Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 07 de abril de 2014
Recientemente se ha estrenado en España la película estadounidense que lleva por título “Emperador”. En ella se glosan los primeros momentos de la ocupación norteamericana de Japón, tras la Segunda Guerra Mundial, y, en particular, los esfuerzos de un oficial aliado por hallar pruebas que exonerasen al emperador Hirohito de su enjuiciamiento como criminal de guerra. Hay que decir que el largometraje resulta desigual (por utilizar términos de nuestra Fiesta). Desde el punto de vista argumental, teniendo el filme momentos indudablemente loables (como el célebre encuentro entre MacArthur y el Emperador) podía habérsele sacado más partido a la trama, pues fueron muchos los aspectos interesantes de lo que sucedió en los días objeto de la narración (por el contrario, se desperdicia metraje en la rememoración de una pasada relación sentimental del protagonista con una nipona que, además de incorporar los más manidos tópicos al uso, poco aporta a la historia contada). Por lo demás, en lo que se refiere al ámbito interpretativo, el filme no está exento de alguna sobreactuación (particularmente del primer actor), si bien destaca sobremanera la excelente (una vez más) interpretación de Tommy Lee Jones dando vida al inimitable general de cinco estrellas.
Pero, al margen de las luces o sombras cinematográficas, lo que seguramente llame más la atención del espectador de nuestros días sea, por una vez, la Historia con mayúsculas. Viajar al Japón de 1945 y contemplar los a primera vista irresolubles problemas a los que se enfrentaba es un ejercicio siempre recomendable para los apasionados de Clío. En este sentido, la película comentada pone de manifiesto la dramática situación en que se hallaba el País del Sol Naciente en los meses finales de 1945 en el que los bombardeos del último período de la guerra habían arrasado la mayoría de ciudades importantes, con Hiroshima y Nagasaki como terribles conejillos de indias de la nueva era nuclear. También revela la compleja gestión de la victoria que hubo de hacer la potencia ganadora, y, especialmente, teniendo en cuenta la evolución posterior del gigante asiático y los logros alcanzados, el mérito de la misma. Con todos los “peros” que se quieran poner (abusos iniciales, censura, planes de desindustrialización…) lo cierto es que históricamente lo conseguido ha merecido con justicia el calificativo de milagro. Baste tener en cuenta que en 1957 Japón ya era el principal socio comercial de Estados Unidos, alzándose con el status de segunda potencia económica mundial en la década de los 60, con tasas de crecimiento inalcanzables para la práctica totalidad de los países del planeta (posición que ha mantenido hasta hoy, disputándose con China en la actualidad el segundo lugar en el referido ranking).
El principal problema al que se enfrentaba el vencedor (como narra la película referida) para poder comenzar a cerrar heridas y avanzar era el destino del principal mandatario japonés. El encarnizamiento del frente del Pacífico (comparado con el teatro europeo) y la resistencia a ultranza de los japoneses hacía que fueran muy intensas las voces que preconizaban el necesario enjuiciamiento de Hirohito como responsable-criminal de guerra, o, cuando menos, su deposición como emperador. Así, una encuesta realizada en junio por la incipiente Gallup reveló que un tercio de los estadounidenses pensaba que Hirohito debía ser ejecutado, y sólo un 7% de la población se mostraba a favor de su continuidad como Tenno una vez que Japón hubiera sido derrotado. De hecho, uno de los principales escollos en una posible rendición de Japón era la no aceptación por parte de la potencia del Eje del cambio de status del 127º descendiente de Amaratsu Omikami (la diosa del sol en el sintoísmo). La Declaración de Postdam (26 de julio de 1945) no contenía mención alguna de este extremo por lo que la cuestión quedaba abierta. Fue el 11 de agosto cuando en la respuesta oficial norteamericana a la rendición incondicional de Japón se mencionaba por primera vez que la autoridad del emperador quedaría bajo la supervisión del Comandante Supremo de las Fuerzas de Ocupación.
