Miércoles 12 de marzo de 2014
Ayer se conmemoraba en Madrid el décimo aniversario de aquel fatídico 11 de marzo, donde 192 personas inocentes perdieron su vida en Madrid en lo que fue el mayor atentado terrorista en la historia de España. Ese día quedo grabado a sangre y fuego en la memoria colectiva, y muchas de sus heridas no se han cerrado aún. Sin embargo, ayer fue la primera vez en que todas las asociaciones de víctimas acudieron juntas a los actos de homenaje; algo, sin duda, muy positivo.
Hubo una sentencia tras un macrojuicio con más sombras que luces, y muchos son aún los interrogantes que penden sobre el estallido de aquellos trenes y la investigación que posteriormente se llevó a cabo. Muchas preguntas sin resolver, sobre todo por parte de las familias de las víctimas, quienes siguen demandando unas explicaciones que, posiblemente, nunca llegarán.
Con todo, ayer no era día de disquisiciones políticas, sino de recuerdos. Por una vez, los principales partidos supieron aparcar aunque fuera por un momento sus diferencias y dedicarse a lo que realmente importaba: estar junto a las víctimas. Unas víctimas a las que quizá no se les haya prestado todo el apoyo institucional y económico que merecían, y esto es una carencia que ha de solventarse cuanto antes. Porque si bien fueron 192 las personas que murieron en aquellos trenes, el ataque iba dirigido contra toda la sociedad en su conjunto.
Todos somos objetivos potenciales de una barbarie que no conoce límites. Y que, dicho sea de paso, es preactiva y no reactiva: aquellas bombas no explotaron “porque” España estaba en Irak, sino “para que” España saliese de Irak –aunque, según las últimas investigaciones, parece que el atentado se planeó antes de la guerra. Y, de paso, mostrar al mundo la verdadera cara del terrorismo islámico. Que se traduce en que cualquier persona, en cualquier parte del mundo, puede convertirse en blanco de aquellos cuya capacidad de raciocinio ha quedado opacada por el odio y la ignorancia. Por eso ayer no sólo se debía honrar la memoria de los ausentes, sino dejar constancia de que su muerte no fue en vano y que hoy el mundo está alerta para que nada semejante vuelva a pasar.
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