Opinión

Carlota Basilfinder en Caixaescena

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 11 de abril de 2014
Aunque ninguna entidad bancaria se libra de una esencial rapacidad usuraria y de un gitaneo delicuencial de whitecollar, la Caixa sabe darse publicidad con inversiones muy pertinentes en el mundo de la cultura que tienen su incuestionable interés y resultado positivo. Así, uno de sus departamentos de cultura tiene la función en organizar jornadas de teatro de estudiantes y profesores de secundaria en distintos puntos de la geografía española. ¿Lo seguirá haciendo la Caixa después de la independencia de Cataluña? La Caixa es más que Cataluña. Es posible que la Caixa tenga también objetivos políticos con estas inversiones en cultura, pero su programa cultural es el único que merece por su inteligencia tal nombre en el ladino mundo de las instituciones financieras. Y ahora que los cines son comederos de cerdos con pezuñas bisulcas para recibir y mandar whatsaps, los teatros vuelven a ser una gran oportunidad de entretenimiento para las almas aún no bestializadas.
Pues bien, hace ya más de un mes la Caixa organizó en Almagro unas jornadas de teatro con alumnos de institutos de distintas partes del país. País Valenciano, Madrid, Extremadura, Andalucía y, naturalmente, Castilla-La Mancha. Y con obras de lo más variado, de Lope de Vega, de Alejandro Casona, Alfred Jarry, Aristófanes y nuestro Francisco Nieva. Las Jornadas consisten en que un día antes de las representaciones monitores egresados del prestigioso Instituto de Teatro de Barcelona asesoran a los jóvenes actores a construir mejor sus personajes. Nosotros llevamos la pequeña y desasosegante pieza genial “Carlota Basilfinder”, de Francisco Nieva, y mis jóvenes actores ( Álvaro, Almudena y Elías ) fueron asesorados por una joven actriz catalana llamada Miriam, extremadamente sensible, de comprensión rápida y penetrante comentario. Además no era una chica políticamente correcta, lo que aumentaba mucho su atractivo de delgadez ojizarca. Creo que gracias a alguna de sus indicaciones se mejoró esta obrita desaforadamente cautivadora de Nieva.
Básicamente el argumento de Carlota Basilfinder, una historia septentrional, es el siguiente: Un joven diplomático español que se encuentra en Noruega, Tadeo, con miedo pánico a las mujeres, sufre un agudo flechazo en la ópera que lo deja perdidamente enamorado de una carismática mujer que vuelve misteriosamente a ver en un extraño bar atiborrado de otras funciones, además de servir “ratones manchados”. Casualmente Tadeo está acompañado de un diplomático noruego, Dobin, que curiosamente es primo de Carlota Basilfinder, que es como se llama el objeto de su amor encendido, y éste se la presenta, además de advertirle de forma contundente que Carlota es una mujer que no le interesa para nada, entrañando grandes peligros para él. Y es que Carlota padece necrofilia, en cuanto que vive rodeada de familiares muertos perfectamente embalsamados, a los que cambia de ropa cada temporada, peina y atusa con celo amoroso. Como Carlota también parece amar infinitamente a Tadeo, desea también convertirlo en su marido embalsamado, aumentando así su colección de familiares embalsamados con esta octava unidad. Un idilio con enorme carga amorosa se produce en la casa de Carlota, y cuando ésta está a punto de acabar con la vida de Tadeo, tras hacerle tomar un somnífero disuelto en té, llega el amigo de Tadeo, Dobin, como un ángel, que arranca de una muerte cierta a su amigo Tadeo in extremis. Carlota se queda sola, sin su amor, y entona un monólogo desgarrador que nos sacude el alma.
Además de las ideas críticas que Francisco Nieva expone en esta obrita sobre la familia, su significado y su estructura emocional, la obra es ante todo y por encima de todo pura literatura de amor. Pues tanto las palabras de Carlota como las de Tadeo en su idilio vespertino son sublimes expresiones de amor, cargadas de una belleza poética sublime y que sólo un verdadero artista que haya sentido la experiencia del amor puede escribir. Y ésta es una de las características del amor en todo el teatro de Nieva. Por extrañas, siniestras, morbosas, estrafalarias, funestas, aviesas y extravagantes que sean las circunstancias en donde se produce el sublime milagro del amor, ajeno incluso a las características morales de quienes lo protagonizan y sufren, el amor en Nieva siempre es noble, bello y preclaramente bueno, capaz de infundir a sus pacientes, por marginales y oscuros que sean, una capacidad de expresión maravillosa. Esta situación la vemos como una regla estructural en casi todas las obras de Nieva, y desde luego en todas en las que el amor es un tema capital. Podrán los amantes ser ordinarios, mediocres, siniestros, malvados y hasta asesinos, pero cuando quedan atrapados por el prodigio del amor sus bocas se abren para decirnos las palabras e ideas más dulces y nobles, como si de algún modo estuviesen poseídos o en-tusias-mados por un dios que ataca del mismo modo a todos los hombres. El amor da la facundia de un poeta al ignorante y sindéresis de morigerado al atrevido. Hasta el personaje sádico y refinadamente cruel eleva su nivel diastrático de lenguaje cuando habla de amor ( Carlota y Tadeo, Rafael y Martina, Ciclón y Tirita, Leopoldis y Rubián, etc., etc.. ) Y aquello que es capaz de ennoblecer nuestro lenguaje tiene que acabar ennobleciéndonos a nosotros mismos. Es así que el amor en Nieva se presenta siempre como un tesoro sublime y siempre inmaculado independientemente de quién lo padece. Y el amor es un elemento fundamental en la mayor parte de sus obras, hasta de las más incómodas e irritantes. En este sentido estricto Nieva es un escritor romántico. Y a veces el amor que nos presenta es tan humano, tam humano que llega a ser monstruoso.
Un panerotismo recorre toda la obra de Francisco Nieva, y en ese sentido es claro deudor de la Hypnerotomachia Poliphili, del perdulario monje y tocayo suyo Francesco Colonna. Con razón dice Nieva que Italia es su verdadera patria espiritual.
El teatro del cismundo en Nieva es una feliz novedaqd que traspasa el orden de lo establecido, y desnuda todo fariseísmo.

