Opinión

El pacto de Crimea

Francisco Delgado-Iribarren | Martes 11 de marzo de 2014
Un trozo de territorio a cambio de mucha libertad. Ese es el pacto, expreso o tácito, al que podrían llegar las chocantes autoridades de Kiev y de Moscú. Lo impone la realidad. El Parlamento de Crimea, controlado por Rusia, se acaba de proclamar independiente por las bravas, como los manifestantes del Maidán forzaron por las bravas la huida del corrupto Yanukovich. Las revoluciones, por definición, barren las legitimidades.

¿Al fin y al cabo, qué es Crimea? Una península todavía más importante para los rusos que para los ucranianos. Aparte de su flota naval, amarrada en Sebastopol, es la única región que cuenta con más población rusa que ucraniana. Aun teniendo una superficie más extensa que la Comunidad Valenciana, representa sólo el 4,32 por ciento del territorio del país. Y Crimea es esencialmente más rusa que ucraniana: ha sido rusa durante 171 años (de 1783 a 1954) y sólo ucraniana durante 60 (1954-2014).

Crimea es para Ucrania un regalo envenenado del comunismo: cuanto antes deshaga esos nudos que le atan a Rusia antes podrá volar por libre. Es verdad que en Crimea viven también ucranianos y tártaros que no quieren ser rusos: por eso la protección de las minorías se convierte en uno de los retos principales para todas las autoridades durante los próximos años. En este reto las dos partes en conflicto se juegan mucho para la conservación de la paz. Con la devolución de Crimea a Rusia todos los ciudadanos que actualmente residen en Ucrania podrían elegir con quién quieren vivir.

A cambio, la nueva Ucrania vislumbra un amplio horizonte por delante. Firmar su ansiado acuerdo de asociación con la Unión Europea, poco más tarde quizá la adhesión para convertirse en un nuevo Estado miembro, con todas las ventajas –políticas, económicas y sociales- que conllevaría para sus ciudadanos. Y, sobre todo, acogerse al paraguas de la OTAN, lo que impediría que Rusia volviera a entrometerse impunemente en sus territorios y también en sus asuntos.

Con esto no quiero decir que Rusia lo esté haciendo bien. Los abusos de Putin en Crimea son evidentes y sus tropas ya han demostrado que miran más allá de Crimea. La Historia está acostumbrada a saltarse el principio de legalidad. Ucrania tiene la razón, pero Rusia tiene la fuerza. Las tropas ucranianas hasta la fecha se están comportando admirablemente, en cumplimiento de la orden de no disparar un solo tiro. Mucho más expeditivos se están mostrando los rusos. La imagen que las dos partes proyectan al mundo es totalmente distinta.

“Estoy aquí para demostrar que todas las guerras se pierden”, proclamó Manu Leguineche, que el pasado enero emprendió su último viaje. Si esta crisis le hubiera cogido en su juventud, habría hecho las maletas, pateado Ucrania y escrito primero unas cuentas crónicas y luego un libro. En las guerras todos pierden, hasta los inocentes. En los pactos todos ganan algo, todos renuncian a algo… y nadie pierde.

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