Francisco Delgado-Iribarren | Martes 01 de abril de 2014
Proliferan en España, como hongos venenosos, los mal llamados antisistema. Son los adalides del caos, los agentes de la destrucción, que quieren emular a los cuatro jinetes del Apocalipsis, sólo que no son cuatro, sino cuatro mil. Acuden al son de tambores de guerra para destrozar tu ciudad: la parada donde esperas el autobús, la sucursal en la que trabajas, el Café en el que te reúnes con tus amigos… Y rodean el Congreso como hace cinco siglos los aztecas, ciegos de odio, cercaban el Palacio de Axayácatl donde se refugiaban los españoles en Tenochtitlán.
Está fuera de dudas que su apetito de destrucción no solo alcanza a los cuerpos inorgánicos, ya sean de propiedad pública o privada: terrazas, escaparates, aceras, asfaltos, marquesinas, contenedores, fachadas, coches… Sino también a los cuerpos orgánicos, en particular a todos los agentes que encarnan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. A veces se pretende comparar, de manera falaz, la violencia que ejercen unos sobre otros y otros sobre unos. Esto es una patraña, porque en cualquier Estado de Derecho la policía posee el ius puniendi, el uso exclusivo de la fuerza.
Son catalogados como antisistema, pero se les debería llamar antineuronas. Lo de antisistema les proporciona, a determinados ojos –desde luego no a los míos-, una pátina de legitimidad, un sello de cierta épica ideológica, al erigirse ellos mismos en punta de lanza contra un sistema que consideran perverso y corrupto. El nombre antisistema es una falacia. En realidad no vivimos en un sistema único, sino múltiple: un sistema multisistémico, si me permiten la paradoja. ¿Contra qué sistema van ellos: contra el capitalista o contra el socialista? Pues rasgos de los dos tenemos. ¿Contra el político, contra el económico, contra el legal, contra el constitucional? Seguramente ellos mismos no supieran responder, porque en el fondo van contra todo lo que se mueve.
Así como Ramón Gómez de la Serna catalogó en 1931 los géneros literarios de vanguardia bajo el sufijo Ismos, hoy se podría catalogar a las tribus urbanas bajo el prefijo Antis. Antifascistas, anticapitalistas, antimonárquicos, anticatólicos, antisistema, antipepé, antipesoe, antisocialistas, anticomunistas, antirrepublicanos… Incluso quienes tienen el deber, la responsabilidad y la papeleta de enfrentar a los que salen a quemar la calle usan del mismo prefijo: los antidisturbios.
Utilizar algunos de estos términos es hacer propaganda gratis a los descerebrados. Si ser anti es oponerse, que levante la mano quien no se oponga a los fascistas. La mayoría dirá que no puede oponerse porque no los ve. En efecto, pero nos imaginamos que en el caso de verlos nos opondríamos, como sucedió cuando aparecieron en la librería Blanquerna de Madrid. Todo el Congreso de los Diputados, por unanimidad, condenó el ataque. Con la excusa de ser antifascistas los en el fondo fascistas pegaron una tremenda paliza a varios estudiantes católicos de la Complutense. Y no se pudo consensuar la condena a este brutal ataque en la sede de la soberanía nacional.
Los episodios del 22 de marzo han sido muchísimo más violentos que los de la librería Blanquerna, y tampoco se ha podido reproducir una declaración unánime de condena. ¿Por qué? En primer lugar porque el producto “fascista” no lo compra nadie, mientras que el producto “antifascista” sí. Este segundo producto tiene un sector de mercado muy amplio. Lo de menos es que en España no queden más que tres o cuatro fascistas. Luego es una cuestión de lenguaje. Un segundo motivo es que la izquierda política -sobre todo IU, ERC y Amaiur pero también, en cierto grado, el PSOE- demuestra ser mucho menos democrática que el PP, ya que a este partido nunca le duelen prendas para condenar la violencia extremista.
Los radicales violentos, como no tienen ninguna razón, utilizan el lenguaje para captar adeptos y simpatías. Anticapitalista lo es hasta el Papa, como también es antimarxista, pero eso no significa que haya que salir a la calle a destrozar el trabajo de todos, el que se lleva a cabo día a día y durante muchos años. La alcaldesa Botella ha cifrado los daños de la “fiesta” del 22 de marzo en 600.000 euros, 100 millones de las antiguas pesetas, que recaen sobre los hombros de los sufridos contribuyentes. La única institución contra la que atentan los vándalos es la inteligencia. Por eso propongo que, en adelante, se les llame antineuronas.
TEMAS RELACIONADOS: