Opinión

El acoso a Rajoy

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 12 de mayo de 2008
La práctica del acoso y derribo de políticos ha sido, desgraciadamente, una seña de identidad de nuestra democracia desde sus orígenes. Aquí casi nadie se conforma con una crítica razonada y serena, sin que tenga que dejar de ser contundente, de los políticos. Inmediatamente se cae en el insulto inadmisible, la descalificación sumaria, el hostigamiento sistemático, la persecución cainita y sin cuartel. Los atenienses tenían regulada legalmente la práctica del ostracismo, que implicaba la exclusión y alejamiento del ciudadano que se estimaba perjudicial para la democracia. Aquí no se trata tanto de excluir, sino más bien de aniquilar, a golpe de editorial, columna, cháchara radiofónica o cualquier otro género mediático. Porque sólo si los medios se suman a la operación, esta puede ser efectiva. El acoso y derribo, práctica taurina transplantada a la política -tan influida por la tauromaquia en esta “piel de toro” que es España- viene a ser la versión hispánica del linchamiento, tan utilizado en aquella sociedad prelegal que fue el oeste americano. Suárez fue, seguramente, la primera víctima importante de esta práctica salvaje. Injustamente tildado de “tahur del Mississipi” y tantas otras lindezas, sometido a un acoso brutal por parte de elementos de su propio partido, Suárez tiró la toalla, con daño no sólo para la UCD, que desapareció, sino para la democracia española que, durante tanto tiempo, careció de un necesario y efectivo contrapunto frente al felipismo rampante. ¿Y que decir de su sucesor, el recientemente fallecido Calvo Sotelo, cuyo año y medio en La Moncloa fue un auténtico calvario y al que ahora, ya de cuerpo presente se le han reconocido tantos méritos? Algo le pasa a este país nuestro en el que tienes que morirte para que te valoren adecuadamente.

Pero me parece que nunca habíamos presenciado un acoso y derribo tan brutal y desaforado como el que está teniendo como objetivo a Mariano Rajoy, y que se ha desencadenado después de las elecciones del 9 de marzo. Unas elecciones perdidas, ciertamente, por el PP, pero perdidas dignamente, que hay derrotas y derrotas y ni el sentido común ni las cifras de los resultados exigen que cualquier derrota implique la voladura total de los perdedores ni la aplicación inmediata del “quítate tú que me pongo yo”. Los países serios actúan ante las derrotas con mucha cautela. Churchill gobernó -¡y cómo gobernó!- sin haber ganado unas elecciones y cuando, terminada la guerra se presentó, las perdió para volverlas a ganar más tarde. Mitterrand estuvo perdiendo elecciones desde 1965 hasta que, por fin, las ganó en 1981. Con paciencia e inteligencia la izquierda francesa comprendió que le interesaba aguantar con el mismo líder durante dieciséis años. Aquí no habrá que esperar tanto porque Zapatero no es de Gaulle, como es evidente. No hay nada más negativo para un partido que, al albur de unos porcentajes, cambiar cada poco de líder en un ansioso intento de quemar etapas a la caza de una victoria que casi siempre se les escapa a los impacientes. La precipitación es negativa en las empresas serias. Y la política, ciertamente lo es. O lo debe ser. Orteguianamente, a un líder hay que juzgarle en función de sus circunstancias y eso quiere decir que unos mismos resultados electorales pueden querer decir cosas distintas según el momento y la coyuntura en que se produzcan.

Que es en estos momentos Mariano Rajoy es el único líder posible y deseable del PP es algo que se impone por aplastante lógica. No sería difícil desmontar todos los argumentos que se vienen desplegando contra él, pero no vale la pena, por su endeblez, y porque además requeriría mucho espacio. Rajoy ha mantenido la unidad y la cohesión del partido durante cuatro años muy difíciles en los que, seguramente, no han faltado errores, suyos o de su gente. Sería imposible que nos los hubiera habido. Ha estado sometido, además, a una implacable y nada comprensiva crítica, de sus adversarios naturales y de algunos que se presentan como “de los suyos”. El que para unos era un blando en su tarea de oposición, para otros era el gran crispador. ¿Hay mejor muestra de que, en general, ha acertado? Nadie, en estos momentos, tiene en su partido tanta preparación ni tanta experiencia acumulada desde el Gobierno y desde la oposición. Nadie tiene un apoyo transversal y transterritorial tan amplio y contrastado. El partido ha invertido mucho, políticamente hablando, en Rajoy y sería suicida caer en la tentación de experimentos de liderazgo o de ensayos de procedimientos “imaginativos” para encontrar un nuevo líder. Por todo ello, Rajoy debe seguir al frente del partido porque es el líder con más recursos y posibilidades de imponerse y ganarles a los socialistas. Por eso tiene que resistir el acoso y derribo a que está sometido y hacer oídos sordos a quienes, desde dentro o desde fuera, quieren imponerle una agenda que sólo a él le corresponde fijar o proponer a los órganos del PP. La receta proviene también de la tauromaquia: Parar, templar y mandar.

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