Antonio Hualde | Miércoles 23 de abril de 2014
En pleno barrio de Montmartre, en París, hay una curiosa estatua. Representa al “Chevalier de la Barre”, un tipo algo mordaz que solía componer versos satíricos. Tenía fama de sinvergüenza e irrespetuoso, pero fue esto último lo que le costó la vida. Rehusó descubrirse al paso de una procesión, cosa ésta muy mal vista en la Francia de 1766. Fue detenido y torturado para averiguar cuántas letrillas satíricas había escrito y en cuántas procesiones había tenido un comportamiento “inadecuado”; como colofón, el tribunal ordenó que le cortasen la lengua, una mano -con la que escribía- y que quemasen su cuerpo a fuego lento.
El caballero en cuestión contaba con 19 años cuando lo ejecutaron; una edad demasiado temprana para morir. Y más aún del modo que lo hizo. Quizá por ello, tres décadas después algunos revolucionarios ordenaron erigir una estatua en su honor, y situarla junto a la iglesia del Sagrado Corazón, coincidiendo con el recorrido de la procesión que selló su destino. Por supuesto, monsieur de la Barre luce orgulloso su sombrero, y no tiene pinta de que vaya a descubrirse.
Esta es una de las historias que alguien que iba a París le contó a Toni. A él le habría encantado ir, pero ya no podía. Toni tenía SIDA, y consumía sus últimos días postrado en una silla de ruedas. Le dolía todo, casi más el alma que el cuerpo, y lo único que quería era descansar. Sin embargo,aún conservaba destellos de lo que un día fue, un tipo vital y optimista que quiso disfrutar la vida a todo tren, y que acabó por descarrilar.
Toni ya no era irrespetuoso. Lo fue, al igual que otras cosas de las que no se sentía especialmente orgulloso -más bien todo lo contrario-. Ahora, en cambio, se había convertido en una persona afectuosa y sensible, dedicada -como a él mismo le gustaba decir- en reconciliarse con Dios, y en vivir la vida de sus pcos allegados como propia. Tal vez por eso, cuando alguien le hizo partícipe de un viaje sorpresa a París por una chica, Toni se convirtió en el cómplice perfecto. Le habría encantado llevarla a cenar a Maxim´s, pasear con ella de noche por la Plaza Vendôme y hacerle alguna pregunta antes de entrar a Notre Dame, pero no pudo ser. Toni no tenía ni salud ni chica; sólo ilusión prestada.
Cuando le hablé del cementerio Père-Lachaise, el más visitado del mundo, se le abrieron mucho los ojos. Casi 3 millones de personas pasan por allí anualmente, para ver las más de 70.000 tumbas que acoge, entre las que destacan las de celebridades como Cyrano de Bergerac, Molière u Oscar Wilde. También Rossini, Chopin, María Callas o Jim Morrison dan lustre al lugar. Decía que le gustaría haberlos conocido, igual que a Madre Teresa. Y fue precisamente en una casa de las Misioneras de la Caridad donde Toni murió hace unos días. Sólo dos personas de su vida anterior fueron a su entierro. El resto se había ido quedando por el camino; el VIH no suele ser buen compañero de viaje. La soledad nunca es buena, y menos aún al final. Hoy mucha gente muere sola, sin nadie a su alrededor. No fue el caso de Toni, aunque casi. Por eso es importante atarse bien a la gente que queremos. Mi amigo Toni me lo recordó cada vez que me miraba.
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