Si en el proceso dramático el protagonista acaba siendo muy diferente de lo que demostró ser en un principio, el espectador de sus obras sale pensando en lo atípico y enigmático de lo que ha visto: Un cambio de valores, un mundo delirante y visionario. Eso es: Lo nunca visto en el teatro que se hace comúnmente, lo establecido como negocio por la farándula mediocre, progre y guay en general.

El teatro nievano quema contenedores de basura burguesa y bienpensante, se adentra en las sombras del Cosmos amenazante e inescrutable, se enfrenta a la duda de que todo sea lo uno y lo mismo.

El teatro nievano no es ejemplar, sino dañino para el orden mundano, es cismundano, hondamente revolucionario, que, al final, busca la luz que iluminó a Sidharta y a Sócrates. Hay que pasar por este estado de katharsis, que trata de suscitar una obra de Nieva, sorpresa y desconcierto, un cambio de clima. Desde el principio se implanta un clima diferente, que quiere pasar por verosímil y cotidiano, lo cual da mucho pie para el chiste y la irracionalista poesía. En suma, esto es surrealismo, postismo, y quizás también posmodernismo, y, sobre todo, nievismo.

En el terreno de los valores aceptados, un cambio telúrico nos amenaza. Y Nieva refleja su posibilidad en el teatro. Nieva escribe siempre degustando el cosquilleo del suspense y del miedo. Sobre todo, cuando plantea un personaje cismundano y su entorno social, cómica o trágicamente confundido. Esa misma confusión -ética y estética- se la trasmite catárticamente al espectador en un esforzado proceso de captación. Y así, el personaje cismundano es una fuente de sorpresas escénicas, encarnando esa turbadora ambigüedad. La moral al uso se siente cuestionada y contrariada. Allá cada cual con su interpretación. Solo tenemos confirmado en una obra de Nieva que el público aplaude al final y que ha conseguido su propósito más querido: Diversión y estupor.

Magnífica resultó, en fin, la representación de esta pequeña pieza de Nieva, que es “Carlota Basilfinder”, muy aplaudida por los asistentes. Y gratamente perturbados quedamos cuando pagó una ronda de cafés con leche una de las dos azafatas catalanas ( Celia y Carol ) que organizaron el encuentro. Ya hemos dicho muchas veces que los caracteres nacionales también responden a convenciones teatrales de las viejas retóricas renacentistas y dieciochescas. Lo malo es que confundamos la vida con el teatro. Lo malo es que España pueda dejar de ser catalana.