El escrutinio final de las elecciones presidenciales en El Salvador concluyó este jueves con un triunfo por apenas 6.000 a favor del exlíder guerrillero Salvador Sánchez Cerén al mando del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. (FMNL). Estos resultados generan una crispada preocupación en la otra mitad del electorado a una intromisión cubana e injerencias de Nicaragua y Venezuela en el país.
Las recién celebradas elecciones presidenciales en El Salvador presentaban, de antemano, una significativa novedad: por primera vez optaba a la presidencia de la República
un antiguo líder guerrillero, Salvador Sánchez Cerén, de las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí” (FPL), y las encuestas preliminares le señalaban como claro favorito para vencer en la contienda electoral. El recuento de votos que ahora termina arroja otra novedad que nadie imaginó: la segunda vuelta de las presidenciales ha dado un empate técnico entre el izquierdista Frente Farabundo Martí de Sánchez Cerén y su oponente en la derecha Norman Quijano, de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), partido al que los observadores políticos venían considerando una formación en vías de liquidación. La realidad se ha encargado de
desautorizar esas previsiones y los análisis en los que se sustentaban.
Los hechos comprobados son que la sociedad salvadoreña está dividida prácticamente al 50 % entre izquierda y derecha, reproduciendo una situación cada vez más extendida y arraigada en los procesos electorales en la región, que arrastran a una confrontación cada día más intransigente en la población. Finalmente, el Frente Farabundo Martí ha cosechado el 50,11 % frente al 49,89 % de ARENA, obteniendo una ventaja de poco más de 6.000 votos que permiten al exguerrillero Sánchez Cerén asumir legalmente la presidencia. Pero su escuálida diferencia de un 0’2 % no parece una base sólido para la acción política radical prometida durante la campaña, que encontrará la hostilidad de la mitad de los salvadoreños y que amenaza con
exacerbar la polarización ya existente en la ciudadanía hasta límites sumamente peligrosos. ¿Se podría desandar el camino positivo desde el fin de la guerra civil concluida en 1992 y que tantas esperanzas suscitó?
El empate técnico sentenciado por las urnas, aunque proporcione una victoria con las manos atadas a Sánchez Cerén con un 0,2 % de ventaja, obliga a revisar los dictámenes que se dieron por buenos antes de la cita electoral en algunos puntos cruciales. El primero de ellos aquel que consideraba los efectos de la guerra civil de 1981 a 1992 totalmente cauterizados, permitiendo a un antiguo dirigente guerrillero aspirar a la presidencia del país ya en el 2004 sin ningún tipo de reacción adversa en capas amplias de la población. El proceso electoral que acaba de concluir pone en entredicho esta convicción. Salvador Sánchez Cerén dirigió la guerrilla de las Fuerzas Populares de Liberación, primera
organización armada de izquierdas en El Salvador, después del suicidio de su predecesor Cayetano Carpio en 1983, incorporándose en ese instante a la Comandancia General del FMNL, que aglutinaba a todos los grupos guerrilleros alzados en armas y que tomaba su nombre del cabecilla comunista Agustín Farabundo Martí, fusilado tras un levantamiento campesino en 1932. Sánchez Cerén fue un dirigente clave, a partir de ese momento, en la intensificación de las violentísimas acciones guerrilleras, dotadas de una notable infraestructura, que le permitieron ejercer un despiadado poder en los territorios bajo su control y lanzar una ofensiva final para imponer un Gobierno comunista por la vía de las armas. Su fracaso -junto a la caída del Muro de Berlín-, obligó al FMLN a negociar con el Ejecutivo salvadoreño una salida pacífica al conflicto bélico.
Salvador Sánchez Cerén tiene en su haber el que formase parte de la delegación del FMNL que convino con el Gobierno los Acuerdos de Paz de Chapultepec que pusieron fin a la guerra y convirtieron al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en un partido sometido al veredicto de las urnas. Un gran avance hacia la paz que le facilitó a Sánchez Cerén ser elegido en repetidas ocasiones como diputado en la Asamblea Legislativa, hasta que el FMLN ganó los comicios en 2009, siendo desde entonces el excomandante de la guerrilla vicepresidente de la República de El Salvador. Una aparente normalidad que oculta bajo capa
profundas tensiones que no se han querido valorar hasta hoy.
Ya como diputado participó en las movilizaciones a propósito de los
atentados del 11 de septiembre de 2001 que responsabilizaban a Estados Unidos de la embestida islamista y culpaban a Washington de ser merecedor de los ataques a causa de su política exterior. Sánchez Cerén firmó comunicados de esta índole y participó en manifestaciones donde se quemó la bandera estadounidense, lo que colocó al ahora ganador de las elecciones y a su partido en el listado de grupos de actividades antinorteamericanas. La victoria del FMLN en el 2009 fue posible porque su candidato a presidente, Mauricio Funes, era un periodista ajeno a la guerrilla y que ni siquiera pertenecía al FMLN, hecho que atemperó los ánimos de numerosos votantes frente a un Sánchez Cerén como vicepresidente de ese nuevo Gobierno. Esto creó
el espejismo de una neutralización política de la memoria de la guerra civil. Un espejismo roto cuando Sánchez Cerén prometió en la campaña electoral revisar los Acuerdos de Paz y derogar las leyes de Amnistía en que se fundamentan. De inmediato ha resurgido con virulencia el recuerdo de los secuestros, asesinatos y crímenes de lesa humanidad cometidos por la guerrilla bajo su mandato. La imitación de las políticas de Argentina y Chile frente a sus dictaduras tiene un significado muy distinto en un país que atravesó por una guerra intestina tan feroz y cuyos líderes tienen
manchadas las manos de sangre por atrocidades que no recibieron precisamente la absolución de ningún Tribunal Internacional.
