José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 01 de marzo de 2014
Un acontecimiento a la vez trivial y trascendente ha vuelto a traer con viveza a la memoria del cronista la figura del barcelonés Jordi Solé Tura, con el que coincidiera fugaz y tangencialmente en la hervorosa Ciudad Condal de la pre-transición. La inexistencia de sus enjundiosas memorias –Una Historia optimista (Madrid, 1999)- en las abastadas bibliotecas de las dos Cámaras parlamentarias y en las numerosas de la principal Autonomía del país en razón de la amplitud de su territorio y número de habitantes (con la excepción de la de una de las Facultades de la noble Alma Mater granadina ) provocó en el ánimo de aquél –acostumbrado de antiguo a tales desoladores vacíos e inexplicables ausencias del lado de los obligados custodios de la memoria de la nación- un sentimiento de íntima, honda tristeza. Uno de los personajes coetáneos de más ancha y preclara trayectoria en pro del renacimiento y consolidación de los valores democráticos carecía de presencia en el teatro mismo de su decisiva contribución a la Carta Magna de 1978, de la que fuera, conforme es bien sabido, uno de sus más importantes redactores, en su doble condición de catedrático de Derecho Político y diputado del PSUC por el distrito barcelonés. Anomalía inexplicable si no fuese porque se registrara en España, solar tantas veces incomparable de la incuria moral y la desidia más dolosa, pese a su condición de vieja y acendrada nación.
Ninguno de los muchos enemigos y adversarios que Solé Tura se aquistase en su asendereada y controvertida biografía política pudo nunca negarle en justicia su ilimitada entrega a los ideales del pensamiento socialista –durante largo y más juvenil tiempo bajo la expresión del comunismo- y su permanente rechazo de cualquier atisbo independentista en su idolatrada Catalunya. Discípulo muy apreciado por el penibético Manuel Jiménez de Parga desde la llegada de éste a la cátedra de Derecho Político de la por entonces -años cincuenta- muy ebullente Facultad de Derecho, la publicación de su tesis doctoral Catalanismo y revolución burguesa (Madrid, 1970) dio vado a una de las polémicas culturales de mayor densidad e intensidad de la segunda mitad de la centuria pasada; época en que, al contrario de hodierno, la vida intelectual se dinamizaba y potenciaba periódicamente con algunas de alto voltaje científico y virtuosismos formales y estilísticos, que devolvían al género, no obstante los rigores de la censura dictatorial, el lustre y atractivo de cuando reinaba sin rival en el panorama literario e ideológico. “El origen remoto de esta obra -noticiará el autor- es una tesis doctoral, trabajo que proporcionó las bases para un libro en el que creo demostrar que catalanismo no quiere decir separatismo (…) El tema básico del libro es el análisis y crítica del nacionalismo burgués, pero no en nombre de un nacionalismo centralista, enraizado en los sectores más retrógrados de nuestra sociedad, sino en nombre de un proyecto de futuro protagonizado por las fuerzas más dinámicas y creadoras del país.” (pp. 7 y 11). En la palestra publicística más prestigiosa en la opinión pública de signo progresista del momento –Triunfo- el maître à penser más seguido del tardo-franquismo, M. Vázquez Montalbán, glosaba así el impacto de la obra: “Al libro de Solé Tura se le reprochó insuficiencia de fundamento histórico, falta de base, pues, para sus conclusiones y consiguiente esquematismo en el planteamiento. Pero en la pasión, violencia, que algunos sectores catalanistas opusieron al trabajo de Solé Tura vibraba la indignación por un monopolio discutido. Apenas se valoró que el estudio de Solé Tura significaba el primer intento de acercamiento no oportunista ni panmunjoniano, desde una posición de izquierda a la cuestión catalana.” (El poder. Madrid, 1996, p. 72).
Pues, en efecto, el nacionalismo de signo pujoliano no encontró en su etapa de afianzamiento contradictor más pugnaz y buido que el que rigiese la cartera de Cultura en el penúltimo de los gobiernos felipistas, el más fecundo quizá, con el primero, de los presididos por el magnético líder sevillano. Tras fundar a su vuelta del exilio rumano y parisino el pequeño pero influyente partido Bandera Roja -en el que militasen, entre otros intelectuales de sobresaliente pedigrí, el actual y muy relevante académico de la Historia y un tiempo discípulo predilecto del articulista, C. Martínez Shaw, o el presente rector de la Cultura de la Generalitat, Ferrán Mascarell, alumno pedisecuo del primero-, la formación ingresó, en las postrimerías de la primavera de 1974, en el PSUC, después de haber entablado no pocas discusiones de subido tono con sus dirigentes y bases. A partir de ese momento, la valoración madrileña de Solé Tura se descubrió imparable y vertiginosa, sin renunciar nunca a que su Catalunya ocupase en el siempre difícil y plural concierto nacional un lugar refulgente y motor.
Con pocas concesiones a la imaginación, no sería hoy aventurado suponer que de existir con cierta plenitud física, hoy se mostraría como el adelantado de ese proyecto de renovación de la permanente identidad española al que el gobierno de Rajoy, privado de savia intelectual y anémico culturalmente, pretiere abordar hasta encontrarse con el fait accompli de la independencia. Justamente, los capítulos finales del libro de recuerdos de Solé Tura acrecientan la melancolía ante su ausencia. Su formidable vis polémica, sus abastados saberes en la materia y su fuerte, insobornable pasión española, movilizados en la hora presente, levantarían el ánimo a la esperanza, cuando menos al mínimo de la supervivencia de la espiritualmente más rica nación de Occidente, plántula sin igual del quehacer socialmente más exigente desplegado por los hombres y mujeres, según anotación fidedigna y meticulosa de la Historia.
TEMAS RELACIONADOS: