Viernes 21 de marzo de 2014
El Rey no lo tuvo fácil. Tuvo que destituir a uno de los huesos duros del franquismo. Arias Navarro no quería la democracia. Soñaba con mantener la dictadura franquista. Hasta que el Rey se hartó.
Don Juan Carlos quería implantar el legado de su padre, Don Juan, la democracia parlamentaria. Pero en aquellos tiempos tal maniobra supuso un riesgo. Buena parte del Ejército y, desde luego, el Parlamento, estaban cuajados de franquistas. Pero el Rey se la jugó con una habilidad propia del mejor tahúr.
Decidió sustituir a Arias Navarro por Adolfo Suárez, un hombre que venía de la Falange, inteligente truco, pero que era consciente de que España tenía que evolucionar. El Rey se la jugó y ganó por goleada.
Adolfo Suárez se convirtió en el nuevo presidente del Gobierno y puso manos a la obra. Desarticuló los tentáculos fascistas que amarraban la Administración y tuvo el valor de, poco a poco, crear las condiciones para que España se convirtiera en una democracia.
No lo tuvo fácil. Pero fue valiente y, de la mano del Rey, puso en marcha, sutilmente y con habilidad, la celebración de unas elecciones generales, conquistó a la izquierda y terminó elaborando una Constitución que llevó a España a la modernidad y a la democracia.
Es verdad, que tuvo que seducir a Felipe González para que se pusiera a su lado, para que confiara en él. Y lo logró. Incluso tuvo el valor de legalizar al Partido Comunista, algo extremadamente delicado y peligroso, pues España aún tenía demasiado fascista incrustado en las Instituciones.
Adolfo Suárez, que ha fallecido, ha sido, con el Rey, la clave para que España sea lo que es. Hay que hacerle un homenaje por todo lo alto y darle las gracias por su astucia y su valentía. Fue un héroe y el adalid de la democracia. España le debe mucho.
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