Alfonso Cuenca Miranda | Jueves 17 de abril de 2014
?Hace escasas fechas se ha cumplido un año desde la proclamación de Jorge Mario Bergoglio como Papa de la Iglesia Católica. Probablemente, nunca antes como en los doce meses transcurridos ha existido tanta expectación e interés por los actos y manifestaciones de un Sumo Pontífice (como matización de lo afirmado, cabe recordar que los canales de noticias 24 horas son un fenómeno relativamente reciente). Asimismo, de existir datos fiables, habría que concluir que los ratios de popularidad del Obispo de Roma y de la organización que dirige se encuentran en máximos históricos.
?Y en ello ha sido capital la personalidad del nuevo Papa y su programa de actuación. Desde el primer momento, su opción ha sido la de acercar el mensaje. Un acercamiento centrado, no tanto en el fondo (pues no podría ser de otra forma, a pesar de lo que señalan algunos análisis precipitados), como en la forma, en la estética de la transmisión del magisterio desde la Cátedra de San Pedro. Es ésta una opción muy consciente, premeditada, consecuencia más de un programa que del propio carácter de Francisco, como demuestra el hecho de que los rasgos de timidez y austeridad, compartidos con su predecesor, no han supuesto en el aspecto comentado una actuación coincidente entre los dos Papas. Precisamente, nos encontramos ante una de las claves del nuevo Pontificado: la adaptación de la forma del mensaje a los nuevos canales. En relación con lo señalado, desde determinados sectores minoritarios se ha criticado que la manera de comunicar el mensaje es demasiado próxima o, expresado de otra forma, excesivamente acomodaticia a las circunstancias del “Mundo” actual; en línea con lo señalado, dichas voces lamentan que la política de Francisco sea esencialmente “gestual”. Frente a ello, debe tenerse en cuenta que el Pontífice no hace sino adaptar universalmente, con el privilegiado megáfono que es Roma, los principios de inculturación tan preciados para la Compañía de Jesús. Se trataría, pues, de una suerte de nueva evangelización, dirigida a la sociedad globalizada de los albores del siglo XXI.
Aconsejaba San Ignacio a sus misioneros que se volvieran como los nativos y participaran en la vida y tradiciones indígenas, abandonando todo signo de prepotencia y superioridad cultural, y así, casi inadvertidamente, la palabra de Cristo habría entrado en ellos. En una época en la que lo visual y la inmediatez parecen ser el único camino posible para la transmisión de ideas, el Papa ha optado por no dar la espalda a esa posibilidad. Si un gesto, unas declaraciones pueden aumentar los “peces recogidos” en esa jornada habrá valido la pena.
?Y todo ello, sin que lo afirmado suponga menoscabo alguno del contenido. El magisterio de la Iglesia, el catecismo y los Dogmas son los que son. En este sentido, a pesar de lo afirmado –interesadamente- desde algunas tribunas, Francisco no ha venido a revolucionar el contenido del mensaje católico. Como demuestran sus dos Encíclicas, se inscribe plenamente en él. La continuidad, con las evidentes adaptaciones consecuencia del signo de los tiempos y de la personalidad de sus dirigentes, ha sido y es un factor de primer orden a la hora de explicar el éxito multisecular de la organización eclesiástica. Es más, en contraste con determinados análisis que centran su atención en destacar una pretendida ruptura y contraste entre el Pontificado de Benedicto XVI y de Francisco I, el propio Vicario argentino no ha cesado de loar la figura de su predecesor, declarándose seguidor de la senda iniciada por aquél.
?Se ha podido afirmar que la Iglesia sabiamente selecciona al Papa adecuado para cada tiempo. Así, por citar los más recientes (permitiéndonos, bien es verdad, la simplificación a efectos expositivos) se habría escogido en Wojtyla a un Papa “político”, el necesario para dar aliento a los millones de católicos desesperanzados del otro lado del Telón de Acero, en un contexto que en muchos aspectos, no lo olvidemos, podría recordar al de los primeros cristianos. Caído el comunismo, la Iglesia debía mirar hacia sí misma, recentrar su atención en sus señas de identidad, en el contenido del Mensaje. De este modo, se elige a Ratzinger, una de las figuras intelectuales más importantes de los últimos 50 años, quien pondría el foco en la doctrina, recuperando las enseñanzas de los Santos Padres, en un intento de transmitir al mundo qué es ser católico.
Finalmente, revisitado el Mensaje (que no redefinido), el Cónclave designa a Bergoglio, un Papa “venido del otro lado del mundo”, con el fin de difundir aquél por todos los rincones, poniendo el acento en la comunidad cristiana de los primeros tiempos (la sucesión Polonia-Alemania-Argentina, es buena ilustradora de lo aquí expresado). Un Papa parroquial, evangelizador ante todo. Abundando en la sabiduría ínsita en esta catena papal, se ha podido señalar incluso que la propia designación de Bergoglio por el colegio cardenalicio habría sido preparada por Benedicto XVI, consciente de que su antiguo rival en el cónclave de 2005 era la persona requerida para llevar la nave de la Iglesia tras unos tiempos ciertamente tormentosos.
Precisamente, es Benedicto quien, con el gesto sobrecogedor de su renuncia, inaugura la nueva era.Constituye una estampa única, inimaginable en otros ámbitos de poder (y contraria a las “apuestas” que algunos hacían hace un año), la sencillez y cordialidad de los encuentros que se han producido entre Joseph y Jorge. En una época en la que todo o casi todo se analiza en términos de conflicto o crisis, la escena referida simboliza la proverbial “serenitas ecclesiae”. La Maestra universal vuelve a ofrecernos una nueva lección.
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