Alicia Huerta | Miércoles 09 de abril de 2014
Para los padres de Marta del Castillo - de acuerdo con sus propias declaraciones - el de ayer fue el peor día, después del de la desaparición de su hija. Por fin, estaban convencidos de que la policía había logrado encontrar los restos de Marta. Los investigadores, que llevaban ya varios días peinando la escombrera de Camas, habían hallado huesos que, según se comprobó, pertenecían a una persona. Tenían que ser los de Marta, porque esa escombrera de 1.500 metros cuadrados no era la primera ocasión en la que se tenía en cuenta como probable lugar de enterramiento de la chica asesinada por Miguel Carcaño. El propio asesino la había señalado en alguna de las 8 versiones que, por el momento, ha dado acerca del lugar donde se deshizo del cadáver. Además, las señales del teléfono móvil de Carcaño señalaban la zona y, por último, los datos que arrojó la prueba neurofisiológica Potencial Evocado Cognitivo P300, conocida como prueba de la verdad, realizada recientemente al condenado, eran, según el inspector jefe que se encargó de supervisarla, concluyentes. Por lo visto, Carcaño había reaccionado significativamente cuando le mostraron una imagen de la citada escombrera.
De modo que todo hacía presagiar que la macabra búsqueda había llegado a su fin. Nadie podía pensar que, solo unas horas más tarde, la familia se viera obligada a volver a perder la esperanza. Porque esos huesos eran humanos, sí, pero no correspondían a la joven asesinada. Su antigüedad lo descartaba sin ningún margen para la duda. De esta forma, en vez de cerrarse una historia, se acababa de abrir otra. ¿A quién pertenecen entonces esos huesos que ahora se han desenterrado? Este miércoles, los padres de Marta del Castillo no podían evitar referirse al presunto carácter maldito que parece querer mandar siempre en el caso del asesinato de su hija. Serena y desolada, Eva Casanueva aseguraba que parecía una tremenda broma del destino que se hayan encontrado huesos de otra persona en el lugar donde ya todo parecía indicar que iban a estar los de su hija. Casanueva denunciaba, junto a su marido, la tortura a la que Carcaño les está sometiendo. Desde hace años. Como si no hubiera sido ya bastante con matar a Marta. Y pedía que, al menos, a Carcaño le fueran retirados los privilegios penitenciarios, de los que, en su opinión, se beneficia permaneciendo aislado del resto de reclusos. Aunque a Carcaño se le mantiene alejado de los demás para evitar posibles agresiones contra él y, a la vez, está vigilado de cerca por un recluso de confianza. Porque, también en prisión, Carcaño es un monstruo.
Más rotundo aún. Para la madre de Marta, Miguel Carcaño es la esencia del mal. Ya que, a estas alturas, nadie puede entender que siga jugando con los investigadores, con la familia y, en general, con la sociedad, que no debe dejar caer en el olvido este caso, por muchos años que hayan pasado. Por fortuna, la policía sigue sin ahorrar esfuerzos para dar con los restos de Marta y devolvérsela a sus padres, a sus tíos, sus abuelos y su hermana. Sí, aunque se trate “únicamente” de unos huesos. Podrán enterrarlos, llevar flores a su lápida. Llegar hasta el final, aunque nos parezca que el final fue, en realidad, la muerte de Marta. Sin embargo, no lo es. Ni para su familia, ni para quienes siguen empeñados en no cerrar en falso un cruel asesinato. Porque del análisis de los restos, podrían extraerse pruebas que aclaren, por ejemplo, si el hermano de Carcaño se fue de rositas – como mantiene la familia – porque, entre otras cosas, las grabaciones de la cámara que le podían dejar aquella noche sin coartada resultaron no ser de la calidad exigida en el ámbito judicial.
La suerte, que tantas veces planea caprichosa, sigue sin estar del lado de los padres de Marta. Eva Casanueva y, antes que ella, su marido, Antonio del Castillo, son conscientes de que hasta en la mala suerte, hay que contar con un poco de la buena. Cuando la peor desgracia ya nos ha golpeado y solo queda el consuelo de poder enterrar a una hija. Declaraba, asimismo, la madre de Marta ante los medios que, al menos, gracias a esa búsqueda – que, en todo caso, continúa porque aún queda un tercio de la superficie de la escombrera sin rastrear – alguien habrá encontrado, por fin, a su propio muerto desaparecido. En realidad, la aparición de huesos que no se sabe a quién pertenecen es mucho más frecuente de lo que normalmente podemos llegar a imaginar. A veces aparecen, como en el caso que nos ocupa, en escombreras, vertederos o terrenos abandonados, pero también en edificios céntricos que están siendo, por ejemplo, remodelados. Confiesan algunos constructores que, en esos casos, lo mejor sería volverlos a enterrar sin alertar a las autoridades. Como si nunca se hubieran topado con ellos por azar. Porque la investigación podría paralizar las obras durante muchos años, aquellos que los antropólogos y los investigadores necesiten para descubrir si dichos restos óseos proceden de un antiguo cementerio o si, por el contrario, conducen a la posibilidad de reabrir un caso de desaparición y ponerle el punto final que cualquier familia, no sólo la de Marta, necesita.
También en muchas ocasiones, para que quien lleva años impune por el crimen que cometió se enfrente finalmente a la justicia y pague por lo que hizo. Siempre y cuando, quien dirija la investigación no se deje llevar por las dificultades y tenga la tenacidad del juez Joaquín Zarco, aquel rotundo personaje de ficción creado en 1850 por Pedro Antonio de Alarcón en su indispensable novela El clavo, considerada la primera de género policiaco de nuestra literatura. Entre el Romanticismo y el Realismo, la obra ambientada en la Castilla del siglo XIX narra el empecinamiento de un juez por resolver un crimen, después de hallar una calavera atravesada con un clavo. Sin todos los avances tecnológicos de los que hoy se dispone, Zarco no dejará de indagar en todas las direcciones posibles hasta averiguar a quien pertenece ese cráneo y qué manos se encargaron de clavarlo a muerte. A pesar de que, sin saberlo, la resolución del misterio acarree su propia y terrible desgracia. Otro caso maldito, afortunadamente de ficción, en el que la suerte, la buena, parece estar del lado de los malos.
TEMAS RELACIONADOS: