RESEÑA
Domingo 09 de marzo de 2014
Ahmed Rashid: Pakistán ante el abismo. El futuro de Estados Unidos, Pakistán y Afganistán. Traducción de Albino Santos Mosquera. Península. Barcelona, 2013. 302 páginas. 24,50 €
Interesante libro el que nos presenta Ahmed Rashid. Un doble escenario geográfico (Pakistán y Afganistán) y un actor global, Estados Unidos, constituyen el centro de un tablero geoestratégico, en el que gozan de protagonismo China, India o Irán.
Con un estilo dinámico, no exento de rigor científico pues abundan las nota al pie y las referencias bibliográficas, Rashid explica de manera ordenada hechos del ayer inmediato, claves para discernir el presente y pronosticar el futuro.
En primer término, que Afganistán lleva en guerra desde hace más de tres décadas. En segundo lugar, que su vecino Pakistán, en vez de asumir un rol clave en la lucha contra el terrorismo global, ha tratado de rentabilizar la situación a favor de los intereses de su casta política y militar. En este asunto profundiza, llegando a una conclusión que al lector no puede dejar indiferente: el ejército delega funciones en diversas fuerzas yihadistas (pág. 79).
La radiografía que nos brinda de Pakistán ilustra una nación cuyo futuro no invita al optimismo. Males endémicos como el binomio corrupción-nepotismo, la ausencia de reformas en la administración civil y judicial o una política exterior cortoplacista, le abocan a la escarapela de “Estado fallido”, mientras el entorno regional prospera. Sin embargo, las autoridades de Islamabad han optado históricamente por el victimismo, responsabilizando de su situación a una conjura externa con tres pilares: India, Estados Unidos e Israel. De manera resumida: “Pakistán debe actuar como un Estado normal y no como una entidad paranoica, insegura y movida por el ISI que, como norma operativa, recurre al chantaje diplomático” (pág. 261).
Tampoco Afganistán puede contemplar el futuro con esperanza. La presencia de los talibanes en la vida cotidiana es rasgo distintivo del país. Además, su clase política está más interesada en perpetuarse en el cargo que en afrontar los (innumerables) problemas de los ciudadanos. En este punto, aparecen reproches del autor hacia Estados Unidos aunque sin caer en una demagogia antiamericana. Por el contrario, hallamos una crítica constructiva e incluso Rashid renuncia a lo “políticamente correcto” cuando defiende que George W. Bush empatizó más que Obama con las peculiaridades afganas: “(Obama) no ha tratado de describir la realidad afgana a la población estadounidense ni ha sabido conectar con el pueblo de Afganistán” (pág. 138).
En efecto, el actual presidente norteamericano no sale bien parado en la obra, entre otras razones porque aceptó que Karzai, en un proceso electoral viciado, dirigiera los destinos afganos, bajo la consideración de que era un “mal menor”. No obstante, Occidente en su conjunto es quien debería sentirse defraudado con el proceder de Karzai y sus recurrentes delirios paranoicos, que en ningún caso ocultan el balance negativo de su gestión: “No ha querido aceptar que la corrupción es un problema esencial […) Ha mostrado muy escaso interés por mejorar la capacidad del gobierno y la competencia de sus ministerios […] No ha sabido negar nada a sus hermanos que se han dedicado a esquilmar los bancos del país” (pág. 143). Con tal panorama, los temores de Ahmed Rashid están de sobra justificados.
Por Alfredo Crespo Alcázar
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