Opinión

Cambio de gobierno en Chile

Alejandro San Francisco | Martes 11 de marzo de 2014
Este 11 de marzo de 2014 Chile ha tenido lugar una de las escenas más importantes de la vida republicana del país: el Presidente de la República Sebastián Piñera dejó su cargo, y asumió como gobernante Michelle Bachelet, quien ya había ejercido esas funciones entre 2006 y 2010. Numerosas visitas internacionales fueron testigos de la ceremonia y de la nueva etapa que comienza.

El hecho tiene una significación importante desde el punto de vista del régimen institucional de Chile, cual es la alternancia en el poder, tan habitual en el continente desde hace unas tres décadas y que antes era la excepción. Hoy, por el contrario, son excepcionales las dictaduras y los gobiernos que se perpetúan, mientras las elecciones y la renovación de autoridades son la regla en América Latina. Pero el cambio de mando también tiene un significado político innegable, por cuanto una coalición de centroderecha es reemplazada por una de centroizquierda, proceso exactamente inverso al que vivió el país cuatro años atrás.

Desde 1988 en adelante Chile ha experimentado siete procesos electorales muy relevantes. Primero el plebiscito que decidía la continuidad del General Pinochet en el gobierno, pero el triunfo de la opción No determinó el llamado a las elecciones libres y competitivas y el restablecimiento de la democracia en el país. A partir de entonces hubo elecciones presidenciales en 1989 y 1993, donde triunfaron los democratacristianos Patricio Aylwin y Eduardo Frei R-T., ambos de la Concertación; en 1999, cuando debutó la segunda vuelta electoral (que se ha repetido en cada proceso desde entonces), con el triunfo de Ricardo Lagos, del mundo socialista de la Concertación; el 2005, con victoria la socialista Michelle Bachelet, primera presidenta de la historia nacional; el 2009 Sebastián Piñera, que llevó por primera vez a la centroderecha a La Moneda; y finalmente el proceso reciente que permite el regreso de Bachelet al gobierno.

Sin embargo, en este caso se advierte una novedad importante. Ahora la coalición gobernante se denomina Nueva Mayoría, y a los grupos tradicionales se suma el Partido Comunista, de importante presencia en los gremios y sindicatos, así como en las federaciones estudiantiles. De esta manera el gobierno está integrado por socialistas y radicales, democratacristianos y comunistas, con el objetivo de llevar adelante un programa de gobierno que tiene importantes elementos de continuidad y también aspectos relevantes de cambio. Porque si bien hay un reconocimiento a lo que Chile ha avanzado en las últimas décadas y un respeto al modelo que ha dado al país prosperidad y ha permitido reducir la pobreza, también es cierto que hay propuestas de reforma tributaria (más impuestos), otras en el ámbito de la educación superior y un llamado a generar una nueva constitución.

Todo esto se da en un contexto internacional muy particular, por cuanto Chile goza de un prestigio importante y merecido, donde los reconocimientos de diverso tipo consolidan al país por su respeto al estado de derecho y la seguridad jurídica, por el crecimiento económico sostenido, sus bajas cifras de desempleo, su integración a la OCDE y sus resultados cada vez mejores en diversos rankings donde habitualmente Chile aparece en el primer lugar de América Latina: por la facilidad para hacer negocios, la libertad económica, la transparencia y otros tantos.

Todo esto exige una gran sabiduría política. Por un lado para mantener todo aquello que hay de bueno y también para enfrentar las reformas socioeconómicas y legales que puedan hacer de este sistema algo perdurable en el tiempo y que permita más desarrollo e integración. Eso exige un buen diagnóstico y un trabajo serio, riguroso, confiable. Y también exige tener en cuenta que el Chile que recibe la presidenta Bachelet es distinto al que ella dejó hace cuatro años al menos en dos cuestiones relevantes.

La primera es el considerable mayor desarrollo económico y progreso que tiene el país. Los datos son abrumadores y positivos: crecimiento económico sostenido, generación de un millón de puestos de trabajo y disminución del desempleo a niveles históricos, mayor inversión en salud y educación, una gran inserción de Chile en el contexto internacional, entre otros. Quizá un aspecto resume muy bien lo que señalamos: el 2013 el Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas ubica a Chile, por primera vez, entre los países de desarrollo humano muy alto, tras medirse una serie de variables que se resumen en disfrutar de una vida larga y saludable, el acceso a la educación para su población y un nivel de vida digno. Todo esto sumado a un ingreso per cápita que se acerca a los U$20.000.- (veinte mil dólares) ha hecho soñar al país con alcanzar el desarrollo.

Sin embargo hay un segundo aspecto importante del Chile que recibe a la Presidenta Bachelet, y es el contexto de movilización social que parece ser una de las características de la etapa que vive la democracia a partir del 2011. Entonces se levantaron los estudiantes con una serie de demandas y lograron movilizar a la población y poner en duda algunos aspectos del desarrollo alcanzado por Chile, demandando incluso cambios estructurales en algunas áreas. Muchas de estas protestas son propias de clases medias de un país a punto de alcanzar el desarrollo. El hecho es que hoy existe una ciudadanía más empoderada y también hay mayor control social de las autoridades. El gobierno entrante incluso enfrentó cuestionamientos a algunos de sus nombramientos y cuatro subsecretarios “dejaron” sus cargos antes de asumirlos. Esta situación tendrá su propio dinamismo en los próximos años.

Quizá el desafío más interesante para Chile esté en articular adecuadamente el progreso económico y social con la capacidad de corregir los errores, vacíos y problemas que el propio desarrollo genera, en medio de una creciente movilización e incluso protestas sociales. Es verdad que estas protestas afectan actualmente a muchas sociedades en el mundo, pero no todas ellas se juegan lo mismo. Mientras en algunas naciones el problema es el establecimiento de la democracia o incluso la pervivencia de la libertad, Chile está a las puertas del desarrollo, que se puede lograr si no se ponen en juego los fundamentos de la prosperidad. Un desafío mayor para la presidenta Bachelet y para toda la sociedad chilena.

TEMAS RELACIONADOS: