Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 14 de marzo de 2014
En la Oda a Salvador Dalí nuestro skaldo granadino desconfía de los abstemios, porque llegan a tener la capacidad de ser crueles.
Marineros que ignoran el vino y la penumbra
Decapitan sirenas en los mares de plomo.
La Noche, negra estatua de la prudencia, tiene
El espejo redondo de la luna en su mano.
Aunque el bardo andaluz profetiza que el vino es enemigo acérrimo y se espanta de la fría razón surrealista de Salvador Dalí,
Pides la luz antigua que se queda en la frente,
Sin bajar a la boca ni al corazón del hombre.
Luz que temen las vides entrañables de Baco
Y la fuerza sin orden que lleva el agua curva.
En la excelsa “Oda al Santísimo Sacramento del Altar”, dedicada a Manuel de Falla, en la que se nos muestra Lorca como un ferviente católico, cordialmente heterodoxo, y que tiene como nuncupatorio el “pange lingua gloriosi/ corporis misterium/ sanguinisque pretiosi,/ quem in mundi pretium/ fructus ventris generosi/ rex effudit gentium”, se nos vuelve a poetizar y alta y sentidamente literaturizar el misterio de la transubstanciación del Cuerpo y la Sangre de Cristo en pan y en vino,
Cantaban las mujeres en la arena sin norte,
Cuando te vi presente sobre tu Sacramento.
Quinientos serafines de resplandor y tinta
En la cúpula neutra gustaban tu racimo.
Al saltar de la estrofa a la antístrofa el inspirado bardo andaluz, deslumbrante e indescifrable, empapado de la vieja cultura católica española, introduce el diálogo litúrgico posterior a las letanías lauretanas dedicadas a Nuestra Señora, y al momento anterior a la misma Consagración en la Misa.
- Agnus Dei qui tollis peccata mundi.
- Parce nobis, Domine.
Y sigue describiéndonos el misterio.
Escribientes dormidos en el piso catorce.
Ramera con los senos de cristal arañado.
Cables y media luna con temblores de insecto.
Bares sin gente. Gritos. Cabezas por el agua.
…..
Sólo tu Sacramento de luz en equilibrio
Aquietaba la angustia del amor desligado.
Sólo tu Sacramento, manómetro que salva
Corazones lanzados a quinientos por hora.
…..
Mundo, ya tienes meta para tu desamparo.
Para tu honor perenne de agujero sin fondo.
¡ Oh Cordero cautivo de tres voces iguales!
¡Sacramento inmutable de amor y disciplina!
La prevención, y hasta horror por el vino, siguen apareciéndonos en los Cantares Populares, objetos diamantinos, tallados por una sabiduría de siglos:
Del olivo
Me retiro,
Del esparto
Yo me aparto,
Del sarmiento
Me arrepiento
De haberte querido tanto.
De la locura del amor carnal se arrepiente, como de la droga que florece en los costados del sarmiento.
En el teatro lorquiano, puro lirismo teatrante, el vino, el alcohol, se nos presentan como sustancias intrínsecamente malas, diabólicas. Así, ya en El maleficio de la mariposa, el dramaturgo presenta al borracho Alacranito con perfiles bastante siniestros: “Alacranito es un viejo leñador que vive en el bosque y que frecuentemente baja al pueblo para emborracharse. Es glotón insaciable y mala persona”. Aunque bien es verdad que Alacranito se defiende:
Y aunque pobre soy decente.
¿Qué me emborracho?...Pues bien:
¿no se emborracha la gente?
Yo soy un viejo inocente.
La ebriedad del aguardiente le lleva a Alacranito constantemente a la antropofagia, entendida por tal la cualidad que tiene un insecto insaciable de comer otros insectos, y transgredir así el Santo Evangelio ecológico de San Cucaracho, en el que creyó Lorca durante toda su vida.
Y, mientras, el gusano dice, drapeado de topoi horacianos:
Un viejo sabio ha dicho:
“Bebed las dulces gotas,
serenos y tranquilos,
sin preguntar jamás
¿de dónde habrán venido?”
En Los Títeres de la cachiporra el vino es el signo de los que no merecen el amor de Rosita. Por una parte está don Cristobita, el viejo rico que quiere comprar a Rosita por cien duros, aprovechando la situación de ruina que padece el padre de Rosita. Como dice un mozo en una taberna en donde los contrabandistas beben vino de Málaga: “Don Cristobita es un viejo gordo, borracho, dormilón”. El diálogo entre Cristobita y el tabernero lo deja muy claro.
- Tendrás mucho vino, ¿verdad?
- De todos los que usted quiera.
- Pues todos los quiero, ¡todos! Mañana me caso con la señá Rosita, y quiero que haya mucho vino para…bebérmelo yo.
Por otra parte, se encuentra Cocoliche, joven con una extrema debilidad de carácter, incapaz de enfrentarse a Cristobita, y que ve en el vino la única solución a su problema sentimental.
- Espantanublos, danos vino hasta que se nos salga por los ojos. Serán muy bonitas nuestras lágrimas; lágrimas de topacio, de rubí…¡Ay, muchachos, muchachos!
Frente a estos, Currito, el único que merece el amor de Rosita, está caracterizado por su actitud totalmente abstemia.
- Caballero, antes de marcharos yo quisiera que tomarais con nosotros un vaso de vino.
- Muchas gracias, pero yo no bebo.
No obstante, Currito utiliza el vino para simbolizar subidamente la atracción erótica que ejerce Rosita.
- ¡Oh botitas de doña Rosita! Son como dos vasitos de vino.
La misma utilización simbólica del vino la hace una Jovencita en su cantar.
