Marcos Marín Amezcua | Domingo 30 de marzo de 2014
Celebramos el centenario del nacimiento del poeta y escritor mexicano Octavio Paz, nacido el 31 de marzo de 1914.
México ha declarado al año 2014 como el año de Octavio Paz y diversas instancias han efectuado un homenaje y un reconocimiento por todo lo alto al afamado personaje, involucrando a instituciones del más alto rango, públicas y privadas, que han dedicado su reflexión, su espacio y su vocación cultural a este prestigiado nobel de literatura, galardonado en 1990. En El Imparcial se ha dado cuenta de los actos efectuados en Madrid. La Academia Mexicana de la Lengua se ha sumado a tales festejos en honor al premio Cervantes 1981.
Paz pertenece a la generación nacida durante la Revolución Mexicana (1910-1920), que viviera el despunte nacional en la posguerra del ‘45 y fuera su gran beneficiaria. Paz pertenece a un México que en su madurez, era boyante gracias a tales circunstancias. Pienso si eso lo encapsula, limitándolo, y explica su discurso, posiblemente un tanto alejado de nuestra realidad y más acorde con la suya. No es que sea un delito que así fuera en caso de serlo, solo es una condición. Otros dirán que, por el contrario, Octavio Paz es universal.
A mí en lo personal nunca me sentó bien Octavio Paz. Su voz paciensuda, su afectada actitud (¿de divo insufrible?) no sé… jamás me convenció y discrepé invariablemente de cuantos, puestos de hinojos, se referían a él. Sus ideas –sobre todo cuando pontificaba de política– me parecían de una naturaleza tal, que rara vez las he compartido. No discuto su obra ni su trascendencia y no le resto mérito alguno. Lo mío era algo más personal. Siempre he preferido la lucidez del discurso de Carlos Fuentes, acaso más atractivo y convincente en su hablar que en su escribir, y tal vez más realista y actual,lo cual es cosa quizás inversamente proporcional en el caso del homenajeado Paz, más etéreo, más filosófico. Y naturalmente que puede ser una percepción subjetiva.
Paz, muerto en 1998, siempre fue controvertido y si bien logró consolidar en torno a su persona a un nutrido grupo de intelectuales afines, arropados a la sombra de sus ideas en una proclividad que alcanza lo mismo al mexicano Enrique Krauze que al hispano-peruano Vargas Llosa, también nobel hay que recordarlo, no menos cierto es que estoy convencido de que Paz era mucho Paz, era muy suyo como para encabezar grupo alguno y no dejó ni sucesor ni nada y en cambio, sí quedó en su ausencia una suerte de varias corrientes ideológicas en el panorama intelectual mexicano, que surten a un mismo tiempo de diversidad que se agradece, pero también advierte de dudosos liderazgos exaltados a manera de su hechura, pues considero que no los hay.
Paz resulta polifacético, no obstante que sus defensores dicen que era de convicciones profundas e inamovibles. Empero, un repaso a su trayectoria parece desmentirlo o al menos, no lo muestra de un solo talante. Paz el diplomático, el escritor, el activista de la Guerra Civil española; Paz el titular de la revista Vuelta, el que envió, ya enfermo, un video a inaugurar el primer Congreso de la Lengua Española en Zacatecas y Paz el que ganó el Nobel de Literatura cuando lo precedía Camilo José Cela, galardonado en 1989, cuando se decía que la Fundación Nobel no gustaba de dar un premio seguido, a dos escritores de la misma lengua. Pues Paz lo consiguió y consagró su sitio en la intelectualidad mexicana, ya de por sí garantizado, y obtuvo el realce universal de manera contundente.
En este centenario se ha producido la oportunidad de reflexionar en torno a su persona y su obra. Si en efecto, sus disensos y sus contrapunteos causaban resquemores, no menos cierto es que su trabajo intelectual suele invocarse con mucha frecuencia. No me entusiasma su “Laberinto de la soledad”, pero su narrativa describiendo su estancia en India o sus ideas claras, breves y contundentes no nos dejan indiferentes. Solo recordaré aquella frase de Paz que pronunciara el rey Juan Carlos I al inaugurar la Expo Internacional de Zaragoza en 2008, dedicada al agua: “el agua habla sin cesar y nunca se repite”. Pude verla después in situ, reproducida en uno de los pabellones de aquella muestra montada a la vera del Ebro, cosa por demás plausible.
Y con motivo de este centenario, me avoqué a buscar en la producción de Paz algo que provocara mis sentidos. Hallé un ejemplar, La llama doble, cuya introducción fechó el nobel en mayo de 1993, 5 años antes de fallecer; y del cual entresaqué un par de expresiones que mueven y incitan, azuzando el intelecto y poniéndolo en forma y cuyos pasajes le comparto amigo lector en ambos hemisferios, seguro de que también lo provocarán.
Apuntó Paz: “el sentimiento amoroso es una excepción dentro de esa gran excepción que es el erotismo frente a la sexualidad. Pero es una excepción que aparece en todas las sociedades y en todas las épocas. No hay pueblo o civilización que no posea poemas, cantos, leyendas o cuentos en los que la anécdota o el argumento –el mito, en el sentido original de la palabra– no sea el encuentro de dos personas, su atracción mutua y los trabajos o penalidades que deben afrontar para unirse”. Puntual, puede usted observarlo.
El literato asentó: “en el pasado las prohibiciones mas rigurosas y temidas eran las de las iglesias. Todavía lo siguen siendo, aunque en las sociedades modernas predominantemente seculares, son menos escuchadas. Las iglesias han perdido gran parte de su poder temporal. La ganancia ha sido relativa. El siglo XX ha perfeccionado los odios religiosos al convertirlos en pasiones ideológicas […] una de las conquistas de la modernidad democrática ha sido substraer del Estado a la vida privada, vista como un dominio sagrado de las personas […].” Descriptivo y pertinente ¿no es cierto?
Y caviló: “no soy pesimista ni nostálgico. El periodo que ahora vivimos no ha sido estéril, aunque la producción artística ha sido dañada gravemente por las plagas del mercantilismo, el lucro y la publicidad […] desde 1950 no ha surgido ningún gran movimiento estético o poético […]el último fue el surrealismo[…]”.
Cabe decir que en una exposición sobre surrealismo efectuada en Cd. de México, se incluyó a Paz como exponente de tal movimiento. ¿Será que después de él, a su juicio, no hubo nada? Cosas de los artistas, tal vez. Si algo tiene Paz es que fue un observador de su tiempo. No es una tarea sencilla y menos aún, el reflejarla en el papel. Paz consigue concitar sentimientos diversos y eso siempre lo colocará por encima de los simples mortales al remitirnos a su obra. Ya luego coincidir con todo su pensamiento es otro cantar. Pero después de todo, no todos los días conmemoramos un centenario y hacerlo, merece remarcarlo.
Merece saberse que la biblioteca de la sede del Instituto Cervantes en París lleva por nombre “Octavio Paz”; uno no menos digno para un acervo como el de la otrora llamada “Biblioteca Española” ya previamente existente en la Ciudad Luz. París, faro de Occidente, merece albergar también el nombre de Octavio Paz y eso nos congratula a todos los hablantes del español, sin duda.
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