Martín-Miguel Rubio Esteban | Jueves 20 de marzo de 2014
En Bodas de sangre (1933), el Novio, hombre formal y bueno, y por ello víctima pura de la tragedia, es abstemio, y su Madre se lo dice al viudo y viejo Padre de la Novia:
- No prueba el vino.
Por el contrario, el amante, Leonardo, es todo alcohol puro, y su cercanía emborracha el corazón de la Novia, que se hace un embudo por el que se cuela una pasión tanática y autodestructiva, un frenesí de disolución.
- No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís, y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás.
Como en todas las bodas judeocristianas también en esta boda está presente el vino, y los mozos obligan al Novio abstemio a beber vino.
- ¡Tienes que beber con nosotros!
- Estoy esperando a la novia.
- ¡Ya la tendrás en la madrugada!
- ¡Que es cuando más gusta!
- Un momento.
- Vamos.
Naturalmente, además del vino, también están presentes otras delicias “envinadas”, como los roscos de vino.
La tentación en forma de Muchacha 2ª le inclina a Yerma ( 1934 ) fatalmente a un mal remojado en anís:
- Toda la gente está metida dentro de sus casas haciendo lo que no les gusta. Cuánto mejor se está en medio de la calle. Ya voy al arroyo, ya subo a tocar las campanas, ya me tomo un refresco de anís.
Pero el vino lujurioso también puede convertirse o tener la forma del jornal honrado que Juan da a sus hermanas para que velen por la honra de Yerma, huérfana de hijos y amiga del agua.
- Una de vosotras debía salir con ella, porque para eso estáis aquí comiendo en mi mantel y bebiendo mi vino.
Y en la ermita pagana y demoníaca, en donde las romeras buscan anhelosas el fin de su esterilidad y las viejas brujas llevan a sus hijos sementales para cubrirlas, la Muchacha 1ª describe el imperio del dios Baco, en medio de una gran opulencia gestual.
- Más de cuarenta toneles de vino he visto en las espaldas de la ermita.
Porque Baco asegura la fecundidad de las mujeres a precio de su honra. Aunque su malignidad esencial no pudo con la pobre Yerma. Y cuando la desgraciada Yerma encuentra a su marido, lo ve tocado por el vino, queriendo entregarse a un torpe amor estéril incitado por el alcohol y un clima de paganía. Y Yerma lo tiene que matar como hija que es de la vida y del agua. El alcohol no trae la vida para Lorca; sólo el placer egoísta.
Doña Rosita la soltera o el Lenguaje de las Flores ( 1935 ) constituye un drama blanco y triste, con esa tristeza inmaculada que rezuma el granadino Paseo de Los Tristes. Una de las pocas alusiones al maligno alcohol la tenemos en un venenoso comentario de la Srta. Ayola 1ª, en el que se alude al infiel novio eterno de Rosita.
- Yo no quiero comer. Prefiero una palomilla de anís.
- Y yo de agraz.
- ¡Tú siempre tan borrachilla!
- Cuando yo tenía seis años venía aquí y el novio de Rosita me acostumbró a beberlas. ¿No recuerdas, Rosita?
- ¡No!
En otro momento, la venenosa Srta. Ayola ofende a la madre de unas niñas pobres y cursis con el tema del alcohol.
- Me parece que la vieja ha empinado el codo. ¿Quiere otra copita?
El alcohol vuelve a aparecer en el momento en que el Novio y primo traiciona a Rosita con un casamiento por poderes, y con ello la condena a una soltería perpetua.
- Bebe conmigo una copita, hombre. Hoy es día de que lo hagas.
Una vez más el alcohol como la sangre de la malignidad.
En La Casa de Bernarda Alba ( junio de 1936 ) se muestra a los velatorios de España, enhebrados de hipocresía y odio, con una distribución de jarritas blancas llenas de limonada. A los hombres, entendidos siempre en Lorca en su aspecto de “machos”, Bernarda manda echarles una copa de aguardiente. Magdalena no ve verdaderamente progreso en la posibilidad que tienen los pequeños pueblos de España de empezar a beber vino de botella.
- Hoy hay más finura, las novias se ponen de velo blanco como en las poblaciones y se bebe vino de botella, pero nos pudrimos por el qué dirán.
Con “La Casa de Bernarda Alba” se cierra la insoslayable obra teatral de Federico García Lorca, una obra en la que sus didascalias, como en las de Valle-Inclán y en las de nuestro admirado Francisco Nieva, son pura literatura lírica.
Otras veces, en sus textos en prosa, el maligno vino le sirve al vate de Fuente Vaqueros para expresar con dureza la aguda miseria de aquella España, como en el “Mesón de Castilla”, inserto en su libro en prosa “gabrielmirosa” Impresiones. Melancolía, novelería, crepusculismo impresionista y baudelariano. Veamos algunos párrafos de este cuadro:
“En un rincón estaba el despacho, con unas botellas sin tapar, un librillo descacharrado, unos tarros de latón abollados de tanto servir y dos toneles grandes, de esos que huelen a vino imposible”.
