Opinión

La valla de Melilla y la selección natural

Lunes 31 de marzo de 2014
Las vallas siempre han servido para establecer una selección natural. En español, un “saltaparedes” es una persona joven, traviesa y alocada. La Celestina se dirige a Calisto llamándolo “loco, saltaparedes, fantasma…” Muchos hemos sido saltaparedes de jóvenes. Yo aún recuerdo la valla de mi colegio. Era una valla alta, de ladrillo viejo y desgastado, con orificios irregulares entre ellos. Además, tenía una puerta por detrás de hierro fundido, alta, con pinchos cada cierto espacio, pero perfectamente saltable. Uno veía el mundo –fundamentalmente cielo-- desde aquel patio, tras aquella tapia, siempre pensando en saltarla, en pasar al otro lado.

El recreo era un mundo de ruidos, gritos y carreras. Uno podía quedarse en una esquina, y pasarse la media hora cubriéndose y descubriéndose los oídos con los dedos. El resultado era una pieza de música contemporánea, a lo John Cage, mucho más avanzada que el “Mandarín Maravilloso” de Bartok, con el que amenicé noches de mi adolescencia. El efecto musical de taparse y destaparse los oídos en el recreo solo era superado por el del comedor, donde los ecos de las voces se mezclaban y producían una polifonía comparable al gregoriano de Silos. Los recreos y las comidas eran un mundo musical impredecible, atonal, vanguardista y personal, un trance que luego me ha servido mucho en la vida. Siempre he pensado que me habría gustado haber sido congresista, solo para practicarlo mientras el presidente de algo hablaba.

En aquellos años, lo que había detrás de aquella valla era un mundo incierto, impreciso, lleno de otros ruidos: cláxones de coches, ruidos de monedas, pasos de extraños… Y ruidos de mujeres y de niñas, que producían su propio ruido en un colegio cercano solo femenino y del que se rumoreaba que estaba unido al nuestro por pasadizos secretos. Así que, durante el recreo, unos soñábamos con saltar la tapia y escaparnos y otros soñaban con internarse en un túnel y salir bajo las faldas de una mujer desconocida. En el fondo, todo era fantasía reproductiva.

Las puertas de hierro de mi colegio tenían pinchos –como los que segaron la femoral y la vida de un hijo de Romy Schneider en el último París melancólico que ha existido, el de los años ochenta--, pero la valla estaba rematada por unas tejas, y no tenía trozos de cristales incrustados, como la mayoría de las vallas españolas. La gente en aquella época construía una valla y lo primero que hacía era romper varias decenas de botellas y pegar los trozos con cemento como remate de las vallas. De pequeño, yo pensaba en los pobres gatos, a los que veía caminar cuidadosamente entre los dientes de vidrio, y se me pasaba que lo que la sociedad española mostraba con aquellas garras garduñas era su rechazo al saltaparedes y a lo que implicaba: la juventud, la travesura, el comportamiento alocado.

En mi infancia, los niños pasábamos los días en prisiones llamadas colegios, en las que algunos llevaban a cabo conciertos vanguardistas bajo la mirada de serios profesores con bigotes; pero todos los españoles vivían entre vallas almenadas con filos cortantes, que refulgían al sol del mediodía con una sonrisa eternamente desordenada y cruel. Una sonrisa muy necesitada de una buena ortodoncia.

La valla del colegio, los muros acorazados con cuchillos de vidrio verde y marrón, estaban hechos para ser saltados, eso siempre lo supimos. Pero no todos podíamos saltar las vallas. Para intentarlo, había que estar en buena forma. Uno quería salir de aquel patio, escapar de aquel colegio, sin razón aparente. Porque había que hacerlo. Todos sabíamos que las otras vallas, las que nos esperaban fuera, eran más peligrosas, podían cortarnos y segarnos la femoral, pero nos daba igual, eso no impedía que quisiéramos saltar la nuestra.

Lo intentamos varias veces, amagando escaladas por las rendijas de los ladrillos. Practicamos durante horas y días la escalada de pared, sin cuerda ni apoyo desde el suelo. Pero el remate saledizo de tejas nos lo impidió. Lo lógico habría sido desistir, pero en un recreo largo del mediodía, cuatro mediopensionistas, impelidos por un indescriptible impulso interior, nos acercamos a la puerta de hierro colado con pinchos y la atacamos con energía. Avanzamos con rapidez hasta el punto más alto, el que tenía más pinchos. Con cuidado, pasamos una pierna al otro lado y comenzamos el descenso. Todos, salvo uno. No voy a decir obeso, pero el más entrado en carnes, se quedó con el pantalón atravesado por uno de los pinchos. En el patio, bajo la puerta, se habían comenzado a acumular otros niños curiosos que nos jaleaban. Algunos viandantes que paseaban por la calle, también. Así que, ante el peligro de que apareciera algún profesor, tuvimos que continuar nuestro descenso y huir a la carrera, lejos del colegio. Dejamos a nuestro compañero allí clavado en el pincho, gritando e intentado desasirse. Desde aquel día, siempre he comprendido las películas de huidas, “La gran evasión”, “Le trou”…

Hoy, los saltaparedes nos vienen por Ceuta y Melilla. Son jóvenes, traviesos y alocados y forman un equipo de atletismo que, de ficharlos, nos evitarían el bochorno internacional que tenemos que pasar dopando a nuestros atletas de Gerona, Ávila, Granada, Mallorca, La Rioja o Villaverde para rascar alguna medalla. Como en mi época escolar, los saltaparedes sufren una selección natural rigurosa, y solo saltan los que están en mejor forma, los que están dispuestos a arriesgar su vida o parte de ella. En las fotos se ve el músculo. Sin embargo, nuestro mundo rechaza hoy esas formas de selección. No nos gustan ya los cristales rotos en las vallas, ni los pinchos en las puertas, ni las esterilizaciones que, a la chita callando, han estado haciendo los suecos, esos seres tan discretos, con gitanos y miopes. ¿Qué hacer entonces? ¿Debemos crear vallas más bajitas para hombres menos aptos físicamente? ¿Debemos levantar vallitas para mujeres? ¿Y otras aún más bajas para embarazadas y ancianos? Porque la valla, tal y como la tenemos, es un caso de clara discriminación por razón de género, edad y músculo. Parece absurdo, pero quizá convendría convertir la valla en puerta, aunque pidieran carnet, un carnet razonable. Recuerdo que cuando pasamos al pabellón de mayores y se nos comenzó a permitir salir en los recreos, se nos fueron las ganas de saltar paredes. Si no, siempre nos queda lo de taparse y destaparse las orejas en los recreos, para así profundizar en el sinsentido de lo que oímos y decimos.

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