Opinión

Ucrania, un acuerdo con grietas

Sábado 19 de abril de 2014
No hay que desdeñar el acuerdo alcanzado entre Ucrania y Rusia, a instancias de la Unión Europea (UE) y Estados Unidos, para encontrar una solución diplomática a la gravísima crisis que atraviesa el país, desde que Rusia se anexionase Crimea, y que lo ha situado al borde de la guerra civil. El hecho de que Moscú y Kiev, en medio de la crisis, se hayan sentado juntos a una mesa de negociación parece abrir una vía de entendimiento. Las dos partes se han comprometido a acabar con la violencia y han llegado a resoluciones que van más allá de lo que en principio se esperaba de la larga y tensa reunión mantenida en Ginebra.

Por este pacto, el Kremlin tiene la obligación de desarmar a las milicias prorrusas en el este de Ucrania, y el Gobierno ucraniano acepta elaborar una nueva Constitución que dé cabida a una organización federal de la nación y reconozca la singularidad de la comunidad rusa en Ucrania. El ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, y su homólogo ucraniano, Andrei Deshchytsia, han asumido que los observadores internacionales, a través de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), tengan una activa participación que garantice el cumplimiento lo antes posible de los acuerdos.

Pero, pese al avance en una situación tan catastrófica, no pueden ni deben echarse las campanas al vuelo. Sería ingenuo pensar que Putin, con su enquistado espíritu zarista y sus añoranzas imperiales, esté dispuesto a renunciar a lo que cree que tiene legítimo derecho. Es evidente que el mandatario ruso sigue una estrategia, que comenzó por la anexión de Crimea y pasa por la absoluta desestabilización de Ucrania, que tiene su fin último en reintegrar al país al Estado ruso, pues Putin nunca ha dejado de considerarlo parte de su territorio. Muy significativo resulta que Putin siga aún guardándose el as en la manga de usar la fuerza en, según manifiesta de manera torticera, defensa de los rusos y de sus intereses en Ucrania, y se reserve la posibilidad de intervenir. Igualmente, no parece que haya corrido para exigir al prorruso Denis Pushillin, jefe de la autoproclamada “República Popular de Donestsk”, al este de Ucrania, que respete los acuerdos de Ginebra, después de que Pushillin se haya apresurado a declarar que no los cumplirán. El desafío de Putin en absoluto ha terminado. Cuando menos, a la OSCE le queda mucho trabajo por delante.

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