Santiago López Castillo | Domingo 27 de abril de 2014
Como pío, piadoso, no tiene mejor trino. Sin embargo, como político, y más en el Gobierno, no lo puede hacer peor. Lo conocí como secretario de Estado de Relaciones con las Cortes y el primer beneplácito que tuve fue de él con motivo de que se me concediera el I Premio de Periodismo de la Constitución por las diferentes fuerzas parlamentarias al divulgar en TVE la Carta Magna. Lo cortés no quita lo valiente, señor ministro.
Pero a lo que voy. No sé si usted está preso del síndrome de Estocolmo. O que ZP, antes de tomar posesión de su cargo, le comió el tarro. Hasta horadar su cacumen. Hizo una timorata defensa de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado con motivo de los incidentes de Ceuta y Melilla y después con motivo de la violenta manifestación del 22-M. Una izquierda cerril, transmontana, que busca rédito de todo lo que se mueve, se le tiró al cuello y no le suelta. Primero, pidieron la dimisión, luego la reprobación, que su secretario de Estado salvó en su excelente comparecencia en el Congreso de los Diputados. Y siguen con la comisión de investigación de los quince subsaharianos fenecidos al intentar pasar por tierra, mar y aire la frontera; y dale con el esclarecimiento de los hechos, cintas y más cintas -siempre buscando el alumbramiento fetal o fatal del Gobierno-, a pesar de que una jueza lleva el caso. Encima, usted, desde su despacho, al rescoldo del brasero, tuerce el gesto porque los guardias civiles usaron pelotas de goma ante los ilegales; son válidas, en cambio, las de tenis y las utilizadas por los Mozos de Escuadra (permítaseme la castellanización) con alguna víctima mortal que dirimen los juzgados.
Señor ministro: lo último -y lo que venga, todo está por llegar- fue la permisividad de la autoridad cuando las hordas empezaron a reventar el Estado de Derecho, tradúzcase por 67 policías heridos en la manifestación más violenta que se recuerde, con la aquiescencia de la señora Pepis o señora Cristina Cifuentes. La que dicen, jo, que va para alcaldesa de la alcaldía de Madrid. Señor maquinista: pare que me apeo en la próxima estación.
He conocido en tiempos distintos a Martín Villa, Martín Descalzo, ese no, que era un cura, santo varón, Juan José Rosón, Corcuera, el de la patada en la puerta, Mayor Oreja, Acebes, Rubalcaba, jo, preclaro ser, el químico prodigioso, el que puso las cuchillas en las verjas y murieron no pocos, al grito de conmigo la Legión, y llegaron con la cabra y todo. Pero usted, señor Fernández Díaz, con mi respeto y afabilidad, le digo que no es el mejor referente para liderar a las fuerzas policiales. Es usted un flanco fácil para la oposición, que sigue y no para, suma y sigue en su radicalismo permanente. Además, el director general de la Policía, Coisidó, que en la oposición no paraba de darle a la mui se escondió sin defender a los agentes del Orden y ha tardado un mes en dar la cara, no sé si jeta. Más o menos sucedió cuando se inhibió con el responsable de la Guardia Civil, Fernández de Mesa, hijo de militar sin tacha ni mancha.
Ya sé -sabemos todos- que usted iba para presidir el Congreso de los Diputados; y era lo lógico, porque, como se ha dicho más arriba, fue secretario de Estado para las Cortes en la segunda etapa gubernamental de Aznar. Los catalanes (o sea, CiU) le vetaron, precisamente porque no era un catalán independentista. Sin embargo, el fraile motilón -dicho sea sin la más mínima desconsideración, admítaseme la ironía- mantiene al presidente de la Comisión de Exteriores, Durán Lleida (Lérida en cristiano) que sólo pasea y cobra por sus iniciativas a favor de las “embajadas” de Cataluña en el extranjero, dinero mondo y lirondo.
Tal vez, señor ministro, usted dispense, va a resultar la reedición de Paco Vázquez, tipo dignísimo, alcalde que fue, queridísimo de La Coruña, díscolo ante el agnosticismo socialista, quien ante cualquier barbaridad de los “suyos” rezaba un padrenuestro para la redención de sus pecados (los de aquellos del partido). Le veo, pues, señoría, en el Vaticano. No es mal destino. Siempre obtendrá la bendición papal. Urbi et orbi.