Enrique Arnaldo | Jueves 20 de marzo de 2014
El coche es uno de los símbolos contemporáneos de la libertad. El aparcamiento es una personificación de la esclavitud.
El coche se ha adaptado a los tiempos en tamaño, prestaciones, estética y precio. El aparcamiento es cada vez más incómodo y más caro. Al final te acaba costando más que el coche.
Si optas por la superficie, el dispensador de tickets acaba con tus monedas. Se traga las que le eches, eso sí siempre que tengas suelto y justo, porque la tecnología no ha avanzado tanto como para que el artilugio sepa devolver cambio. Por supuesto los bares y kioskos anuncian a bombo y platillo que no lo facilitan. Y los señores y señoras vestidos de reflectante amarillo multan pero tampoco tienen cambio. O sea, que has de ir provisto de monedas.
Últimamente anuncian páginas para bajarte una aplicación y pagar a través del móvil, pero falla muchas veces y te acaban multando. ¡Y luego a protestar o recurrir!.
Qué decir de los aparcamientos bajo tierra, obra de sádicos arquitectos e ingenieros que se deben partir de risa al diseñar columnas y bordillos, curvas supinas, techos bajos y espacios para minivehículos. Son espantosos, de complicada accesibilidad y esquilmadores de cualquier economía. No sé si habrán caído en el hecho de que desde que cobran por minutos sale muchísimo más caro que cuando se hacía por horas ó fracción.
Los cajeros de los aparcamientos son de ciencia ficción. Me encuentro con muchos de ellos que están repletos de carteles como los siguientes: “No se admiten billetes de 50”; “No se admiten los billetes nuevos de 5 euros”; “Sólo válido el billete de 20 euros para importes superiores a 10”. Y en no pocos de ellos “No se admiten tarjetas de crédito”. Bueno, los hay también de chiste y carecen de cajeros y has de pagar desde el vehículo, haciendo equilibrio desde la ventanilla y agachándote hasta el señor de la garita para realizar la operación.
Como cantaba Don Hilarión “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. ¡Es una brutalidad! ¡Es pura bestialidad”. Serán las de la Verbena de la Paloma, porque la de los aparcaderos está anclada en la Edad Media.
¡Sufridos consumidores!
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