En el complejo entramado de favores que suponen las negociaciones comunitarias, una familia de 28 miembros con sus recelos y roces, la designación del presidente de la Comisión Europea puede condicionar, a su vez, otras designaciones. En este intrincado 'juego' está Mariano Rajoy inmerso en Dublín. El presidente no ha escondido nunca su preocupación por la pérdida de peso de nuestro país en las decisiones de la UE, y es por ello que comercia con el apoyo a Jean Claude Juncker para reforzar el papel de España en Bruselas.
A 79 días para que 500 millones de europeos acudan a las urnas para elegir sus representantes comunitarios,
Mariano Rajoy, que no ha anunciado todavía a su primer espada para los comicios, juega una partida paralela crucial para nuestro país dentro del Partido Popular Europeo.
El congreso del PPE que se celebra en Dublín hasta el domingo ha servido para que el presidente español insista en recuperar el peso estratégico que nuestro país, tercera economía de la Eurozona, tiene entre sus socios de la UE y reclame para sí un papel predominante en la conformación de la futura Comisión. Rajoy considera que
España ha cedido demasiado protagonismo en Europa y aspira a recuperarlo más pronto que tarde al calor de los brotes verdes de la recuperación económica.
Dos candidatos pugnaban hasta hoy por hacerse con el liderazgo del PPE de cara al 25 de mayo, después de que el letón Valdis Dombrovskis tirase la toalla: el expresidente luxemburgués y jefe del Eurogrupo entre 2004 y 2013
Jean-Claude Juncker, también conocido como 'Mr. Euro', y el eurocomisario francés Michel Barnier. El primero contaba con todas las papeletas para abanderar el ala conservadora europea, toda vez que llegaba con el respaldo de la canciller Angela Merkel bajo el brazo, y al final ha sido quien se ha llevado el gato al agua.
Sin embargo, Rajoy se juega en Dublín mucho más allá que la elección del cabeza de cartel del PPE. La delegación española, conformada por 56 de los 851 delegados (eran 58 antes de la espantada de Jaime Mayor Oreja y Alejo Vidal Quadras), busca
mantener o mejorar su actual posición dentro de la Comisión Europea. Es decir, conservar una comisaría de peso como la de Competencia, que actualmente ostenta el socialista Joaquín Almunia, y que, al mismo tiempo, ésta de paso a una de las cinco vicepresidencias.
Además, el presidente español ha supeditado su respaldo a que Juncker renuncie a sus aspiraciones a suceder al belga Herman Van Rompuy como presidente permanente del Consejo Europeo, un anhelo nunca escondido del luxemburgués.
De este modo, Rajoy habría pactado con Merkel un 'arreglo' para que Juncker, que tendrá en el alemán
Martin Schulz su rival socialdemócrata, sea el candidato conservador con los votos alemanes y españoles, sumados a los de sus respectivos países de influencia, a cambio de una posición fuerte en la Comisión y el apoyo germano a las aspiraciones de
Luis De Guindos a presidir el Eurogrupo, algo que no ve con malos ojos la canciller.
La designación de De Guindos supondría un guiño de Merkel a un país al que ella sabe que ha apretado mucho durante la crisis del euro y le cuadraría con sus intenciones de
seguir apuntalando los pilares de la Unión Europea a base de conservadurismo: ella como cabeza visible de los 28, Juncker (hasta ahora Durao Barroso) al frente de la Comisión y el ministro español en el Eurogrupo. Tres de tres.
Por ahora, el gran contratiempo para que Merkel logre su objetivo son los sondeos previos. A algo más de dos meses, conservadores y socialdemócratas están muy empatados en torno a los 200 parlamentarios, con liberales y la coalición de izquierda a gran distancia, con cerca de 60 representantes cada uno, y con los partidos euroescépticos en auge.
Entre los 754 parlamentarios a elegir el próximo 25 de mayo, se espera que figure el ministro de Agricultura
Miguel Arias Cañete como cabeza de lista española, acompañado de
Íñigo Méndez de Vigo, experto conocedor de los entresijos comunitarios pero sin currículum suficiente como para un puesto de peso, y, muy posiblemente, de
Marimar Blanco, en lo que sería un gesto cómplice de Rajoy con las víctimas de Eta tras el malestar generado tras la derogación de la doctrina Parot.