Marcos Marín Amezcua | Domingo 23 de marzo de 2014
La muerte de Adolfo Suárez como el artífice de la democracia española, no ha pasado desapercibida en los medios mexicanos. Desde días atrás se había seguido con atención la evolución de su enfermedad y se ha difundido sobre todo, desde que sus familiares expresaran que se acercaba el infausto final de sus días. Suárez y México escribieron un capítulo trascendente de la transición que se vivió también y en paralelo, en la diplomacia española y que merece tenerse presente, porque revela que Suárez de la mano del rey Juan Carlos I tuvieron ideas claras de rumbo, hacia adentro y hacia fuera de España.
Suárez fue un demócrata en regla que habría de lidiar con tirios y con troyanos y que, agotado políticamente como no podía ser de otra manera ante la empresa efectuada de conducir a España a la democracia, dejó el cargo no sin antes alcanzar a encarrilarla en un viaje sin retorno al pasado. Ese me parece que es su gran mérito. Sorteó todas las tentaciones y al final en el balance, sale airoso.
Suárez fue el jefe de gobierno que impulsó el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre España y México, interrumpidas abruptamente por casi 40 años a raíz del triunfo de Franco, lo que condujo a Lázaro Cárdenas a refugiar a cuantos españoles desearon acogerse a México y que asiló al gobierno republicano en el exilio, opositor a Franco. Cuando la democracia regresó a España en los términos que definieron los propios españoles de todos los bandos, quedó claro que las condiciones habían cambiado y se dio un paso al frente. Reanudar las relaciones con México fue prioritario. La importancia mutua y los nexos históricos relevantes no podían soslayarse por más tiempo y Adolfo Suárez estuvo a la altura.
Con motivo de los 30 años de la reanudación de las relaciones diplomáticas entre España y México (marzo, 2007) publiqué un texto para el entonces Instituto Ortega y Gasset, que con la venia y generosidad de El Imparcial, expongo en sus partes más destacadas para comprender mejor este realce de Adolfo Suárez en lo tocante a la política exterior de la Transición española y su visión al emprender en lo que le correspondía, todo lo posible para que se produjera ese anhelado reencuentro:
“En el rubro de política exterior española, también se produjo una transición, caracterizada por un cambio sustancioso de mentalidad y de intereses a defender por parte de España, que involucró, como un rubro a destacar, una política de acercamiento hacia México.”
“Tras la muerte de Franco en 1975 y el cese de su régimen, España apostó por actualizar su agenda diplomática; acción necesaria para modernizar su propia visión del mundo, tras un aislamiento poco a poco remontado pero siempre profundo, en que estuvo inmersa tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial; aislamiento muy marcado al momento de morir Franco. En ese marco de transformaciones a que se sometió España, se produjo la reanudación de relaciones diplomáticas con México, un gesto de gran significado para ambos países y con una trascendencia formidable en el contexto iberoamericano.”
“Es probable que tal reanudación de relaciones se inscribiera en la revitalización general de ellas, caracterizadas por gestos significativos como el deseo expreso del rey Juan Carlos I por acercarse a Iberoamérica, manifiesto desde su primer viaje a la región (ocurrido en 1976), el primero oficial efectuado por un monarca español a la América hispana desde 1492; y que en particular, el acercamiento con México se trató de un acto que no era ni es poco ni está sujeto sólo a retórica o formulismos, pues no era uno más en una agenda, tal como podría entenderse así en nuestro tiempo o pudiera verlo así quien no sea español o mexicano, pudiendo extrañarse por la insistencia en ese asunto, expresado de manera permanente y alrededor de este trigésimo aniversario, pues la ruptura fue profunda. Esto es importante mencionarlo a quienes nos leen y no son ni mexicanos ni españoles.”
“Asimismo, al otro lado del Atlántico, por la parte mexicana se hallaban la imperiosa necesidad de revitalizar unas relaciones perdidas, el seguimiento a los cambios políticos ocurridos en España desde noviembre de 1975 y la coyuntura favorable del inicio del gobierno del presidente López Portillo, en diciembre de 1976 (proclive en su persona, a lo español), que animaron a ese posible acercamiento, que ofrecían en conjunto la oportunidad de efectuarlo.”
“En su momento, Octavio Paz destacó -con un entusiasta sentido de oportunidad, que la reanudación de relaciones diplomáticas entre España y México, era el esperado reencuentro de dos viejas amigas que mucho tenían que contarse. Y así sucedió. En tres décadas se ha recuperado por mucho el tiempo perdido y no pueden pasar desapercibidas las muy fluidas relaciones entre ambos países. España tiene en México un interlocutor de altura y su principal socio en Iberoamérica. México inscribe a España como primer socio de entrada en la UE. Ambos son pilares complementarios de la Comunidad Iberoamericana.”
“Esa reanudación del ‘77 no se quedaría en el recuerdo o el reproche velados, sino que suponía oportunidades y un futuro amplísimo en la medida en que ambas partes quisieran extenderlo, como afortunadamente ha venido sucediendo. Ambas partes se saben y se reconocen en la otra. Y ese es el triunfo alcanzado en esta reanudación.”
“El gobierno de la segunda República española en el exilio, alojado en México, supo prolongar la ruptura en tanto viviera Franco y contó para ello con los herederos del Cardenismo, dispuestos a ser fieles a la causa republicana española, justamente por serles una herencia discursiva. Es previsible que del lado español, pese a que hubo intentos de acercamiento, no variara mucho la política hacia México, planteada por las élites como venía efectuándose, en tanto se prolongara la dictadura. Ergo, como puede observarse, todos los actores vivían tirando de la misma cuerda y a su modo.”
“No se pudo pasar por alto la memoria del exilio, la relación formada a través de siglos de intercambio y el deseo de sectores diversos en ambas sociedades, al admitir del anacronismo por no mantener relaciones directas entre ambos gobiernos, una vez que cambiaron las condiciones políticas españolas y atemperaron las mexicanas, a mediados de los años setenta.”
“A los mexicanos y españoles de hoy puede parecerles normal que las banderas de ambas naciones ondeen en la embajada situada en las respectivas capitales o encuentren normales, lógicos, cotidianos o necesarios los vuelos directos entre México, D.F. y Madrid. Hace treinta años era imposible. Dos generaciones tuvieron que asumir el hecho de las inexistentes relaciones diplomáticas con una tortuosa ruta obligada triangulándola vía París.(hasta aquí el texto)”
Cuando el rey Juan Carlos I vino a México en 1978 se reunió hasta con los exiliados republicanos, en un afán conciliatorio con todos los españoles. Ha muerto Adolfo Suárez, coparticipe de esa reanudación de las relaciones diplomáticas entre México y España, razón suficiente para que no nos pase desapercibido su deceso y lamentemos que haya sucedido. Es cuanto.
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