A pesar de que en la película se relata, y alguna otra fuente ha señalado, que la suerte de Hirohito no estuvo echada hasta que concluyó la investigación comenzada a finales de agosto sobre su responsabilidad en la guerra, lo cierto es que los principales dirigentes estadounidenses eran muy conscientes de que la actitud de la población nipona ante la ocupación y el reto de la reconstrucción del Japón tenía como conditio sine qua non la magnanimidad vencedora respecto al emperador. Y en este sentido destaca la visión y, por qué no decirlo, la valentía del Presidente Truman. El 10 de agosto (un día después de Nagasaki) tras una reunión del mismo con Stimson (Secretario de Guerra) y Byrnes (Secretario de Estado) en el que este último continuó mostrándose partidario de la línea dura (curiosamente, Exteriores era menos conciliador con el enemigo que Defensa), el Presidente anotó en su diario: “si los japoneses quieren mantener a su emperador, nosotros les diremos cómo mantenerlo”. Esa tarde Truman llamó a Atlee para comunicarle la decisión adoptada, encontrando el respaldo del mandatario británico. Con todo, la dificultad de la decisión presidencial queda de manifiesto en la oposición firme de los dirigentes australianos al recibir la noticia. También demostró altura de miras y gran sentido histórico-político el Comandante Supremo de las fuerzas ocupantes. Aunque determinados aspectos de su trayectoria puedan seguir suscitando crítica y controversia, lo cierto es que MacArthur es una de esas excentricidades “genialoides” con que la Historia nos regala cada cierto tiempo (Churchill sería, salvando las distancias, otra de ellas). Su labor en Japón, no siempre suficientemente reconocida, lo acredita como una de las grandes figuras del siglo XX.
Lógicamente, la “supervivencia política” del emperador llevaba como correlato la acomodación de su papel al propio de la Jefatura del Estado en las formas de gobierno parlamentarias de los sistemas democráticos. Así, la denominada Declaración de Humanidad del Emperador (“Ningen Sengen”), de 1 de enero de 1946, documento único en la Historia, firmado por el propio Hirohito, fue el primer paso del adiós a tiempos pasados. Desde ahí, las actuaciones posteriores supusieron el recorrido de un camino por el que, sin mirar atrás, Japón se introducía en la casa de las modernas naciones democráticas. No obstante, la inicial propuesta de reforma de la Constitución presentado por la Comisión Matsumoto a principios de febrero de 1946 todavía incluía la declaración de que la soberanía residía en el Tenno. Este dato y, en general, los tímidos avances contenidos en el documento nipón, llevaron a MacArthur a organizar una Comisión norteamericana de 20 redactores a los que se dio una semana para elaborar un nuevo proyecto, presentado finalmente por sorpresa a las autoridades japonesas el 13 de febrero. Esa fue la base del texto constitucional aprobado unos meses más tarde por las Cámaras niponas y que entró en vigor en mayo de 1947, en donde se establecía un régimen democrático en el que se proclamaban la soberanía del pueblo, la igualdad de hombres y mujeres, la renuncia a la guerra, etc… En los meses siguientes seguirían reformas importantes en terrenos como el educativo o el industrial que comenzaron a cambiar la tradicional fisonomía de un país en muchos aspectos todavía anclado en el pasado.
No cabe duda de que la ocupación estadounidense hasta 1952 consiguió, por tanto, importantes logros. Su actuación durante esos siete años, no carente de altibajos, supuso una mejora en términos de libertad individual y de estabilidad mundial. Reconocer el mérito de ocupante y ocupado es, pues, una obligación histórica. El primero tenía, obviamente, intereses propios en juego, pero, en todo caso, su visión y magnanimidad con el derrotado no es habitual en la historia de los conflictos bélicos (especialmente del siglo XX). El segundo olvidó las heridas y se dispuso a trabajar codo con codo con el vencedor para conquistar el futuro. El pasado nos ofrece en ocasiones sorpresas como la comentada, cuando todas las apuestas estaban inicialmente en contra. Es de justicia reconocer la grandeza de unos hombres y mujeres que soñaron, en las que probablemente han sido las horas más oscuras de la humanidad, con un mundo mejor que, al menos en parte, ayudaron a construir.