En los olivaritos
Niña, te espero,
Con un jarro de vino
Y un pan casero.
Pero en el mundo real el vino sigue siendo para Lorca, y lo será siempre, un veneno demoníaco. Y así, Cristobita, encarnación del mal, nos llega a decir con palabras sulfúreas y desmesuradas:
- Me gustaría ser todo vino y beberme yo mismo.
El mal, por fin, revienta de vino y de rijosidad.
Vamos a enterrar
Al gran ganapán,
Cristobita borracho
Que no volverá.
En Mariana Pineda ( 1925 ) el vino nos aparece en el mismo momento en que estalla la crisis trágica, después de que el Conspirador 4º nos narra en un hermoso romance la desdichada muerte del general Torrijos, e inmediatamente antes de la siniestra e inesperada aparición, que percute como un trueno, del terrorífico Pedrosa, debelador de la libertad en Granada, y torpemente atraído por la delgada belleza de Marianita.
Muy lúgubre y cadálsica es la acotación que se nos presenta, dentro del Teatro Breve, en La doncella, el marinero y el estudiante (1928): “En las tabernas del puerto comienza el gran carrusel de los marineros borrachos”.
Para La Zapatera prodigiosa ( 1930 ) la venta de vino en su taberna es una ocupación “fatal”, causada por la marcha de su maltratado y, a la vez, adorado marido viejo. Y el vino de la Zapaterita pone muy rijoso al anciano alcalde del pueblo, viudo y supérstite de cuatro mujeres.
- Anteayer estuve enfermo toda la noche porque vi tendidas en el prado dos camisas tuyas con lazos celestes, que era como verte a ti, zapatera de mi alma.
Mas cuando regresa el Zapatero disfrazado de titiritero, y toma un vaso de vino en la taberna de su deseada esposa, afirma categórico:
- Vino de uvas negras como el alma de algunas mujeres que yo conozco.
Y tras el reencuentro ya no volverá jamás el vino a los hábitos del nuevamente dichoso Zapatero: sólo el café con leche.
En el Amor de Don Perlimplín con Belisa en su Jardín. Aleluya erótica en cuatro cuadros y un prólogo ( 1931 ) el sexo de la mujer se revela en su forma tradicional de olor real a pescado, mediante la hipálage ( “Amor, amor. Entre mis muslos cerrados, nada como un pez al sol”) y en su forma conceptualmente simbólica de alcohol, cuando se transgrede la moral conyugal ( “La noche de anís y plata / relumbra por los tejados./ Plata de arroyos y espejos./ Y anís de tus muslos blancos ). Todos los amantes de la pendona de Belisa se relacionan con el alcohol:
- ¿Y de quién son aquellos cinco sombreros que veo debajo de los balcones?
- De los borrachitos que van y vienen, Perlimplinillo. ¡Amor!
En el Retablillo de Don Cristóbal. Farsa para guiñol ( 1931 ), la voracidad y maldad de Don Cristóbal quedan simbolizadas en el alcohol. Así, la madre de Rosita, le increpa a don Cristóbal del siguiente modo:
- ¡Borracho! ¡Indecente!
Y la misma Rosita pregunta a Don Cristóbal:
- ¿Has bebido mucho?
Y don Cristóbal responde:
- Me gustaría ser todo el vino y beberme yo mismo. Jaaaa. Y mi barriga un gran pastel, un gran pastel con ciruelas y batatas. Rosita, cántame algo.
Claro, que tener un marido borracho garantiza ciertas libertades para la lujuria de Rosita, mientras don Cristóbal duerme la mona:
- ¿Has bebido mucho? ¿Por qué no te echas una siestecita?
Y al finalizarse este teatro de marionetas augsburguesas prebrechtianas el Director acaba atacando los ambientes de las ciudades turbios por el alcohol. Una vez más, el alcohol como la sangre del Mal, como incentivo a una sexualidad tanática.
En la desasosegante obra Así que pasen cinco años. Leyenda del Tiempo en tres Actos y cinco Cuadros ( 1931 ) el amigo del Joven enamorado cumple una función mefistofélica y naturalmente maligna, y en esa actividad no para de beber anís y cocktails. Sin embargo, el sublime amor del Joven es una pura sed de agua: “Yo quisiera quererla como quisiera tener sed delante de las fuentes”. El Mefistófeles bebedor sugiere combatir el miedo a la muerte con la bebida.
- Usted, con beber tiene bastante.
- Yo hago lo que me gusta, lo que me parece bien. No le he pedido su parecer.
El Mefistófeles bebedor, sibarita asesor del Joven enamorado, también se caracteriza por su egoísmo ilimitado.
- Primero eres tú que los demás.
Mas al final triunfa coyunturalmente – la vida es pura coyuntura breve – la abstinencia de la Mecanógrafa, “con el aire en un vaso y el mar en un vidrio”, la mujer que de verdad existe por ser la que de verdad ha querido. No obstante, la vida del Joven se acaba bebiendo chartreuse junto a jugadores ventajistas que tienen un as de copas rebosando por los bordes, y huyen bebiendo en él, con dos chicas, por el Gran Canal. Angustiado el Joven afirma:
- El coñac es una bebida para hombres que saben resistir.
Y cuando agonizaba dijo:
- Un poco de chartreuse. El chartreuse es como una gran noche de luna verde dentro de un castillo donde hay un joven con unas algas de oro.
Ruedan Eros y Thánatos enlazados por un despeñadero vertiginoso. El amor como hijo legítimo del agua, y la muerte como hija del alcohol.
El Público ( 1933 ) es un drama sin alcohol, abstemio, como corresponde a una muy lírica y terrible versión de la Pasión de Jesucristo.