José Antonio Sentís | Miércoles 12 de marzo de 2014
(Conspirar: Unirse contra su superior o soberano; unirse contra un particular para hacerle daño; concurrir a un mismo fin; convocar, llamar a alguien en su favor. Diccionario RAE)
La conspiración, frente a las sobrias definiciones de la Real Academia, es considerada comúnmente un hecho peyorativo, camuflado tras el misterio, secreto y complejo. Una acción subterránea para lograr un fin inconfesable. Pero también es algo inquietante, que asusta por su simple posibilidad. Por eso, una conspiración se afirma o se niega por parecidos mecanismos: para unos, por el escándalo que supone su existencia; para otros, por la angustia que produce conocerla.
Todo esto puede haberse observado estos días con la polémica sobre la Teoría de la Conspiración en el aniversario del 11-M. Pues, si bien es verdad que quienes defienden que hubo una conspiración no descubierta judicialmente en torno a los atentados son cada vez menos, éstos aún persisten en la aportación de informaciones que demostrarían desidia investigativa, cuando no falseamiento de pruebas. Y, por el lado contrario, al que cada vez se apuntan más, es que está todo resuelto, y lo que no está es irrelevante, y que lo importante es que los españoles nos llevemos bien y hagamos tabla rasa tras la tragedia.
Se puede estar en uno u otro lado. Lo que no se puede hacer, por parte de los segundos, de quienes proponen correr tupidos velos, es arremeter sin piedad sobre los primeros, sobre quienes tienen dudas razonables y piensan que no está aclarada toda la verdad sobre un atentado que cambió la Historia de España. Y eso es lo que sucede cuando esgrimen como gran arma dialéctica que los primeros son conspiranoicos, paranoicos de la conspiración.
Como es bien sabido, el hecho de que alguien sea paranoico (con manía persecutoria) no impide que le persigan. El hecho de que alguien sueñe que ha existido una conspiración en torno a un objetivo no significa que no la haya habido en la realidad. Tal vez no la que imagina, pero sí perfectamente otra.
Porque hay que ser serios: un atentado terrorista coordinado por varias personas con varias bombas contra varios trenes ya es de por sí una conspiración. A partir de ahí, imaginarse que ha habido más personas o más objetivos del aparente es perfectamente factible. De hecho, el problema del 11-M es que podía perfectamente responder a varias conspiraciones, porque beneficiaba directa o colateralmente a varios grupos y a varios intereses frente a España.
Naturalmente que el 11-M hubo una conspiración, que puede ser simple (unos fanáticos islamistas que actúan por libre frente a la impía Al Andalus) o compleja (que responden a otros objetivos, como cambiar un gobierno, doblegar la alianza con Estados Unidos, debilitar el papel de España o responder a antiguos agravios del Gobierno Aznar; o aún más hipótesis inquietantes).
Y puede ser que la célula terrorista actuara sola y se suicidara sola, o que estuviera acompañada por otros que no murieron ni se suicidaron. Y no parece demasiado conspirativo pensar que, en efecto, para poner doce mochilas-bomba hacen falta doce personas, porque queda raro que alguien vaya con dos mochilas, y si no me descuento, de ellas murieron siete. Y esos que faltan, ni están ni se les espera por las dependencias judiciales, luego alguna cosa, al menos, ha quedado sin resolver, lo quieran o no ver aquellos que creen que lo que importa ahora es encender velas y abrazarse como hermanos.
Porque lo uno no quita lo otro. Se puede estar con las víctimas de la tragedia, y se puede desear un debate civilizado en torno a lo que sucedió, y simultáneamente se puede reconocer que alguna o muchas cosas se han quedado sin resolver. Porque, para empezar, ni siquiera se sabe a ciencia cierta cual fue la clase de conspiración, porque no se conoce quién o quiénes la organizaron y con qué objetivos. Porque aunque cada uno tenga su hipótesis honrada, más simple o más compleja, nadie podrá decir que está seguro: no hay testimonios sólidos ni datos fehacientes; por no haber testimonios, no hay ni ha habido testigos sólidos, ni siquiera más que unos pocos condenados.
Tal vez, todas las lagunas de este caso tengan una explicación razonable: el reguero de pistas que dejaron los terroristas, el misterioso Skoda que apareció a los tres meses, la no menos misteriosa mochila bomba que surgió de la nada, el extraño suicidio colectivo y tantas otras cosas. Quizá, insisto, todo tenga explicación. Pero nadie ha sido capaz de darla. Y es raro que a tantos le importe eso tan poco.
Todo el mundo es libre de reírse de quienes denuncian conspiraciones, como yo me río de los programas de alienígenas. Pero ni yo sé si no existen alienígenas ni ellos saben si no hay conspiraciones. Más aún, seguro que las hay. De hecho, la acción política se basa en la conspiración (vuelvo al diccionario de la RAE), es decir, en la unión de voluntades contra algo o alguien con un mismo fin. Y el terrorismo es la forma criminal de la política.
Conspiración, por tanto, hubo el 11-M. Más aún, la hubo también, aunque no asesina, entre el 11 y el 14 de marzo, cuando un partido político aunó estrategias (ocupación de sedes del adversario, intoxicación informativa, violación de la jornada de reflexión) para lograr la victoria. De la segunda sabemos más que de la primera. Sobre los atentados seguimos en la perplejidad, incluso aunque fuera exacta la hipótesis del atentado aislado y fanático.
Es meritorio, en cualquier caso, que desde varios lados algunos investigadores quieran alcanzar la verdad, independientemente del objetivo ideológico que persigan con ella. Gracias a eso, podemos recordar los múltiples cabos sueltos de la investigación, que recoge por ejemplo Luis del Pino. O, por otra vertiente, los trabajos de Fernando Reinares en El País, que han concluido, por ejemplo, que los atentados no se planificaron por la guerra de Irak, sino antes de ella.
Cada uno de nosotros tendrá sus propias dudas o sus totales certezas. Pero por lo que me toca, sólo aludiré a la incógnita que más me impresionó a mí, y que permanece sin explicación alguna: la profanación del cadáver del polícía Torronteras, muerto en el asalto al piso de Leganés donde murió el grueso del grupo terrorista, cuerpo que después fue quemado. ¿Por qué y quién lo hizo?
La búsqueda de la verdad es seguramente un objetivo imposible, pero nada impide intentar acercarse a ella. Para empezar, reconociendo que las conspiraciones existen. Y, si se me apura, explican casi todo lo inexplicado. Bueno, al menos el asesinato de Kennedy, porque lo del Área 51 no termino de creérmelo.