Los tres grandes teatros madrileños: Caños del Peral, Príncipe y De la Cruz, todos de propiedad municipal, continuaron su actividad durante todo el período de la guerra (1808 – 1814). Leandro Fernández de Moratín había estrenado “El Barón”, en enero de 1803 y, en ese mismo mes, tres años más tarde su obra más famosa, “El sí de las niñas”, poco antes de retirarse de las letras, a consecuencia de una denuncia anónima ante la Inquisición. No volvería a escribir Moratín hasta 1810, año en que, protegido por el rey José Bonaparte, estrenó “Auto de fe de Logroño”. Al año siguiente el “monarca intruso” le nombró Bibliotecario Mayor de la Biblioteca Real.
Durante la guerra algunos autores menores, casi todos anónimos, estrenaron obras de carácter popular, tanto por su concepción, como por el público al que se dirigía. Entre otros llegaron a los escenarios: Félix Enciso, Francisco Garnier, Agustín Juan, Francisco de Paula Martí, Custodio Teodoro Moreno, Antonio Valladares, Gaspar Zavala… aunque la mayoría de los nombres se perdieron en la memoria. De todos el único del que se reponen obras en la actualidad es Martínez de la Rosa, que estrenó durante la época, “Lo que puede un empleo”, y “La viuda de Padilla”.
Ya se había producido en el mundo del teatro madrileño una conmoción, a finales del siglo XVIII, cuando los teatros comenzaron a depender de una recién creada “Junta de Reforma”. A la sazón, en el escenario del Teatro de la Cruz, actuaba la compañía del actor Luis Navarro y, la de Francisco Ramos, en el Príncipe; teatro este último que sucumbió a un incendio en 1804, siendo reconstruido bajo las órdenes del arquitecto Juan de Villanueva y reinaugurado el 25 de mayo de 1807; la reconstrucción alcanzó la enorme suma de un millón y medio de reales.
Aquellos actores-cabecera de las principales compañías y todos cuantos participaban en los repartos, se negaron a firmar los contratos que les ofrecía la Junta, ya que esta, pretendía elegir las obras y repartir los papeles, sin respetar la opinión de los profesionales. La Junta de Reforma fracasó en su intento de controlar el teatro y a sus gentes y, sin recuperar la gestión de los teatros, se los entregaron al músico-empresario y vividor Melchor Ronzi quien, sin pagar a ninguno de los cómicos ni demás trabajadores de los teatros, en poco menos de un año los llevó a la quiebra…
(Continuará)