“La mesonera repartía vino tinto en vasos sucios de cristal, y como eran muchas las moscas que volaban sobre los pozuelos dulzones, éstas se caían a pares sobre las vasijas, siendo sacadas de la muerte por los sarmentosos dedos de la dueña”.
“Con el vino y la comida los viajeros se alegraron, y alguno, más contento o más triste que los demás, tarareaba entre dientes una monorrítmica canción”.
En la impresión dedicada a “Covarrubias”, juega el escaldo de Fuentevaqueros con el doble sentido y la polisemia connatural a las palabras, figura y mecanismo esencial de toda literatura, como ya aludiera Horacio con su “callida iunctura” y el genial Bréal lo confirmara: “El mesonero es a la vez médico del pueblo. Es una figura extraña, con los ojos desencajados, con grandes tufos a la malagueña”.
En el “Amanecer de verano”, de Granada, el poeta presiente aterrado la llegada del mediodía como una borrachera desagradable de luz y calor: “Algún gallo canta recordando el amanecer arrebolado y las chicharras locas de la vega templan sus violines para emborracharse al mediodía”.
El “Albaicín”, especie de cuadro de terror, se nos describe como un espantoso contraste entre el misticismo y la lujuria, entre el cielo y el infierno, entre el bien y el mal. Por una parte el agua, la cera, el incienso, la “oratio sancta” y la monja; y por la otra, el vino, el olor de macho cabrío, de orines y de estiércol, y la puta, la horrible y dantesca canéfora de pesadilla. El vino del burdel putrescente frente al agua de los conventos y las iglesias. El demonio y Dios en la misma calle.
En las “Puestas del Sol”, del Verano las uvas parecen guardar misteriosamente el licor hipnótico y nocturno de la luna, protegiéndolo del resol bendito: “En los árboles y en las viñas aún queda un resol extraño…y poco a poco los montes azules, ceniza verde sobre rosa, se enfrían y todo va tomando el color hipnótico de la luna.”
En los “Jardines de las Estaciones”, en donde Federico describe el típico jardín público que sufre la inveterada incuria municipal y ferroviaria, vuelve el poeta a blandir su saña antialcohólica ante la pureza que tan difícil se hace de una naturaleza tutorizada por el típico Ayuntamiento español: “Al lado está la cantina. Todos los restos alcohólicos de ella se vuelcan en el jardín. Estas flores están regadas con vino maloliente.”
En el poema “Tierra y Luna”, datado en 1935, recordando su estancia en Nueva York, el vate granadino apuesta claramente por los más débiles, aquellos a quienes no paran de conculcar, de zapatear sus cabezas, todas las ebriedades del mundo, incluyendo a los traficantes de alcohol:
Me quedo con el niño desnudo
Que pisotean los borrachos de Brooklyn,
Con las criaturas mudas que pasan bajo los arcos.
Con el arroyo de venas ansioso de abrir sus manecitas.
Efectivamente, Lorca sería partidario de una Ley Seca que combatiera todas las inhumanas ebriedades del mundo. Porque Lorca es el poeta de la sobriedad formal y moral, porque Lorca es el poeta del agua, el agua que disuelve todos nuestros pecados, que lava nuestra suciedad moral. Porque Lorca es el virginal Hipólito martirizado de España. Así, en “Siento”, vemos una preciosa epíclesis a las mujeres, esas mujeres puras y purificadoras, cuya mejor representante es la Virgen María:
“Mujeres, derramad agua,
por favor;
cuando todo se quema,
sólo las pavesas vuelan
al viento.”
Ya desde el principio de su carrera literaria Lorca manifestaba con frecuencia su tenaz esfuerzo por conseguir una sobriedad estética y armoniosa que se enmarcara eurítmicamente en una sobriedad moral de orden político y social. El lorquismo es una pasión de agua, una agonía de agua. Igual que el personaje de Don Alhambro, Federico se nos presenta como un excelente catador de agua, el mejor y más documentado catador de agua en esta España vinícola de las mil aguas. Hablaba del agua que sabe a violetas, del agua que sabe a reina mora, de la que tiene gusto de mármol y del agua barroca de las colinas. El sopor de la muerte lo portaba un whisky marca Machaquito, de arcos de herradura y de grandes páginas escritas en inglés, en las cuales brillaba con fulgor de oro la palabra Spain. Pero en la Granada verdadera y eterna el día no tiene más que una hora, y esa hora se emplea en beber agua.
La introducción de la surrealista prosa trágica sobre la “Degollación del Bautista” constituye toda una melancolía de agua, una eterna sed de agua limpia y de justicia: “No era posible la existencia de los paños blancos, ni era posible el agua dulce en los valles”. En “Santa Lucía y San Lázaro” el alcohol se convierte en el principal refugio de los hombres calculadores, de la hipocresía farisea y de la farisea usura, además de tocar el alma pseudocatólica de la secretarias tocadas por la tristeza del Blanco y Negro de 1910: “Las gentes bebían cerveza en los bares y hacían cuentas de multiplicar en las oficinas, mientras los signos + y x de la Banca judía sostenían con la sagrada señal de la Cruz un combate oscuro, lleno por dentro de salitre y cirios apagados”.
El glorioso asesino de la “Nadadora sumergida” reconoce explícitamente la mortífera mezcla que resulta de la combinación de ciertos alcoholes ya letales de por sí: “Nunca pude besarla a gusto. Se apagaba la luz, o ella se disolvía en el frasco de whisky. Yo entonces no era aficionado a la ginebra inglesa. Imagine usted, amiga mía, la calidad de mi dolor.”
Si los ángeles nos hacen regalos, nos guían, nos protegen y nos previenen, si las musas nos enseñan, nos inspiran y nos infunden memoria técnica, los duendes, el duende, nos acerca radical y directamente a Dios, que es la realidad de las realidades y la raíz y sostén de toda realidad, con la que se entra en tierna intimidad con los volcanes, las hormigas, los céfiros y la gran noche apretándose la cintura con la vía láctea. Y, a veces, en muy contados trances y ocasiones, paradójicamente, en momentos muy especiales, para que el artista pueda salir de esta realidad virtual en que se ha convertido la fantasmal vida social de los hombres, tiene que – en momentos, ya digo, muy puntuales para Lorca – acercarse al duende oscuro ingiriendo muchos litros de agua pura, bendita, o tomando un buen trago de abrasadora cazalla. Así, nuestro Federico, en su conferencia “Teoría y juego del duende” – que una vez leída uno se da cuenta de los estúpidos que son la mayor parte de los mitos políticos, estéticos o morales que se han creado sobre Lorca – llegó a contar la siguiente historia:
“Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: “¡Viva París!”, como diciendo: “Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa.”
“Entonces La Niña de los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero…con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de los vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.”
Pero el mejor piropo que Lorca tiene para elogiar una obra de arte, bien sea de baile, de cante, de música, de plástica o de poesía es la expresión de “como un chorro de agua”. Para Lorca la belleza la crean todo tipo de cisnes con sus gestos, al deslizarse sobre las aguas puras, sobre las linfas cristalinas. Así dirá en el inteligentísimo “Homenaje a Luis Cernuda”: “Yo vengo para saludar con reverencia y entusiasmo a mi “capillita” de poetas, quizá la mejor capilla poética de Europa, y lanzar un vítor de fe en honor del gran poeta del misterio, delicadísimo poeta Luis Cernuda, para quien hay que hacer otra vez, desde el siglo XVII, la palabra divino, y a quien hay que entregar otra vez agua, juncos y penumbra para su increíble cisne renovado”.
Y no hay nada como el mundo siniestro del alcohol para asustar a los rorros que no quieren dormirse con las melancólicas y tristes nanas de España, comentadas magistralmente por Federico:
“Unos veníen borrachos,
otros veníen alegres;
otros decíen: Muchachos
vamos matar las mujeres.
Ellos piden de cenar,
Ellas que darles no tienen.
¿Qué ficiste los dos riales?
Muyer, ¡qué gobierno tienes!”
Lorca sabe usar primorosamente la imagen del agua para expresar tanto el microcosmos ideado por el magín de Góngora, como el control y la medida que el poeta cordobés imponía a su propia imaginación: “el orbe definido y visible de la redonda Tierra limitada por las aguas”. Las aguas otra vez como control, brida, orden y medida de nuestra propia creación. Puro apolinismo de pureza transparente e insípida.
Nuestro vate granadino sostiene categórico que el poeta o escritor en general que inicia una creación de valor debe estar borracho de agua pura, de equilibrio y de transparencias: “El poeta que va a hacer un poema ( lo sé por experiencia propia ) tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable rumorea en el corazón. Para serenarse, siempre es conveniente beber un vaso de agua fresca y hacer con la pluma negros rasgos sin sentido.” Beber mucho agua fresca, mientras aguas profundas y quietas cabrillean entre los juncos…a punto de regalar al poeta sorpresivamente alguno de sus tesoros. Efectivamente Lorca no cree que ningún gran artista trabaje en estado de fiebre, sino con una sangre “sorgiva” llena de agua cristalina. Y cuando el poeta enamorado está solo en medio de la verde soledad del agua, lo oye el mar, lo oye el viento, y al fin el eco se guarda la más dulce sílaba de su canto. Federico García Lorca ha sido para la literatura española el poeta del agua, el gran encomiador de la sobriedad más cristalina y transparente. Lorca, lejos del dionisismo con el que le han calificado algunos (Francisco Umbral), es el poeta más apolíneo de la Generación del 27.
TEMAS RELACIONADOS: