Opinión

Paranoia en la seguridad de los aeropuertos

Enrique Arnaldo | Jueves 27 de febrero de 2014
Ha vuelto la paranoia a los aeropuertos. Los vigilantes de los escáner no pasan un tubito de 50 ml. de espuma de afeitar ni un botecito de leche limpiadora ni por supuesto un frasquito de esmalte de uñas. Ahora que parece que esto del terrorismo internacional está tranquilo (tocaremos madera) nos vuelven a incordiar con medidas de seguridad disparatadas, aunque luego, en la zona comercial, puedes comprar todo el alcohol, colonias y cremas que te venga en gana. Pero ante el control de seguridad es pecado mortal.

Un Guardia Civil me dijo el otro día en Barajas que lo de este aeropuerto es para nota, que no me enfade, que todo es absurdo. Les contaré lo ocurrido.

Como casi siempre iba justo de tiempo para tomar un avión para cualquier ciudad española en la que tenía un juicio señalado. Soporté estoicamente la cola. Dejé en una bandeja de plástico la chaqueta, el abrigo, el cinturón, el reloj, el portamonedas, las llaves y el móvil (no así de los zapatos pues me comprado un modelo no sospechoso). Deposité en la cinta la bandeja con la maleta y la cartera que, no sin esfuerzos, pues había otras cuantas por delante, salieron indemnes por el otro lado.

Tras pasar el escáner me topé con el uniformado que se levantó ufano de su silla para decirme que volviera a pasarlas de nuevo (la maleta y la cartera) porque las había colocado de pie y no tumbadas y que de esta forma él no veía bien el contenido. Me negué fundándome en que ninguna advertencia, sugerencia o cartel sobre el modo de poner las maletas en la cinta existía. Perseveró en su requerimiento y yo en mi negativa. Le ofrecí abrirle ambas impedimientas para que fisgara todo con detalle, pero me insistió en un reglamento que no fue capaz de mostrarme, por lo que me ratifiqué en mi negativa a cumplir una orden que no tenía respaldo. Una señora me reprochó hacerla esperar por la discusión, pero entiendo que cuando no dejamos pisotear nuestros derechos nos convertimos en súbditos y ¿para qué hicimos la Revolución francesa?

El seguritas uniformado llamó a un Guardia Civil que ni corto ni perezoso tomó la maleta y la cartera y las pasó de nuevo por la cinta. Pero con tan mala suerte que volvió a ponerlas de pie. La cara del seguritas fue irreproducible. ¡No sabía dónde meterse! Le dije al Guardia Civil que por esa chorrada se había originado la discusión. Se rio y las pasó de nuevo, ahora sí tumbadas. El probo guardián de la seguridad privada se quedó hipersatisfecho de haber hecho cumplir una inexistente disposición absurda y yo me marché abrazando al Guardia Civil por su paciencia.


P.S.: He leído un artículo de un profesor español en alguna prestigiosa Universidad anglosajona, publicado en un diario de difusión nacional, que me ha dejado boquiabierto. Lleva por título “El déficit populista del progresismo” (sic) y se despacha tal cual: “La izquierda debe encontrar un discurso lo suficientemente agresivo, que, de manera inmediata, emocional y simple, consiga conectar con lo que la gente quiere para desembarcar a las élites tradicionales, y gobernar”.

Que pregunten a Maduro y a Zapatero sobre el déficit populista de la izquierda.

A algunos hay que llevarles al oculista.

TEMAS RELACIONADOS: