Opinión

Suárez ha muerto. La transición no

Antonio Domínguez Rey | Lunes 31 de marzo de 2014
Este texto figuraba en una pancarta el día del entierro de Suárez. Apareció en la plaza de Cibeles minutos antes de introducir el féretro en el coche que lo llevaría a la ciudad de Ávila para recibir sepultura. La portaba un hombre mayor, bien vestido, con gabardina azul oscuro, y semblante serio. Se situó como otro asistente, más bien curioso de última hora, a espaldas de la multitud que, de pie en el asfalto de la calle Alcalá, miraba la ceremonia castrense y aplaudía entre la fachada del Banco de España y la rejilla del ministerio del Ejército.

Pocos veían al manifestante. Solo quienes llegábamos en ese momento atraídos por la multitud y obligados a detenernos por estar bloqueada la calle. Finalizado el acto y, al disgregarse la gente, quienes retornaban hacia la Gran Vía, la plaza de Sevilla y la Puerta del Sol si pudieron leer el texto un tanto desconcertados, sin detenerse.

Pura anécdota hasta que una periodista se percató de la situación y aprovechó la instantánea servida de regalo. Soltó el flash y, al poco, se amontonó una nube de colegas disparando al objetivo sin pausa. El hombre, impertérrito, como una estatua. La atención del público se incrementó con el ruido de las cámaras y el texto tuvo entonces más audiencia. Pasaban casi al lado dos periodistas extranjeros, uno alto y otro de mediana estatura, con gabardina probablemente inglesa o americana. Miraron atraídos por el foco de las miradas y sin detenerse. A los tres pasos, retrocedieron súbitos y, en posición de contrapicado, cinco, seis, diez disparos. Sonrieron y continuaron Alcalá arriba. El manifestante se dio la vuelta e hizo lo mismo mezclado con el público que retornaba, el texto de vanguardia en alto.

Ignoro si la pancarta tuvo eco en algunos medios de prensa. Fue como una firma de última hora a la conclusión del acto vivido. Un gesto estudiado, sin duda. Lo sorprendente es comprobar cuánto dura el poso de las ideologías y cómo reviven aunque sea clavadas en un palo. La figura de las letras NS disminuidas, pero transicionales en la línea del texto, seguramente recuerdan también alguna sigla del pasado histórico o de memoria presente. La diferencia de tamaño indica una función sintáctica de igualdad elidida por contracción de lectura. Un acierto expresivo de imagen y vanguardia literaria Y un significado evidente: hay quien no olvida o quien revive por un instante el paso del tiempo.

Unido este gesto a las manifestaciones vandálicas y lemas de convocatoria revolucionaria de estos días se revuelven el poso o las páginas de la historia en muchas conciencias españolas. Un revuelco de años y penurias, muertos incesantes, emigrados sin pausa, como si a esta tierra la atravesaran ondas gravitacionales recurrentes. Un estallido periódico en latencia.

La muerte de Suárez sella también, o debiera, la transición política que se inició con él, al menos para no situar a este país en tránsito permanente. Y resucita además una incógnita no menos soterrada durante este tiempo. ¿Quién mueve realmente los hilos de la política española? ¿La inercia? ¿El jungiano inconsciente colectivo? ¿Un miedo visceral inconfesado? ¿La prudencia histórica, en sí una forma de sabiduría vital? ¿O son las cosas como son, nuestra singular res publica a la española? Aún así, los referentes de estos sujetos serían figuras anónimas del inconsciente citado, que no existe como tal, dice Gustav Jung, sino como posibilidad innata de imágenes primigenias, en nuestro caso tribales. ¿Un posible español a priori o esquema implícito de entraña política nunca actual a gusto de todos los ciudadanos? Sería entraña aún ignota por no descubierta ni vivida íntegramente. Tal vez intuida. Y sin foco común de intuición saturada. Una intención constante de convivencia casi nunca satisfecha. Y si seguimos especulando de tal modo, un drama interno con distintos escenarios de época en época por necesidad intrínseca de algo siempre posible y nunca del todo actuado.

A Suárez lo depusieron de la política como lo habían puesto en ella. La primera vez para conducir el cambio de régimen o tránsito de una larga dictadura a una democracia con monarquía parlamentaria. Y cuando creyó que era él guía y artífice auténtico del cambio político, se despidió del pueblo por televisión con palabras también dramáticas cuyo trasfondo se fue a la tumba sin memoria escrita, que sepamos: "No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España". Era el 29 de enero de 1981, cuatro años y medio después de que el Rey lo nombrara presidente del Gobierno el 3 de julio de 1976. La decisión la había tomado cinco meses antes en O Grove, villa marinera del Atlántico gallego. Los intentos posteriores de reconquistar el poder perdido creando el 29 de julio de 1982 una nueva congregación política, el CDS, fueron anécdota. Los votos no llegaban como las adhesiones primeras con UCD y de presidente.

En realidad, a Suárez lo habían nombrado para algo concreto y con días contados. Fue, como dijo el actual presidente francés, François Hollande, el artesano de la democracia española. No el ingeniero, se entiende, ni el arquitecto. Una diferencia fundamental. Los planos y planes de la democracia los trazaron otros. Una operación de calado hondo y no improvisado. Es éste el fenómeno más significativo de la historia de España tras la Guerra Civil. Y desde entonces, la gestión del poder parece, y a pesar de indudables aciertos políticos, un escenario en el que a los actores los mueve un deus ex maquina imprevisible. Todos los presidentes de Gobierno, incluido el actual, actúan al dictado de circunstancias que no dominan. Se los traga aquel viento tribal de raíces profundas que mueve aguas y causa tormentas sociales. Sean la ambición, el terrorismo, la corrupción, torpeza, secesión, usura, orgullo o envidia cainita, el resultado sigue produciendo inestabilidad permanente con pequeños paréntesis de calma que disimulan un trasfondo convulso.

Cuando la situación estalla, como el 23-F de 1981, o con el atentado criminal contra el pueblo el 11-M de 2004, o con el expolio financiero, a partir de 2009, de la banca, Cajas de Ahorro, incluso antes de partidos, sindicatos, nadie sabe quién es la cabeza malvada del acontecimiento. Los nombres asignados siguen siendo figuras de terracota en un mosaico cuyo autor siempre resulta anónimo. Puros fenómenos sociales o políticos. Los rostros como el del presidente actual de la Generalitat son también estampas de un poder urdido sabe quién en qué cámaras, cancillerías o despachos multinacionales. Y con propósito muy claro: activar de nuevo aquel posible a priori que entraña nuestro inconsciente colectivo.

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