Francisco Delgado-Iribarren | Martes 25 de marzo de 2014
La muerte de Adolfo Suárez es una fuente de metáforas. Finalmente murió en domingo, día del Señor, a las 15:03 horas, prácticamente la Hora de la Divina Misericordia. Según las revelaciones que recibió Santa María Faustina en 1937, “en esta Hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión…” A los incrédulos estas palabras les sonarán a chino mandarín, pero Suárez era un hombre de fe que tuvo que soportar su calvario y su cruz.
Dios quiso también que su muerte fuera tomada en serio. En esta época de prisas vertiginosas, de periodismo express, de histerias colectivas, consiguió que la sociedad española estuviese pendiente del estado del presidente durante todo el fin de semana. Como si nos pidiera un poco más de respeto y de solemnidad ante el inevitable y trascendente ritual de la muerte. A diferencia de otras muchas, la de Suárez no debía ser una muerte de tuit y teletipo.
El propio Adolfo Suárez nos regaló una última lección de energía. Su hijo, basándose en los médicos, nos anunció un “horizonte vital” de 48 horas. Y el presidente se tomó 52, como demostrándonos una vez más que siempre se puede ir más allá, que siempre se puede superar uno a sí mismo, así como los límites que trata de imponernos la realidad, que los horizontes están para rebasarlos. Seguramente ese ímpetu le haya permitido ya disfrutar de lo que se encuentra más allá del horizonte de la vida.
La vida de Adolfo Suárez también encierra muchas metáforas de lo que es España. Fue un hombre que disfrutó y sufrió su patria. Vivió el amor y el dolor con intensidad. Recibió el aprecio y el cariño de muchos pero también el desprecio y el odio de muchos. Su carrera completa estuvo trufada de éxitos y de fracasos. Estos últimos le acecharon cuando ya había alcanzado lo más alto. “España es excesiva. ¡O te joden o te suben a los altares!”, escribía Cela, y Suárez lo experimentó más que nadie.
Tenía una meta y se entregó con ilusión y con perseverancia a ella. Quería ser el presidente del Gobierno de España. Así firmaba sus dedicatorias por sus veinte años: “Adolfo Suárez, futuro presidente del Gobierno de España”. En un país por lo general acomplejado y envidioso, la ambición tiende a disimularse o disfrazarse, porque para muchos la ambición es culpable. Él no la ocultó, y eso nos da la pista de que era una ambición sana, la propia de un hombre que es muy consciente de su destino.
Adolfo Suárez trajo la democracia y la sufrió. Fue su primer héroe y su primera gran víctima. Soñó y realizó una España abierta e integradora, en la que no sobrara nadie. Poco después los bárbaros arrasaron a quien les había invitado a la mesa de juego. Es una paradoja más, a la española, que el adalid del consenso acabara linchado por enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido. Aprovecho los días de luto oficial para reivindicar que el linchamiento es uno de los grandes males que hay que extirpar del alma española.
Adolfo Suárez sufrió múltiples tragedias españolas. Aparte del linchamiento: las traiciones, los celos, las envidias, el ninguneo de los “sabios”, la ingratitud y el aislamiento. Primero de cinco hermanos, en su juventud se endureció al tener que compensar las consecuencias de tener un padre disoluto. En la familia que formó después junto con Amparo Illana, fueron las enfermedades las que hicieron estragos. Él fue fiel en la salud y en la enfermedad y siempre trabajó por mejorar la vida de quienes le rodeaban. Entre ellos estamos nosotros, todos los españoles. Su espíritu sigue vivo, pero hay que saber buscarlo. Descanse en paz.
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