Miércoles 09 de abril de 2014
Tras la secesión unilateral de Crimea, la tensión parece haberse instalado en Ucrania. Ayer mismo, sus autoridades respondían positivamente a la propuesta rusa de iniciar un diálogo sobre la crisis que vive el país a condición de que Rusia cese en sus intentos desestabilizadores. Milicias pro rusas mantiene ocupados varios edificios oficiales en el sureste ucraniano, y Kiev ya ha anunciado que los desalojará por la fuerza si no deponen su actitud.
Se confirman así los temores de quienes advertían que Vladimir Putin no se conformaría sólo con Crimea. De hecho, su discurso desde hace ya tiempo para quien haya querido escucharlo contiene múltiples referencias sobre la añoranza de la extinta URSS. Más allá del sentimiento pro ruso de los habitantes de Crimea, sumamente comprensible, la ingerencia de Putin en Ucrania empieza a ser preocupante. El avispero en que puede convertirse el país generaría una instabilidad en la zona que a nadie beneficiaría.
Por otra parte, el bochornoso espectáculo de diputados nacionalistas ucranianos organizando una pelea en el parlamento nacional revela en qué manos se halla actualmente el país. La oposición a Yanukóvich dista mucho de ser un todo homogéneo, y salta a la vista lo poco recomendables que son algunos de sus integrantes más destacados. Lo peor que le puede pasar a Ucrania no es sólo la ingerencia rusa, sino caer en el radicalismo.
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