RESEÑA
Domingo 27 de abril de 2014
Mario Cuenca Sandoval: Los hemisferios. Seix Barral. Barcelona, 2014. 544 páginas. 20,50 €. Libro electrónico: 14,99 €
Una mujer sin ombligo. Semejante detalle anatómico, no carente de simbología: la primera mujer, la mujer no nacida de otra, el arquetipo de mujer, vaya, es la pista concadenante que Gabriel descubre para cruzar el espejo de la realidad. Durante un lejano verano iniciático, él y su amigo Hubert tuvieron un accidente de automóvil en el que una mujer muere. Aquella tragedia les unirá ya de por vida. La búsqueda de tal mujer, ya en otras mujeres, se convierte en adicta obsesión a partir de la cual observar una nueva, o vieja, acaso siempre la misma, tragedia para redimir otra más antigua y dramática que es la propia vida. Tal es el argumento de las dos historias ofrecidas en esta novela. El presente libro de Mario Cuenca Sandoval queda estructurado en dos partes paralelas, en más de un modo especulativas y de similar extensión: “La novela de Gabriel” y “La novela de María Levi”. Cada uno de los relatos se divide a su vez en 90 grados (como denomina con picardía el escritor a los breves capítulos) descendentes y ascendentes respectivamente, lo cual permite al lector tener una visión amplia: el clásico giro de 180 grados.
Esa búsqueda sin desmayo por parte de los distintos personajes, incluso la propia mujer fatal escudriña con terquedad el filo de sus adicciones, enmascara en espiral el modo de acomodar una experiencia trágica. Los personajes coquetean así con el suicidio y el doble, en definitiva, la reflexión oscura sobre la propia identidad: “Es cierto que moldeamos nuestra memoria, que le damos forma a los materiales almacenados y que el recuerdo a fin de cuentas no es más que una obra de arte sujeta a una reelaboración continua”. Ni siquiera el escenario de París, en estas páginas siempre mencionado como Panam, posee visos de ciudad “de tan representada, de tan gastada, sino un relato”.
La novela desea situar su ambiente entre ese mundo nebuloso de Vértigo de A. Hitchcock y el delirio de Ordet de Dreyer. Y en buena parte lo consigue, no tanto por las frases intercaladas de Barthes, de Deleuze, de Jung, de Julio Cortázar o las varias citas de Eugenio Trías sobre la película del mago del suspense, sino por la atmósfera turbia y densa y la constante espiral que trazan en su camino los personajes. En “La novela de María Levi” Levi Marie (trasunto femenino de Huguet Mairet-Levi) ordena con fabulación sus recuerdos en una suerte de limbo del que no tenemos apenas datos Admitir el fracaso ya no es viable en este mundo narrativo, que especula el real, por eso las relaciones no terminan, sino que se aparcan en un punto. Por eso vivimos “un tiempo en que las amistades no se rompen sino que se desvanecen”. Estas conciencias, más que personajes, son conciencias enamoradas del abismo.
No hay escena sin acento, alguna de reconocible precedente literario, otras de buena originalidad como aquel delirante interrogatorio en mitad de una partida de ping- pong. Por fijarnos en algún detalle, espolvoreados entre líneas van asuntos latentes de hoy día que aparte de otorgar cierta verosimilitud al relato amplían su significación. Valga el ejemplo del viaje en coche de policía sorteando manifestantes.
Los hemisferios es un amplio y atrevido ejercicio literario. Mario Cuenca Sandoval presenta una prosa embarazada de buenas ideas y alejada de esas tramas que son “mercados de emociones”. Es un riesgo admirable y el lector curtido apreciará el esfuerzo. En definitiva, seguir a estos personajes, asomarse a sus ojos y encontrar un abismo desde el cual despeñarse. Como la vida misma.
Por Francisco Estévez
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