Opinión

Felipe González y el "sincorbatismo"

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 25 de abril de 2014
En su vida profesional ha escrito el cronista mucho y elogioso de su coetáneo y coterráneo Felipe González. Alberga incluso la esperanza de que, cuando la severa e insobornable Clío inicie su trabajo sobre los orígenes de la reciente democracia española, algunas de dichas páginas no sean del todo desdeñadas por los historiadores comprometidos de fond en comble con su noble y difícil oficio. F. González no fue, como dibujaron una época sus bombásticos analistas, un Hércules de la política nacional. Ninguna hazaña ciclópea le asediaba con su inaplazable cita –los gobiernos centristas de A. Suárez y L. Calvo Sotelo habían asentado ya los pilares básicos de la democracia en el otoño de 1982-, ni tampoco debió enfrascarse en la limpieza de ningún establo de Augías, de todo punto ausente de la herencia dejada por los escrupulosos administradores de las finanzas españolas en los días climatéricos de la UCD, y más cuando ya las mismas de un PSOE subvencionado caño abierto por la generosa y acaudalada socialdemocracia alemana comenzaban a resentirse de una gestión cuando menos obscura que el flamante líder no supo o no quiso poner en orden en el arranque de su espectacular quindecenio gobernante.

Ello, sin embargo, no fue obstáculo para que el mandato felipista figure –y muy probablemente figurará de manera definitiva- en los anales de nuestra reciente historia con notas muy resaltadas de éxito y bienandanza. Excelente presidente y carismático líder en las parcelas más sobresalientes del arte de gobernar, tan halagüeño perfil se empaña sobremanera en el instante de enjuiciarle en su condición actual de expresidente. Las consideraciones del cronista no discurrirán aquí por el terreno del análisis político y menos aún por el del historiográfico, demasiados esquivos para su modesta pluma y esquivamente a tono con la cualidad volandera de las presentes líneas. Por el contrario, se detendrán en un aspecto para él muy relevante, pese a su ligera índole: el agresivo sincorbatismo del gobernante que rigiese el país entre 1982-96, record nunca alcanzado por ningún presidente de gobierno de la España contemporánea, sin soluciones de continuidad ni cesuras por breves que fuesen.

En efecto: fue dejar La Moncloa y un furioso sincorbatismo se apoderó subitáneamente de la vestimenta del político sevillano. Tal rasgo de su atuendo se exhibiría incluso en las reuniones y cumbres de los dirigentes mundiales, acezantes siempre por contar con su presencia y consejo en las cuestiones y problemas en ellas dirimidos. Nada habría que objetar –o muy poco…- si tal hubiese sido su look en su quindecenio al frente de los destinos nacionales y la consecuencia, por tanto, hubiere presidido el comportamiento del descollante prócer socialista en un escenario de obvio y alto valor simbólico, que va mucho más allá del aspecto exterior. Tener apego a la diferencia, preservar los valores propios e íntimos no guardan relación alguna con la supresión de la corbata como distintivo de los hábitos burgueses. Y, en todo caso, desdeñarlos por convicción profunda implicaría, desde luego, adoptar una conducta invariable, fuera de convenciones y al margen de coyunturas y situaciones. Quiera o no, el muy activo expresidente socialista continúa –sobre todo, en ciertos foros, de ordinario encumbrados, por los demás- representado al pueblo español, y cualquier originalidad indumentaria tendría, quizá, que reservarla a facetas acaso de mayor relevancia, como, v.gr., supresión de escoltas, rebaja de su legítima y cuantiosa pensión y otras más personales tal vez y, por supuesto, recatadas. Una sociedad tan viciada en su capacidad creativa por el mimetismo como se descubre la española hodierna ganaría mucho en su vitalidad y densidad moral con trayectorias ejemplares en consecuencia y rigor. Ya el viejo Tácito decía –y la Historia jamás lo desmentiría- que los pueblos se gangrenaban con las dolencias de sus guías…