Opinión

De procesiones, reyes y constituciones españolas

Viernes 18 de abril de 2014
El domingo de ramos iba conduciendo rumbo al sur de la península, cuando a la altura de una sierra, el cielo del atardecer mostró unas nubes con una forma particular:formaban una gigante hoja de palmera blanca contra el cielo azul y rosa. Iba solo en el coche, en la carretera no había casi nadie, y salí de mi sopor para darme cuenta de que el cielo, aquel domingo de ramos de 2014, me regalaba con una palma gigante, a modo de milagro metereológico, a modo de recordatorio.

La semana santa es un tiempo mágico. Enraizada en el equinoccio de primavera, marca el crecimiento de los días. A partir de ella, las horas de luz de un día comienzan a ser más que las de oscuridad, las plantas a renacer, las flores a brotar… La crisis del invierno, la que marcó el solsticio y el renacer tímido del sol, se resuelve, y volvemos a ser seres de luz, espejos de un astro rey que nos fortalece hasta los huesos.

Es interesante cómo cada pueblo ha dado significación a estos hechos celestes. Mediante recursos intelectuales y afectivos: astrología, religión, historia, mito, ciencia… Los católicos dieron forma a este hecho del calendario con el nacimiento de Jesucristo, ese niño sol cuya llegada llenó de luz un humilde pesebre al que fueron pastores y reyes a adorar. Y luego con su muerte y renacimiento, que presenció todo un pueblo de pastores, pero en la que los tres reyes magos hicieron mutis por el foro. Y uno se puede preguntar, ¿qué hicieron esos tres reyes magos el día de la muerte de Cristo? ¿Por qué no estaban presentes?

En el año 1978, nació una nueva España. Su orto siguió a un solsticio que culminó un largo invierno de cuarenta años, durante el cual las ciudades y el alma de los españoles se tiñeron de gris. Pero llegó ese solsticio, y la niña España nació en un modesto pesebre. En su nacimiento, en vez de vaca y burro, hubo constitución e indulto general político, y vinieron reyes de países lejanos y pastores locales para celebrar aquella niña de cara redonda y cabellos rubios. Luego la niña creció, y del equinoccio comenzó a acercarse al solsticio, del invierno a la primavera. Es un pequeño paso, tan solo de otros cuarenta años, pero del todo natural. El único problema es que esa niña comenzó a presentar algunas malas tendencias. Era guapa, sonriente y salerosa, en público, pero cuando nadie la veía torcía el gesto, quizá fruto de heredados complejos. Pero lo peor es que se acostumbró a sisar, a mentir, a presentar a los demás una cara que no se correspondía con su interior. En solo una temporada dilapidó los regalos de aquellos reyes magos venidos de lejos. No quería ni trabajar ni hacer caso a nadie; tan solo vestir su traje de lunares amarillos sobre fondo rojo y fumar y beber sin parar. Y ahí llegamos a la situación actual.

Los distintos gobiernos, han ido formando a esa niña que nació tras el otoño del patriarca, y disfrutó de unas edades alegres, casi tanto como las de Lulú, pero luego enfermó del alma. ¿Debe morir para renacer? Es posible que de la misma forma que los católicos españoles representan la muerte y resurrección de Cristo, España, la niña ahora mujer oscura, necesite una simbolización. ¿Y qué mejor que varias procesiones? El gobierno actual, muy dado a la sensibilidad cosmogónica, así lo consideró. Y antes de que los pasos desfilen por Sevilla, antes de que las saetas vuelen por Triana, antes de que los Salzillos lloren agua salada, los pastores españoles, esos que llevamos corderos, pepinos, y alguna pata de jamón serrano al pesebre en el que nació la niña España, hemos podido contemplar el sufrimiento vicario de la niña que tiene que renacer. En forma de dos procesiones políticas.

La primera procesión política ha consistido en el viaje de Rajoy a ver a Obama. Rajoy ha salido como un penitente en busca de la redención. O, mejor dicho, como el embajador de un rey empobrecido en visita oficial a Baltasar (el rey negro), para pedirle algo para el renacimiento de la niña. Uno se puede imaginar la conversación: “Baltasar, si viniste a su nacimiento con la mirra, ¿por qué no te acercas también ahora en el momento de su muerte y pasión, y te traes algo para que resucite mejor?”. Baltasar ha recibido a Melchor como quien recibe al enviado de un antiguo amigo empobrecido: con cierto cariño lejano, con una cortesía en el fondo gélida.

La segunda procesión ha consistido en el propio rey Melchor, el de la barba blanca. Melchor, el antiguo rey del sol, padre de la niña, hijo del otoño, pero renqueante y capidisminuido, ha volado a saltos hasta el reino de Gaspar, el rey del medio oriente, el jeque del petróleo, para pedirle ayuda para la pasión de la niña. “La niña no está tan mal”, le ha dicho Melchor a Gaspar, “solo algo enfermita. Pero se está recuperando, y tu incienso le hará bien”. Gaspar ha recibido a Melchor con respeto, con el exceso de respeto que provoca la piedad por la desgracia ajena. Ha comprendido que Melchor tiene su pasión propia, su muerte cercana, su resurrección comprometida. Que su figura, como la de Bradomín, es una metáfora de todas las vidas. El gobierno, mientras tanto, ha cantado saetas a la figura de la pasión, a su rey con bastón, con la esperanza de que el dolor y el sacrificio vicario nos arreglen a la niña.

El coche se adentraba en la noche del sur, bajo un cielo azul y morado, rosa y naranja. Las nubes blancas que pintaban una rama gigante de palma comenzaban a desvanecerse. Era domingo de ramos, y la política y la religión se mezclaban entre saetas, gritos de hinchas futboleros y ritmo de pasos de nazarenos. Por mi cerebro, una niña con cabello de oro, maleada, paseaba su pasión fumando sin parar, hablando a la nada, encolerizada con los cielos. De fondo, los ecos de dos procesiones; políticas, pero procesiones.

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