José Luis Sanchís | Lunes 24 de marzo de 2014
Con la larga despedida de Adolfo Suárez, los españoles perdemos a un gigante. Adolfo era un líder enorme que hacía que muchos nos viéramos pequeños a su lado. Y al mismo tiempo era un hombre encantador, capaz de convencerte de que eras la única persona del mundo cuando él te hablaba. Si le dabas una opinión, siempre la tenía en cuenta, aunque no siempre le pareciera correcta.
Adolfo llevó a España de regreso a la democracia y yo tuve la suerte de asesorarle en ese apasionante viaje político, tanto en el Gobierno (1977-81) como en una etapa posterior de su carrera política. De aquellos tiempos recuerdo especialmente el día que se grabó el último espacio de televisión previo a las elecciones generales del 1 de marzo de 1979. Todos los sondeos estaban muy ajustados y el PSOE de Felipe González aspiraba a conquistar el poder por primera vez. Ante ese panorama, los asesores de Adolfo le recomendamos por escrito que en esa última intervención televisada evitara referirse al aborto libre, un asunto controvertido en aquella época y que sí figuraba en el programa de los socialistas. Sin embargo, el presidente y candidato ignoró nuestro consejo y decidió convertirlo en el tema clave del cierre de campaña. El resultado es conocido por todos: Adolfo venció de nuevo en las urnas y probablemente arrastró un millón de votos a favor de la UCD por ser prudente con la cuestión del aborto y no adelantarse a los deseos de la sociedad. En definitiva, el primer presidente de la democracia era un gobernante que escuchaba todas las sugerencias, pero que no siempre las aceptaba. Unas veces nos hacía caso; otras, no tanto. Desde luego, no era uno de esos líderes timoratos que no saben qué hacer, sino todo lo contrario. Adolfo era extremadamente crítico y tenía una opinión clara sobre todos y cada uno de los asuntos que consideraba relevantes para los españoles en una etapa crucial de nuestra historia.
Para terminar, una reflexión. Acabo de pasar unos días en Estados Unidos, un país acostumbrado a reconocer la singularidad de algunos de sus líderes. Allí
volé desde el John F. Kennedy de Nueva York hasta el Ronald Reagan de Washington. De regreso a España, y en un momento tan triste, sólo se me ocurre pensar qué gran homenaje sería rebautizar los aeropuertos con el nombre de los grandes políticos que hicieron la Transición. Así podríamos viajar desde el Aeropuerto Internacional Adolfo Suárez en Madrid hasta el Josep Tarradellas en Barcelona. Líderes significativos a los españoles no nos faltan.
José Luis Sanchís es presidente de honor de Torres y Carrera y fue asesor de Adolfo Suárez entre los años 1977 y 1981.
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