Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 08 de marzo de 2014
El 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que habitualmente se resume como Día internacional de la Mujer. Debe de ser porque, dondequiera que estén, a las mujeres les toca trabajar siempre y, a menudo, sin remuneración o por un salario muy inferior al de los varones. Así, esta conmemoración se vincula a la lucha por los derechos humanos y contra la injusticia. Ellas siempre estuvieron ahí, aunque su Historia no se haya contado hasta hace poco. Guerreras, reinas, sultanas, sacerdotisas, filósofas, matemáticas, poetisas, amantes… Se las exaltaba en canciones o se las condenaba a la hoguera, pero no se les daba voz ni, por supuesto, voto. Cuando quisieron incorporarse al mundo del trabajo, los propios obreros las miraron con recelo o las echaron como a competidoras. En muchos libros de texto falta la Historia de media humanidad que hablaba en femenino. Por desgracia, sigue faltando.
La lucha por la libertad tiene páginas que jamás se hubiesen escrito sin las mujeres. Olympe de Gouges se atrevió a reclamar para las mujeres lo mismo que los revolucionarios franceses pedían para sí mismos pero no para ellas ni para los esclavos. La guillotinaron. Ellas estuvieron junto a Wilberforce en su cruzada contra la esclavitud cuando era un apestado político. Se sumaron entusiastas a las revoluciones liberales, a la Comuna de París, a los movimientos obreros, al Bund, a todo lo que anunciase esa libertad que cada cincuenta años se les discute: la libertad de decidir sobre su propia vida.
Hubo mujeres heroicas que enarbolaron la bandera de la libertad y la igualdad para todos y así rescataron la Historia de la Humanidad entera porque eran la voz de las excluidas, las oprimidas, las siempre olvidadas. Lucharon contra el fascismo, el nazismo, el comunismo. Se revolvieron rebeldes contra los que pretendían sustituir unas cadenas por otras. Combatieron contra todas las formas de discriminación posibles, que siempre se ensañan doblemente con las mujeres. Ahí está la mujer negra en la plantación de Haití, en el Congo del Rey Leopoldo, en la Sudáfrica del Apartheid; la judía en la Europa del Reich, la disidente en las purgas de Stalin, la gitana en España. Las mujeres que se atrevieron a desafiar al patriarcado a menudo estuvieron solas. Algunas compañeras y unos pocos varones –Stuart Mill, por ejemplo- estuvieron a su lado y esto debe recordarse porque ellos son la prueba de que se podía obrar de otro modo.
Así, el pensamiento feminista nace de la reflexión sobre la opresión de la mujer y va unido al compromiso con su liberación. Tal vez por eso siempre he encontrado en él una fuente inagotable para analizar no sólo el patriarcado sino otras formas de opresión y otros discursos de odio: el racismo, el antisemitismo, la homofobia, la xenofobia… Esas mujeres conocieron el dolor de comenzar la partida con menos bazas que los demás por alguna razón injusta, contraria a la razón y a la humanidad misma. Me he comprometido con causas en las creo durante todos estos años y en ese compromiso siempre –siempre- encontré a mujeres cargadas de memoria, de voluntad de resistencia, de una inquebrantable confianza en el futuro. Allí estaban mis abuelas y mi madre. Nunca fallaron.
Hoy en España las mujeres han conseguido muchas, muchísimas cosas. Han logrado equiparar su situación en las Universidades y la judicatura, por ejemplo. Sería una necedad negar los logros de los últimos cuarenta años y creo que son evidentes para todos. Sin embargo, siguen existiendo formas de opresión como la violencia de género. Hay hombres que matan a mujeres y su violencia forma parte de una estructura de dominación sobre ellas –el patriarcado- que se extiende a otras muchas facetas de su vida. Hay hombres que mueren a manos de mujeres pero ellas no imponen un matriarcado sobre ellos ni esa violencia forma parte de una estructura dedicada a oprimirlos. Esas muertes son, sin duda, condenables pero también son distintas. Cada vez que se trivializa la violencia de género o se niega su existencia se retrocede. Ocultar el origen opresivo de esta forma de violencia solo perpetua la injusticia. Algunos pretenden esconderla culpando de ella a los extranjeros o a los pobres. Ambas cosas son falsas y ya habrá tiempo de refutarlas. Son esos mismos que lamentan que la mujer trabaje porque ya no puede ocuparse de la casa, esos mismos a los que les encantan los niños mientras sean del color adecuado y -si es posible- “autóctonos” (la palabra es tremenda pero es la que usan). No olviden que el nazismo era profundamente patriarcal y machista y que sigue habiendo nazis entre nosotros.
No quiero soslayar el debate del aborto. Ya he escrito sobre ello en este mismo medio. Creo que quien salva una vida salva el mundo entero. Creo que hay otro ser humano desde la concepción y que este misterio nos trasciende. Ahora bien, no creo que una mujer que aborta sea una asesina ni que merezca que la aborten a palos como decía en Twitter aquel mensaje infame. Desconfío de la conmiseración, el paternalismo y la superioridad de quienes creen que pueden dar lecciones a esa mujer cuando se comprometen contra el aborto y guardan silencio ante todo lo demás que le sucede. Esos mismos son los que callan ante las agresiones contra homosexuales o los asesinatos de odio. Cada vez que se criminaliza a las mujeres, cada vez que se las trata como si fuesen incapaces, cada vez que se las insulta, retrocedemos cien años.
El 8 de marzo es importante pero lo crucial es lo que hacemos los demás días del año. No dedicaré tiempo a justificar que los derechos de la mujer están por encima de las ideologías y los partidos En este día, celebramos la memoria de los millones de mujeres que lucharon y luchan por un mundo mejor, un mundo sin explotación ni esclavitud sexuales; sin mutilación genital ni ese machismo cotidiano del que, a veces, no somos conscientes. Hoy reivindicamos que la igualdad para todas las mujeres significa mayor progreso para la humanidad entera. Ellas lucharon y luchan -como rezaba el lema de los patriotas polacos- “por vuestra libertad y la nuestra”.
Hoy esta columna les rinde homenaje.