Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 22 de marzo de 2014
Esta semana se ha conmemorado el décimo aniversario de los ataques contra los serbios de Kosovo los días 17 y 18 de marzo de 2004. En aquellos días, unos 50.000 albaneses participaron en ataques generalizados contra los serbios. Murieron ocho serbios –algunas investigaciones los elevan a diez- y unos 4.000 fueron forzados a abandonar sus hogares. Hubo 143 serbios heridos y varias docenas de trabajadores de organizaciones internacionales. 935 casas de serbios fueron arrasadas. Se incendiaron 35 iglesias y edificios religiosos ortodoxos. No se salvaron ni los colegios, ni los centros de salud, ni las oficinas de correos. No era la primera agresión que sufrían los serbios desde el fin de la guerra en 1999. Desde aquel año, más de 160.000 serbios habían abandonado la provincia que –tras los 78 días de bombardeos de la OTAN sobre Serbia y Montenegro- había quedado bajo el control de una fuerza internacional: la KFOR. Ellos deberían haber protegido a los serbios de los albaneses pero no fue así. Desde 1999 en adelante, todo el mundo supo que los nuevos amos de la provincia no querían a los serbios allí. Hubo algunos detenidos pero, en general, la agresión contra los serbios demostró que la comunidad internacional era incapaz de controlar la situación. Ya he escrito sobre esto alguna vez.
La guerra de Georgia de 2008, los acontecimientos de Ucrania, el regreso –o anexión- de Crimea a la Federación Rusa y la inestabilidad en Transnistria son algunas de las consecuencias que produjeron los errores de la comunidad internacional en la cuestión de Kosovo. Dejemos de lado ahora cómo intervino la OTAN y la ausencia de autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Las sucesivas decisiones que se adoptaron tendieron a consolidar el dominio de los albaneses de Kósovo sobre los serbios. So pretexto de llevar la libertad y la democracia, la intervención internacional fue allanando el camino para la creación de un Estado en la provincia serbia que marginaría a los serbios y los reduciría a la categoría de ciudadanos de segunda clase. La destrucción simbólica de la presencia serbia en la provincia –la profanación de cementerios e iglesias, la destrucción de monumentos, la violencia habitual- no comenzaron en 2004 pero encontraron en estos días un punto de inflexión por el número de albaneses que participaron y por la extensión de los ataques. En más de veinte ciudades y pueblos los serbios vieron cómo sus casas, templos y monasterios ardían. La KFOR fue incapaz de impedir la violencia y le llevó dos días contenerla. Hubo que desplazar efectivos extraordinarios y Rusia y Serbia pidieron una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Nadie vio en esto un motivo de alarma ni asumió responsabilidades.
Cuando el Movimiento de Liberación de Kosovo- el siniestro UÇK- comenzó su actividad terrorista en Kosovo y Metohija se los llamó luchadores por la libertad, movimiento separatista o guerrilleros. Ni las acusaciones de crímenes de guerra y tráfico de órganos formuladas contra el UÇK han servido para restar apoyo a sus líderes, que hoy se dedican a la vida política con credenciales democráticas. El antiguo dirigente del UÇK Hashim Thaçi tiene cuenta en Twitter y su perfil de Wikipedia dice que es el Primer Ministro de Kosovo desde 2008. Buena parte de los países del mundo siguen sin reconocer la independencia de la provincia serbia. Entre ellos está España. La autoproclamación de independencia –que tantos celebraron como un triunfo de la libertad- resultó ser la forma más efectiva de bloquear la resolución del conflicto durante años. Así sigue.
Era iluso creer que el precedente de Kósovo no tendría consecuencias. Los mismos que se escandalizan con la decisión de los crimeos celebraron la independencia de la provincia serbia. Ahora cualquiera sabe lo que uno puede esperar de la comunidad internacional cuando se trata de quitar o poner fronteras. El año 2004 generalizó la violencia que desde 1999 – antes durante la actividad terrorista del UÇK- venían sufriendo los serbios. Los incidentes antisemitas, las medidas antirrusas y la exaltación de los líderes nacionalistas y colaboracionistas dieron la señal de alarma a los crimeos, que reaccionaron gracias al apoyo ruso. Por desgracia, poca gente salió en defensa de los serbios cuando se convirtieron en ejemplo de lo que les sucede a las minorías con estos gobiernos que llegan al poder al margen de las instituciones y recurriendo a la violencia.
En este décimo aniversario de los ataques de 2004 contra los serbios, se impone una reflexión. Durante años se ha presionado a Serbia para que reconozca la independencia de su provincia. Kósovo es hoy un territorio fallido que depende de la ayuda internacional en todo. La violencia de 2004 contra los serbios quedó impune y fue reducida a un segundo plano en muchos países de Occidente. A veces parece que es de mal gusto recordar que los serbios tienen víctimas. Algunos creen que para ser aceptada Serbia debe pagar el precio del olvido, de la injusticia y del silencio. Estamos viendo en estos días que sobre el silencio, la injusticia y el olvido es imposible construir nada que dure ni valga la pena. Los albaneses han sufrido pero los serbios también han sufrido y de esto segundo poca gente habla. Sin duda, se debe trabajar por la paz y la reconciliación pero lo que se ha venido haciendo es justamente lo contrario. Europa se fundamenta sobre nociones como la razón, la libertad, la igualdad, la democracia y la dignidad intrínseca de todo ser humano. Con los serbios de Kósovo se violaron todos estos principios y hoy esta columna lo recuerda.