José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 12 de mayo de 2008
Hace escasas semanas, una licenciada en una Universidad regimental -existen de uno y otro signo, y siempre privilegiadamente financiadas...- daba en la ocurrencia de afirmar que una recién fallecida personalidad mediática de condición femenina había pertenecido, por las cualidades de su ingenio, más que a blasonados linajes nobiliarios, a la estirpe “de un Sartre o de un Camus”. Desde luego, nada empece, en el terreno del pensamiento filosófico o de la teoría literaria, para aunar prosapia de sangre y estirpe intelectual, bien que el hecho no se ofrezca muy común.
Pero acontecía que el paralelismo distaba gengiskánicamente siquiera de una ligera aproximación a la verdad. Aún con la comprensible exageración de ciertos juicios póstumos y de la proclividad de la literatura fúnebre a la desmesura e inexactitud, el ejemplo mencionado sobrepasaba los anchos límites permitidos de ordinario en la flexible materia. En un ambiente y una sociedad sin resquicio ni margen alguno ya para la sorpresa o el escándalo, el caso citado provocaba, empero, el asombro por la flagrante violación de cualquier regla o principio de responsabilidad intelectual. Coram populo, ante innumerables testigos de la biografía de dicha figura -relevante durante meses en la crónica política de la nación y a lo largo de años en la de “la alta sociedad”- se mistificaba su existencia y se falseaban sus contornos y perfil, con la complaciente aquiescencia pública.
Por descontado, tal es el extremo más llamativo del episodio glosado por afectar a una esfera colectiva de dimensión y trascendencia muy superiores a un simple u ocasional lance de la vida española actual. De continuo, sin pausa de horas ni de días, ésta rezuma por todos sus poros superficialidad y ausencia un mínimo espíritu crítico y de rigor por la veracidad y la precisión. Sin árbitros respetados ni instituciones estimadas en su función y dictamen, el imperio de la frivolidad se impone crecientemente en casi todas las manifestaciones de la comunidad nacional, en particular, en las políticas y culturales, esto es, en las de mayor calado social, de un lado, e ideológico y doctrinal, de otro. Ante los ojos de los propios protagonistas se tergiversan las realidades históricas más comprobables y frente a la indiferencia generalizada se invierten las normas de elementales de una convivencia democrática cimentada en unas bases mínimas de coherencia y cohesión. Ni “el todo vale”, ni el desprecio sistemático a los comportamientos -individuales y colectivos- presididos por la moral evangélica y kantiana -a menudo, idénticos, al menos en su raíz- pueden servir de asiento y pauta a una sociedad sin vocación de suicidio.
Sin reacción por parte del cuerpo social más allá de algunas y espaciadas -y estimulantes- “cartas al director” de ciertos periódicos y revistas, la estolidez se entroniza a cada paso de nuestra andadura como pueblo, la mentira vence por K. O. a la verdad, y la manipulación se enseñorea del pasado y presente. Nada es absolutamente puro en el quehacer de hombres y mujeres y el hibridismo y la mezcla de generosidad y egoísmo constituyen la atmósfera cuotidiana de la vida de cualquier pueblo. Pero sin voluntad agible y constatable de perfección a través de una conducta en todas las áreas públicas y privadas sometida a un código de civismo a ultranza no cabe imaginar, ni con el voluntarismo más radical, un porvenir de auténtico progreso.
Fuera de catastrofismos paralizantes o alhacarientos, es lo cierto que la sociedad española hodierna no permite albergar mucho optimismo a la hora de encarar la situación dibujada por el segundo decenio del siglo XXI, tal vez decisivo -a escala hispana y mundial- en todo su posterior recorrido.
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