Alejandro San Francisco | Martes 18 de marzo de 2014
Llama la atención en ocasiones cómo se repiten ciertos tópicos sobre América Latina. Continente desordenado, sin estabilidad política, difícil para hacer negocios, donde asoman los caudillos con demasiada frecuencia y escaso control. Como todas las historias, algo de realismo hay en esta explicación, pero también es cierto que carece de profundidad y matices, ya que las simplificaciones siempre tienden al error. En alguna medida estos razonamientos han vuelto a aparecer con ocasión de la crisis que enfrenta Venezuela, dificultades políticas en algunos gobiernos y otros problemas propios de condiciones históricas difíciles y cambiantes.
Desde luego, es conveniente poner las cosas en su contexto. Hoy, a diferencia de otros momentos de su trayectoria, desde hace dos o tres décadas prácticamente todos los gobernantes en América Latina tienen un origen democrático. En algunos lugares pueden desempeñar un trabajo mejor y en otros peor, obtener buenos o malos resultados, pero todos gozan de la legitimidad constitucional, con las positivas consecuencias que ello tiene, y con las perspectivas de elecciones presidenciales y alternancia en el poder.
Adicionalmente, y contra lo que muchas veces se piensa, América Latina es un continente que ha tenido relativamente pocas guerras, como ha ilustrado Miguel Ángel Centeno en su excelente Blood and Debt. War and the Nation-State in Latin America (Pennsylvania, The Pennsylvania State University Press, 2002). Sin perjuicio de ello, también es cierto que esta paz ha coexistido con las continuas disputas civiles, que han terminado en ocasiones en guerras o golpes de Estado, donde la resolución violenta de los conflictos ha reemplazado muchas veces a las fórmulas institucionales. Así fue en el siglo XIX y en variados momentos del XX.
La situación de comienzos del siglo XXI es particularmente promisoria, y los problemas ocasionales presentes en algunos lugares deben entenderse dentro del contexto internacional. Así por ejemplo, la situación polarizada, crítica y violenta de Venezuela es análoga a lo que ocurre en algunos lugares de Asia, África e incluso Europa en estos momentos. No se trata de que la extensión mundial de las crisis haga menos importante la que sufre esta nación sudamericana, pero también sería injusto cargar todas las críticas contra los latinoamericanos.
De hecho, en términos históricos, la situación actual tiende a mejorar en varios aspectos. En primer lugar, en cuanto al desarrollo económico y sus consecuencias. Los resultados de muchas naciones en las últimas décadas son mejores de los que registraba el continente sumido en la pobreza durante gran parte del siglo XX, con propuestas económicas fracasadas, políticas de expropiaciones y un subdesarrollo endémico. Hoy la pobreza ha disminuido, han aumentado las personas con trabajo y educación, también los pensionados, hay más emprendimiento y apertura a la inversión extranjera.
En segundo lugar, podemos ver el surgimiento de algunos paradigmas interesantes, como es la Alianza del Pacífico, cuyos ejes de la libertad política y económica representan una gran oportunidad para los países fundadores, Perú, Colombia, México y Chile, así como también para quienes están interesados en invertir en esas naciones y ampliar sus oportunidades al Asia Pacífico. Todo indica que se trata de una propuesta destinada a crecer y consolidarse.
En tercer lugar, hoy existe la posibilidad de equivocarse y de revertir dichos errores a través de elecciones competitivas. La regla general es tener varias elecciones competitivas cada año, renovación en el gobierno de los países y en las asambleas legislativas, así como es posible cambiar de gobernantes y hacer llamados de alerta electorales a los dirigentes, en clara contradicción con los regímenes militares de las décadas anteriores e incluso con otros continentes.
Finalmente, porque la información disponible y la globalización han cambiado los estándares de comparaciones así como las metas posibles y las aspiraciones de las naciones. También porque después de tantos experimentos resulta bastante claro que no es ni la raza, ni la ubicación geográfica ni otras explicaciones por el estilo los que condenaban a América Latina al subdesarrollo, sino que la falta de una institucionalidad sólida, así como la existencia de modelos políticos y económicos que no contribuían al éxito de los países.
Nada de esto oculta ni los problemas ni los dramas que vive el continente. Droga y violencia en algún lugar, pobreza que persiste en diversos países, marginalidad e injusticias que se han repetido por décadas, democracias imperfectas o fallidas, e incluso dictaduras encubiertas o perpetuas. Pero analicemos las cosas en su verdadero valor y los resultados están a la vista, así como las perspectivas se presentan prometedoras.
Si hace cincuenta años América Latina se debatía como un actor marginal de la Guerra Fría, y surgían grupos guerrilleros y terroristas para hacer la revolución y dictaduras para combatirla, si todo indicaba que la dependencia y el subdesarrollo del continente eran problemas estructurales que condenaban para siempre a sus pueblos a la miseria, la situación hoy se presenta muy distinta y, felizmente, con buenas perspectivas.
Hoy es más fácil comprender que el crecimiento económico es una premisa indiscutible para el bienestar de los pueblos, que la libertad es un eje de progreso político y económico, que la inserción en el mundo civilizado no solo es una obligación sino que también es conveniente para todos. Asimismo, las personas e instituciones entienden que los hechos valen más que las ideologías y que los resultados de desarrollo social no se logran mediante las revoluciones líricas o violentas, sino con el trabajo cotidiano, instituciones adecuadas, inversión extranjera, responsabilidad de gobiernos y oposiciones, desarrollo educacional adecuado, progreso en todos los sectores de una nación, superación de la marginalidad, entre otros.
Queda mucho por hacer, y por hacer bien. Hay que superar las dificultades de la hora presente. Cualquier error podría costar volver a perder los avances alcanzados y es evidente que América Latina todavía está muy lejos del desarrollo. Pero un análisis serio nos permite ver un continente con problemas pero también con posibilidades, enormes riquezas naturales y una población donde crece la clase media y hay más gente educada. En fin, un continente que hace cincuenta años era símbolo del subdesarrollo y que hoy podría ser una llave de esperanza hacia el futuro.