José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 04 de abril de 2014
Catalunya no sólo ha sido el taller sino en gran parte también la fábrica de la España contemporánea, al menos en cuanto a su producción intelectual se refiere. Se comprende, pues, el sentimiento de legítimo orgullo poseído por su pueblo en días en que el pesimismo y la desestima gangrenan las fibras más profundas del carácter nacional.
En el terreno indicado, los hechos –elemento clave en cualquier discusión o controversia que aspire honradamente a llegar a alguna meta bien asentada- se ofrecen irrefutables. No han sido únicamente las editoriales e imprentas radicadas en el Principado las más importantes respecto a los libros dados a la luz, sino, aún más primordialmente, las que canalizaron hacia el gran público la mayor y a menudo más alzaprimada contribución al progreso de la ciencia y la cultura a cargo de plumas españolas, en amplia medida pertenecientes, de igual modo, a la antigua marca carolingia.
Pues, en efecto, todos los movimientos y corrientes culturales de la contemporaneidad hispana o bien encontraron en ella a sus autores más importantes o bien nacieron en su solar, sin que de ordinario su impronta mimética de los surgidos ultrapuertos implicase merma sustancial de su creatividad e impulso. Así sucedió en tiempos recientes con el despliegue del pensamiento marxista, cuya nómina de cultivadores fue -¿ y es…?- en tierras catalanas muy superior en número y trascendencia a la del resto del país, incluido natural y -por vía paradójica- sorprendentemente Madrid, muy en rezago, pese a su centralidad política y la densidad de su atmósfera universitaria, de la bibliografía catalana en temática tan destacada para la comprensión de nuestro más reciente pasado.
Sino que por los caminos de la eutrapelia que de forma tan ancha recorren el panorama de la cultura española de los últimos siglos, sería justamente un intelectual venido al mundo en la Villa y Corte, en 1925, el que se significase como uno de los cultivadores más descollantes del pensamiento marxista en la España de Franco e inicios de la de la democracia: Manuel Sacristán Luzón, Licenciado en Derecho y Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona.
No obstante lo escrito –no en demasía hasta la fecha- acerca del papel representado en la propagación del marxismo por la intelectualidad barcelonesa durante el periodo comprendido circa 1955 y 1965, tal vez tendríase que ubicar su auténtico vivero en la Sección de Filosofía de la Facultad de Letras de la Ciudad Condal. Antes de ser descabezada drásticamente por el rector Francisco García Valdecasas al filo de los años setenta, concurrieron en sus estrechos y carcomidos departamentos gentes del más variado pelaje intelectual y político, consideradas más adelante como precursoras de la democracia y garantes supremas de su idiosincrasia y legitimidad. Bajo la mirada entre expectante y temerosa, de los viejos profesores de pedigrí más liberal y la agresiva y encolerizada de los supérstites del franquismo, sacerdotes como el jesuita vallisoletano poco ha mucho fallecido Alfonso Álvarez Bolado, reciclados falangistas a la manera de Manuel Sacristán Luzón (1925-85) o publicistas destinados a ser los iconos indiscutidos de la futura Transición, como, por ejemplo, Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), tomaron a su cargo la escritura del relato de los nuevos tiempos, erigido sobre la implacable crítica de los ya moribundos. Un marxismo todavía no decantado por entero en sus posiciones más dúctiles informó sus tareas divulgativas y especializadas. Con un lenguaje adaptado impecablemente al medio elegido para la difusión del método marxista –divulgativo, profesional, cultivado- y a través de la formidable maquinaria editorial y propagandística puesta a su tentacular alcance en la ciudad de mayor energía creadora y aliento más pujante del país, el por la dictadura anatematizado y caricaturizado marxismo llegó a ser familiar a los sectores más comprometidos con el cambio social y político. Las correas de trasmisión –sindicatos clandestinos (y, a las veces, los mismos oficiales), organizaciones estudiantiles clandestinas, agrupaciones confesionales juveniles- funcionaban a tope y con pleno rendimiento para convertir dicho discurso en el prevalente de la época franquista. Obviamente, su naturaleza circunscribía su elaboración a los límites estrictos de algunos grupos casi esotéricos de dicha Sección de Filosofía, pero el talento y acierto de sus integrantes estribaron, como ya se dijera, en haber explotado al máximo las grandes posibilidades de comunicación brindadas por las circunstancias barcelonesas a su frenética actividad.