Opinión

Adolfo Suárez: la segunda muerte de un inmortal

Alejandro Muñoz-Alonso | Domingo 23 de marzo de 2014
Nunca los grandes acontecimientos en la vida de las naciones son obra de un solo hombre porque responden a amplios movimientos colectivos cuyo protagonista es, históricamente, el pueblo en su conjunto. Pero esos movimientos no se producirían si no existiesen unos pocos hombres o mujeres que actúan como catalizadores de todo el proceso. Tal fue el caso de la Transición –uno de los momentos estelares más brillantes y decisivos de nuestra historia contemporánea- que si tuvo en el Rey Juan Carlos el indiscutible “motor del cambio”, con feliz frase acuñada por Areilza, encontró en Adolfo Suárez el ejecutor, valiente y decidido de un proyecto que durante mucho tiempo les pareció a muchos inalcanzable: Transformar el plomo de una dictadura en el deseable oro de un sistema de libertades es una difícil alquimia, un proyecto demasiado ambicioso, que en más de una ocasión, en aquellos años febriles, pudo parecer que se desvanecía. Hubo más nombres, por supuesto, que contribuyeron al éxito final, imposible citarlos a todos, pero quizás merece la excepción Torcuato Fernández-Miranda que combinando su experiencia política con su magisterio constitucional, aportó salidas y enfoques que ayudaron a resolver lo que parecía insoluble. Pero sin la valentía, la audacia y el arrollador entusiasmo de Adolfo Suárez nada hubiera sido posible.

Si la política, en su sentido político más esencial, es el arte de agregar voluntades al servicio de un proyecto ambicioso, la Transición fue una gran obra política por excelencia y Adolfo Suárez fue el gestor que fue capaz de llevarla a cabo. Y lo hizo en un periodo de tiempo excepcionalmente breve, sobre todo si lo contemplamos a la distancia de casi cuarenta años. Se propuso hacer normal en la vida política y en el ordenamiento jurídico lo que en la calle ya era visto y considerado como normal, según frase que se hizo célebre. Su arrolladora simpatía, espontánea y sincera contribuyó, sin duda, a hacerle popular y lo que es más importante, a inspirar en amplios sectores de toda España, la convicción de que con él era posible romper el nudo gordiano que nos ataba a las viejas estructuras.

Conviene recordar que su designación como Presidente del Gobierno por el sistema franquista de la terna del llamado Consejo del Reino, sobre la que el Rey debía elegir, no fue bien vista por los que aspiraban a una democracia moderna y a la europea. Suárez era un hombre del antiguo régimen, secretario general del Movimiento, organismo que hacía las veces de un partido único y fueron muchos los que consideraron que aquel nombramiento era “un enorme error”. Pero en muy pocas semanas Suárez fue capaz de despejar todas las dudas. Aparte de una primera ley de amnistía, que era un paso obligado para la reconciliación de los españoles, necesario punto de partida para una nueva situación, Suárez abordó el problema clave para superar el inmovilismo. Como hombre que venía del pasado sabía que no era posible una ruptura, que podría haber sumido a España en el caos y apostó por la reforma, a partir del principio de “de la ley a la ley”. Había que pasar de un sistema jurídico-político a otro, totalmente distinto y basado en principios diferentes, y la pieza clave fue la Ley para la Reforma Política, auténtico eslabón que enlazaba, sin ruptura, pero también sin condicionamientos sistemas políticos de naturaleza tan distinta. Aprobada tras duros debates por aquellas Cortes Españolas, más habituadas al amén y al aplauso, en contra de la propia opinión de muchos de los que dieron su asentimiento, movidos sin embargo por un innegable patriotismo, con el futuro de España como horizonte y la lealtad al rey como criterio, aquella Ley, aprobada masivamente por referéndum de los españoles el 15 de diciembre de 1976, fue el punto de partida de aquella agresiva operación de ingeniería política que hábilmente pilotó Suárez.

Hombre de excepcionales capacidades telegénicas –procedía de ese medio que había dirigido- sabía inspirar desde la pantalla una confianza absoluta. Seguramente fue el primer gran político mediático de nuestra historia. Comprendió a los españoles no solo por la intuición propia de una avezado político sino porque estudió con más detalle del que se conoce las actitudes y las opiniones de los españoles, nuevos todos ellos en las lides políticas y electorales. Transformó el Instituto de la Opinión Pública en Centro de Investigaciones Sociológicas y los estudios que allí se hacían, bajo la dirección del profesor Díaz Nicolás -en concreto las llamadas “escalas de autoubicación política”- mostraban que los españoles se situaban mayoritariamente en el centro. De ahí su sabia intuición/convicción de que esa idea del centro, que significa, moderación, reforma y rechazo de cualquier salto en el vacío, debía ser la bandera electoral con la que se presentó en 1977, y le llevó a su primer gran triunfo electoral, repetido después en 1979.

Bajo el mandato de Suárez se aprobó la Constitución de 1978, la primera en nuestra historia que no era la imposición de unos sobre otros sino el fruto del consenso de todos, se pusieron en marcha las instituciones y España inició su apertura al mundo con el ingreso en el Consejo de Europa y la solicitud de ingreso en las Comunidades Europeas y en la Alianza Atlántica. Y se adentró en la terra incognita de un sistema autonómico que había que construir desde la nada, con diverso éxito, porque desde el principio fue evidente que en España los líderes autonómicos desconocían la idea –y el compromiso- que supone la lealtad institucional, necesaria en un Estado compuesto como el que se estaba edificando. Pero como dijo en otra frase suya, Suárez reformó el edificio y levantó paredes mientras la luz, la calefacción y los ascensores seguían funcionando.

Suárez dimitió, inesperadamente, en enero de 1981, solo unas semanas antes del que se produjera el frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de aquel año. Una frase enigmática que pronunció en su comparecencia anunciando su dimisión-“no quiero que la democracia sea una breve paréntesis en la historia de España”- explica seguramente las fuertes presiones a las que estaba sometido, en un momento difícil en el que el terrorismo de ETA actuaba casi a diario. Presiones de muy distinto tipo y procedencia, algunas desde dentro de sus propio partido, la UCD, en el que las distintas facciones que lo formaban, demócratas-cristianos y socialdemócratas, sobre todo, no fueron nunca capaces de superar sus diferencias. Muy probablemente porque miraban más a sus intereses inmediatos que al general de un país en situación muy delicada y que estrenaba democracia.

Suárez acabó saliendo del UCD y fundando otro partido, el CDS, basado en la misma idea del centro y quizás ese fue su mayor error, aunque muy posiblemente se quedó sin otras opciones, después de experimentar el desagradecimiento de algunos de los que habían colaborado con él. Cuando yo fui diputado y me encontré con Suárez sentado en un escaño, allá en las alturas del hemiciclo, rodeado de la escasa tropa de sus seguidores, confieso que me sentí incómodo y algo en ese sentido le comenté a él mismo. No era ese el sitio para el Presidente que había hecho posible la democracia española. Suárez fue el primer presidente democrático que ha tenido España porque los del XIX y la Restauración con el voto restringido y sin voto femenino no merecen esa calificación. Aquello era otra cosa. La II República se inició como democrática pero el sectarismo la llevó al caos y a la guerra civil. Con Suárez pudimos los españoles respirar, sin reservas, los aires de la libertad y de la igualdad de todos ante la ley.

La cruel enfermedad que padecía desde hace años, supuso para Suárez una especie de muerte política porque no pudimos saber qué pensaba y qué opinaba de los acontecimientos de nuestro país. Y, seguramente, fue una pérdida prematura e irreparable para nuestro bisoño sistema político. Ahora le ha llegado la muerte biológica, pero lo que ha hecho Adolfo Suárez por España merece que le situemos, con pleno derecho y con un inextinguible agradecimiento de todos los españoles en la escasa nómina de nuestros inmortales.

Y no puedo terminar este artículo sin enviar mi emocionado sentimiento de pesar y dolor a Adolfo Suárez Illana, que fue alumno mío de Derecho Político, en el CEU, en aquellos años en que su padre iniciaba su apasionante aventura política al servicio de la democracia. Recuerdo muy bien nuestras amistosas discusiones y sé que quedó de ellas, tanto por su parte como por la mía, un profundo afecto, que nos hemos manifestado siempre que ha habido ocasión y que yo le reitero ahora, en esta hora en que termina la vida de un hombre cuya obra sigue viva para bien de todos los españoles, por más que nunca falten los profesionales del revisionismo que siempre quieren ponerlo todo patas arriba. Un abrazo, querido Adolfo, y un recuerdo emocionado para tu inolvidable padre.

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