No es lo mismo que un excomandante guerrillero haya ejercido el cargo de vicepresidente bajo la autoridad y férreo control de un presidente moderado, que ese mismo jefe de la antigua guerrilla alcance la presidencia sin ninguna cortapisa. Durante la guerra el FMLN obtuvo asesoramiento y financiación de la Unión Soviética, Cuba y la Nicaragua sandinista. Ahora, la mitad de la población se siente auténticamente angustiada ante la sospecha de que un Gobierno del FMLN encabezado por Sánchez Cerén abra las puertas a una
injerencia desestabilizadora no solo de Cuba y Nicaragua, sino también de la actual Venezuela chavista, con la deriva obvia que esa intromisión traería consigo, lo que suscita un
enorme temor en capas amplias de la ciudadanía salvadoreña que ciertamente no resultan infundadas. La presidencia de un exlíder de la guerrilla sí posee todavía hoy fuertes contraindicaciones que fomentan el desgarro político interno de una nación que necesita, muy al contrario, líneas de actuación integradoras.
Otro análisis que pasaba por ser un axioma inapelable hasta estas elecciones y el Gobierno del FML, consistía en achacar únicamente a la derecha y al partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) toda la responsabilidad en la honda fractura social de El Salvador que lo ha convertido en una de las naciones con
mayor tasa de homicidios del mundo entre los países que no están en guerra. La máxima impuesta hasta hoy estribaba en acusar a la derecha de promover una actuación represora que alimentaba la espiral de violencia. Un axioma completado con la teoría según la cual la aplicación de políticas de reinserción iría eliminando la fisura social y lograría bajar gradualmente el enloquecedor número de asesinatos.
Los cuatro años de Gobierno del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMNL) han hecho añicos esta
receta simplista. Las estadísticas al respecto son demoledoras. Perdido el poder ARENA y aplicadas las fórmulas de la izquierda, los asesinatos no solo no disminuyeron sino que, muy al contrario, aumentaron, lo que debería poner en cuestión la política de apaciguamiento iniciada en el 2009. Según el documento “
Atlas de la Violencia en El Salvador”, elaborado por el Instituto FUNDAUNGO, el 2008 se saldó con 3.179 homicidios entre una población total de poco más de seis millones de habitantes. El 2009, momento en el que accede al poder el FMNL, la tasa de crímenes se elevó a 4.382, manteniéndose en ese promedio los años inmediatamente posteriores. Conscientes del fracaso de las
medidas apaciguadoras basadas fundamentalmente en la prevención e integración, el Gobierno de la izquierda ideó una argucia para afrontar las elecciones de este marzo, apoyada en negociar con los capos gansteriles encarcelados para que desde sus celdas diesen la orden de parar la carnicería a sus subordinados. Esta negociación disminuyó significativamente los asesinatos los últimos meses del 2013, lo que trajo consigo que los sondeos demoscópicos registraran un alza en la intención de voto a favor de la izquierda. Una maniobra sin duda frágil. Los líderes de las gansteriles “maras” se sintieron traicionados y manipulados políticamente muy pronto, y han dictado en 2014 la orden contraria, dando al traste con la artimaña electoralista. Los datos de la Policía Nacional Civil han registrado un aumento inusitado de crímenes, llegando a contabilizarse hasta 30 homicidios en un solo día, el pasado 18 de febrero. Riesgos de pactar con las mafias criminales y hacerles ofertas que no se podrán cumplir.
Las
“maras”, como se conoce en la región a las estructuras gansteriles, presentan complejísimos ingredientes internos muy difíciles de abordar. “Mara” es una contracción de “Marabunta”, es decir, la plaga de hormigas soldado que puede devastar un extenso territorio. La Mara 18 o la Mara Salvatrucha realizan durísimos rituales para entrar en ellas, y sus miembros obedecen de manera ciega, van ostensiblemente tatuados, disponen de abundantes armas ligeras, y aceptan que
morirán jóvenes dejando a una prole sin padres que nutrirá ya en la adolescencia a la “mara”. La “mara” cumple las funciones de la familia y del Estado, y se sustenta en el permanente
homicidio entre quienes las forman, paradójicamente cristianos convencidos de que su alma se salvará en el instante de morir. Acometer esta estructura de violencia institucionalizada no se resuelve con una receta sencilla. Acabar con la impunidad, reconstruir las fracturas éticas y recomponer las unidades familiares, terminar con la cultura de la muerte y ejercer una disuasión creíble desde el Estado, es igual de importante que ofrecer puestos de trabajo casi providenciales en una nación donde la guerra civil pulverizó las infraestructuras y diseminó armas por todos sus rincones.
Los diagnósticos de la izquierda deberían combinarse con los de la derecha con el máximo rigor si se quiere obtener algún resultado, y nada de ello tiene visos de fructificar sin una generosa ayuda exterior. El desenlace electoral recién confirmado señala solo un camino que abra una mínima vía de esperanza: un
Gobierno de concentración nacional que suture las tremendas heridas que sufre el país. Salvador Sánchez Cerén, sabedor de lo que supondrá ser presidente con solo 6.000 votos más que su adversario, acaba de solicitar a ARENA trabajar por un pacto nacional. Algo muy genérico y severamente lastrado por su propia trayectoria biográfica. Sánchez Cerén cumplirá en junio 70 años. ¿No dispone el FMNL de líderes más jóvenes, sin responsabilidades en la guerra? ¿No podría llevar ARENA una política regeneradora similar? En ese
relevo generacional podrían sustentarse acuerdos de Gobierno que superasen el actual frentismo. En caso contrario, Sánchez Cerén recibirá una presidencia con las manos socialmente atadas, y el electorado no dará una tercera oportunidad al FMNL.