Germán Ubillos | Viernes 14 de marzo de 2014
Cuando recorrí la Unión Soviética de punta a cabo este era un imperio colosal, el imperio de Brézhnev, de
Kosygin, de Lenin y de Stalin, de Jrushchov y de sus zapatazos en la ONU. Allí, en Moscú y después en Madrid, la Embajada de aquel Imperio y en su nombre Chekoulis me invitaron a vivir allí como consecuencia de la alta valoración que les reconocí en varios medios pero sobre todo en “ABC” con mi artículo “Noches de Moscú”.
Pero cada hombre tiene su sentido de la vida y sus sueños y mientras Mijaíl Gorbachov, el hombre del mapa en la frente como le llamaba mi amigo Gironella, era liberal y lanzó los nuevos aires con su sensacional Perestroika, con lo que en el fondo además de derribar el muro de Berlín dio nuevo sentido democrático pero también debilitó a ese país inmenso el de Dostoievski y
Tolstói, el del vodka y el caviar, pero también el de Lenin y Stalin. Vladimir Putin, ese hombre fuerte de mirada penetrante no es precisamente el amable y liberal Gorbachov, es una persona formada en el seno del K.G.B., la policía secreta de la extinta URSS y lleva en su corazón y en las zonas profundas de su masa encefálica.
El recuerdo inefable de aquel poderoso coloso que frenaba en seco el poder y la propaganda de ese otro coloso que era Estados Unidos.
Vladimir Putin siempre soñará y anhelará aquel imperio maravilloso y extinto que yo me patee de punta a cabo con mi hermana, el de la novias que después de la boda llevaban su ramito de flores y lo depositaban a los pies de las estatuas colosales de los jerarcas rusos, de las batallas de Stalingrado, monumentos gigantescos semejantes a ese otro monumento que puede ser el Valle de los Caídos de ese otro hombre que soñaba con la unidad de España, de una España una, grande y libre.
Cuidado que desde Vladimir Putin, hasta Arthur Mas, pasando por Nikita Jrushchov y terminando por Francisco Franco, cuando leamos política y sobre todo la política internacional debemos de mirar sobre todo el corazón de esos jerarcas, como fueron formados y de donde vinieron, solo así podremos valorar de lo que son capaces y la que se nos puede venir encima !
El tiempo de Wojtyla ha pasado, ya es historia, pero no el de Vladimir Putin o el de Arthur Mas, quizá por eso Su Santidad Francisco quiere advertir a los obispos españoles en su visita Ad Limina la que se puede organizar aquí y es curioso que un Papa argentino recién llegado se dé cuenta de eso.
Por eso nunca olvidemos que Putin no es Gorbachov, que Arthur Mas no es Tarradellas y que Bergoglio no es Karol Wojtila.
En fin que el mundo es maravilloso, que la historia universal es la historia que han fraguado esos hombres singulares ante nuestros ojos sorprendidos, pero que la historia, como un enfermo delicado puede recaer si no diagnosticamos su mal a tiempo y ponemos los medios, las medicinas para que esto no ocurra de la misma manera.