo a la madrileña plaza de Santa Ana.
El afán de los sefarditas por recuperar su pasado español y el de personas con responsabilidad diplomática, política, académica y cultural relacionada con la imagen de España en el mundo, contrasta evidentemente con la voluntad secesionista de quienes pretenden romper la convivencia centenaria de la nación española. Un empeño de tal calibre precisa recursos que inciten a la ruptura del estatus legal vigente y a declaraciones sesgadas de inconformismo. Retuercen la historia. Así sucede con la fecha catalana de 1714, cuando se suprimen las instituciones históricas como resultado de una guerra de sucesión entre borbones (Felipe V, francés) y los Habsburgo (Archiduque Carlos, alemán) con Cataluña como telón de fondo. Felipe V refuerza la corona creando un estado centralizador a imagen de Francia. Convertir ahora la sucesión en secesión es figura retórica conocida como paronomasia. Y revolver la historia con intereses actuales muy calculados. Es técnica manipuladora de preservación del destino o suerte de la historia, dice Heidegger en los Cuadernos Negros (Schwarzen Heften) que se publican dentro de unos días en Alemania: “die Technik der Abwert des Geschicklichen der Geschichte” . El filósofo la atribuye a la figura de la profecía como instrumento de la voluntad de poder, la practicada por algunos políticos como Hitler, y en el contexto nietzscheano de la muerte de la metafísica. Tal tipo de profeta no guarda relación, dice, con los grandes profetas judíos de la antigüedad. Y estos ejemplos abundan en la historia, sin ser precisamente nazis.
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