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Lorenzo Silva: Siete ciudades en África. Historias del Marruecos Español

CRÍTICA

Domingo 09 de marzo de 2014
Lorenzo Silva: Siete ciudades en África. Historias del Marruecos Español. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2013. 216 páginas. 20 €. Libro electrónico. 9,99 €


Un instante de espuma separa a la Península Ibérica de África. La imagen no es propia sino de Luis López Anglada: “De Algeciras a Ceuta -escribe el poeta- apenas cabe un instante de espuma…”. Vista desde el transbordador que cruza el Estrecho -continúa- “África crece al sur, como una mano que se ofrece para cuando la mar se nos acabe”. López Anglada supo bien lo que aquella porción mediterránea del vasto continente africano llegó a significar para tantos españoles. Y lo supo, precisamente, por haber nacido en Ceuta, uno de los dos enclaves urbanos que aún conserva España en la costa sur del Mare Nostrum, en su caso (igual que en el de Melilla) a causa de una vieja herencia con no pocos siglos de historia.

Otros españoles, en cambio, sin haber nacido en Ceuta ni en Melilla, vivieron o dejaron su vida en esas y otras ciudades africanas, como Larache, Tetuán, Xauen, Nador o Alhucemas, todas ellas incorporadas a la tutela de España en 1912 y reintegradas a Marruecos en 1956, al concluir el periodo del protectorado hispano-francés. Con las dos anteriores, Ceuta y Melilla, suman siete ciudades africanas que dan motivo para el último libro de otro escritor, éste más actual y de éxito reconocido: el madrileño Lorenzo Silva, uno de cuyos abuelos llegó a participar en la dura y larga guerra o guerras de África (1859-1926) que precedieron al Protectorado y que complicaron sus años iniciales.

Cada capítulo de Siete ciudades en África se consagra a una de las ciudades señaladas y repasa sus biografías, abarcando desde los primeros vestigios hasta el tiempo de las últimas hostilidades rebeldes dirigidas contra los asentamientos españoles en Marruecos y concluidas a finales de los años veinte del siglo pasado. Se aportan indicios valiosos sobre la densidad histórica de todas esas urbes, de las que Silva extrae cada vez un atributo esencial: Ceuta, vigía y puente; Larache, milenaria; Tetuán, de rehén a capital… y mucho antes corsaria; Xauen, misteriosa; Nador, soñadora; y Alhucemas, irreductible. Un bello prólogo advierte que aunque el paso de los siglos mueva las fronteras, por el contrario las geografías permanecen, lo que también vale para estos siete enclaves que por un tiempo fueron españoles. Y no es banal recordar, como asimismo hace el autor, que en el transcurso de los dos últimos milenios “ha sido más largo el tiempo en que las tierras del sur europeo y el norte africano estuvieron reunidas bajo un mismo poder que el que pasaron separadas”. El cuándo y el cómo de esas uniones sucesivas (romana, bizantina, visigoda, árabe e hispano-francesa) se van mostrando con unas pocas pinceladas al paso de cada ciudad.

Con todo, los tiempos de las guerras libradas por España en Marruecos y los inicios del Protectorado son los que ocupan más páginas y en ellos viene a desembocar cada capítulo. Al fondo de cada uno se encuentra un juicio propio sobre aquella aventura africana, crítico pero matizado. Así, en la parte inicial Silva evoca las distintas posiciones de dos intelectuales españoles como Joaquín Costa y Ángel Ganivet, el primero favorable al proyecto colonial y el segundo opuesto. Si se van recordando los términos de ese debate a lo largo de todo el libro no es difícil concluir que Silva está de parte de Ganivet, en buena medida porque los hechos que siguieron a sus críticas fueron poniéndose de su lado. “Desastre económico”, “ensayo republicano”, “guerra civil”. Todo ello fue vaticinado por Ganivet como posibles secuelas de la empresa africana y todo ello terminó por llegar. Por eso Silva recuerda a Ganivet y trae deliberadamente a las páginas del libro el derroche de vidas que supuso la campaña de Marruecos y el devenir de los jóvenes militares africanistas, quienes tras forjar allí heridas, fuerzas y anhelos, acabaron alentando la insurrección del 36 y abriendo paso a la Guerra Civil.

Aunque hemos dicho que esta crítica a la guerra de Marruecos trae matices. Y así es. El autor los concreta en su epílogo, escrito con la memoria puesta en el paisaje de Sidi-Dris, aireado promontorio que hace de barandilla al mar, a media distancia entre Nador y Alhucemas. En este antiguo asentamiento fenicio, en julio de 1921, vendrían a morir trescientos soldados españoles, caídos en combate tras resistir varios asedios dirigidos por el líder rifeño Abd el-Krim. La posición cayó el 22 de julio, el mismo día en que tuvo lugar otra derrota mucho más sonada y amplia, que pasaría a la historia como el Desastre de Annual. 2.500 españoles cayeron en Annual. Algunos de los que allí quedaron vivos serían liberados gracias a una negociación con Abd el Krim, llevada a cabo por varios miembros de la Delegación de Asuntos Indígenas. Por cierto que entre esos funcionarios españoles figuraría el abuelo paterno de quien traza esta reseña, Luis de la Corte Luján, quien dedicó gran parte de su vida al Protectorado cultivando las relaciones de amistad con los líderes locales.

Pero muy pocos españoles recuerdan hoy lo que significó Annual y mucho menos lo que también pasó en Sidi-Dris y en otras posiciones españolas de la región más belicosa de Marruecos, arrasadas por esas mismas fechas. Silva recuerda Sidi-Dris para denunciar el olvido generalizado en el que finalmente cayeron estos episodios de nuestra historia. Como el escritor apunta con resignación y un punto de tristeza: otros países honran a sus hijos caídos. El nuestro, en cambio, se resiste a tales rememoraciones. Acaso, añadimos nosotros, porque no guardamos demasiado respeto a lo que fuimos (y, en consecuencia, tampoco a lo que somos). Y tampoco abunda ese respeto entre nuestros escritores. Aunque Lorenzo Silva es una grata excepción. Lo ha demostrado en otras obras y vuelve a hacerlo con este hermoso libro sobre siete ciudades en África. Se lo debemos agradecer especialmente quienes tuvimos la suerte de nacer o descender de alguna de ellas.

Luis de la Corte Ibáñez

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