Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 01 de marzo de 2014
En 1919, los coreanos se rebelaron contra la ocupación japonesa. El 1 de marzo de ese año, treinta y tres nacionalistas coreanos se reunieron en el Parque Pagoda de Seúl y proclamaron la independencia del país. Esto encendió la mecha de la lucha por la liberación. La represión japonesa dejó miles de muertos en el siguiente año. La rebelión fracasó pero logró algunos cambios como la sustitución de la policía militar por la civil y el fin de algunos abusos. De todos modos, el mayor logro fue el nacimiento de un movimiento de liberación que ya no desaparecería.
En las celebraciones de este aniversario, la tensión entre Japón y Corea del Sur –la del Norte sigue su propio camino- se ha elevado por una decisión japonesa que podría llevar a revisar las disculpas que pidió en 1993 por el uso de mujeres coreanas como prostitutas durante el periodo de la ocupación. Se estima que fueron unas doscientas mil. El Gobierno japonés ha anunciado la constitución de una comisión de expertos que revisará las pruebas en las que se basó esa disculpa –sobre todo, las declaraciones de 16 mujeres coreanas- a fin de ver si son o no refutadas por los conocimientos históricos de los que hoy se dispone sobre ese periodo de la historia de ambos países. La Presidenta de Corea del Sur Park Geun-hye ha advertido al Japón de que se aislará si revisa la petición de disculpas.
El trasfondo es la creciente lucha por la prevalencia de los distintos países asiáticos entre los que Corea del Sur crece en los planos económico y militar. La Historia adquiere así la naturaleza de un arma arrojadiza que cada cierto tiempo uno u otro país utiliza contra los demás. China evoca cada cierto tiempo la ocupación japonesa y las atrocidades que cometieron las tropas japonesas entre 1937 y 1945. Una sala completa del Memorial de Nanjing recuerda los intentos del Japón por revisar la historia de las atrocidades cometidas durante la ocupación nipona. Japón, a su vez, conmemora cada año a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. Una visita del Primer Ministro japonés Shinzo Abe al santuario de Yasukuni a finales de diciembre de 2013 desató ya la polémica porque en él se rinde honor a los soldados japoneses caídos en la II Guerra Mundial, pero también se acoge los restos mortales de militares japoneses condenados por crímenes de guerra. Era la primera visita de un Presidente del Gobierno japonés en siete años. Taiwán reivindica todos los años su legitimidad como República de China –la fundada en 1912 por el Doctor Sun Yat Sen y aquella cuyos soldados lucharon contra el Imperio Japonés- frente a la República Popular nacida en 1948.
El desarrollo tecnológico de los cuatro países –la República Popular China, Japón, Corea del Sur y Taiwán- nos hace olvidar a menudo la importancia que la Historia tiene en las relaciones entre estos países. Los tres últimos forman parte de la estrategia estadounidense de contención de China en sucesivos anillos que se extienden desde las aguas del mar de China y el Océano Pacífico hasta Australia. A medida que el ejército, la fuerza aérea y la armada de Pekín crecen cada año, los vecinos asiáticos –especialmente, Seúl y Tokio- reaccionan y se coordinan con Washington para contener el poderío militar chino.
Por eso, estas tensiones perjudican el interés de los Estados Unidos. Cuanto más se arrojen a la cara las responsabilidades históricas unos y otros, más sufrirá la alianza común frente a China. En realidad, también después de la II Guerra Mundial han ocurrido muchas cosas. Japón se ha desarrollado como una potencia regional democrática y pacífica. Hablar hoy del militarismo japonés como si estuviésemos en 1937 no tiene demasiado sentido. Sin duda, los procesos de reconciliación nacional en Asia son lentos. Ningún país quiere “perder la cara” ni quedar sin honor frente a los demás; especialmente cuando las responsabilidades históricas legitiman pretensiones políticas presentes.
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