Alicia Huerta | Miércoles 30 de abril de 2014
Hombre menudo, con cara de no haber roto un plato en su vida, Carlos Bergantiños fue detenido en Sevilla hace tres semanas a causa de una orden de busca y captura internacional del FBI. En Estados Unidos le acusan de, al menos, once delitos, entre ellos, estafa, falsedad documental y delito fiscal. Quienes le conocen en su pueblo gallego de origen, Parga, dicen que su vecino, apodado desde niño “el muletilla”, “marchó” hace años a “hacer las Américas”, pero que regresa a menudo para visitar su tierra, ver a la familia e invitar a unas rondas en el bar. Todos allí saben ya de su detención. También, que no debe de andar muy lejos. Quizá, en el mismísimo pueblo, junto a su hermano que también fue detenido. Porque, desde Sevilla, Bergantiños fue trasladado a la Audiencia Nacional en Madrid, que, a su vez, lo dejó en libertad con la obligación de presentarse todos los días en un juzgado de Vigo. De modo que, después de retirarle el pasaporte y declarar en la capital, el marchante de arte español se encuentra a la espera de que el juez Fernando Andreu decida sobre su extradición. En Nueva York, piden para él una pena de más de 110 años de cárcel. Su pareja y madre de su única hija, la mexicana Glafira Rosales, - una de las primeras en caer cuando la investigación sobre los cuadros falsos que vendía Bergantiños empezó a dar sus frutos – no tardó en decidirse a aceptar el acuerdo ofrecido por los investigadores y la fiscalía. A cambio, tenía que contar cómo funcionaba el lucrativo negocio que se traían entre manos. Y entre varios. Porque estas estafas tan duraderas y efectivas nunca se llevan a cabo por una sola persona.
De hecho, el primer soplo de este vendaval de cuadros falsos se llevó por delante a la prestigiosa galería neoyorquina Knoedler & Company, que tuvo que cerrar tras 167 años de emblemática actividad en la Gran Manzana. Porque fue contra la directora de la citada galería, Anne Freedman, y el dueño de la misma, padre del actor Army Hammer, contra quienes primero llegó la grave denuncia de estafa que hizo tambalearse el chiringuito ideado por el experto en arte – y, desde luego, en timos –gallego. Aunque estas cosas nunca suceden de repente, sino que, por desgracia, siempre vienen precedidas de habladurías e, incluso, directas acusaciones a las que – no se sabe por qué – nadie ha hecho ningún caso durante años. Esta vez, de la definitiva espita tiró el financiero belga Pierre Lagrange cuando, el pasado otoño, decidió sacar a subasta un cuadro de Pollock que había adquirido en 2007 por la suma de 17 millones de dólares a la ahora cerrada galería neoyorquina. La casa de subastas Christie’s, a la que el millonario afincado en Londres se había dirigido para llevar a cabo la operación, rechazó el cuadro porque el mismo, le dijeron, no era auténtico. La bomba acababa de estallar. El 2 de diciembre, los abogados de Lagrange presentaban la correspondiente querella contra la veterana galería que intermedió en la venta del cuadro y empezaba el episodio de “sálvese quien pueda”.
Bergantiños puso tierra de por medio, aunque estaba claro que, en cuanto empezaran a cantar los primeros detenidos, todos los caminos conducirían a él. Al mismo tiempo, los ricos coleccionistas que habían tratado con la galería – directamente o a través de Bergantiños o Rosales -, empezaban a descolgar sus valiosas obras de expresionismo abstracto de sus igualmente valiosas paredes, para que algún experto volviera a examinarlas. Las cifras del engaño pueden llegar a ser escandalosas. Y es que la falsificación de obras de arte sigue siendo un terreno, a pesar de todas las precauciones tomadas - tremendamente atractivo para los amantes de enriquecerse a costa de ansiosos coleccionistas que no reparan en gastos. Y eso que hoy se cuenta con medios tecnológicos antes impensables, como los infrarrojos, incapaces de detectar, en esta ocasión, el té con el que Bergantiños “teñía” de antiguas las obras recién pintadas antes de sacarlas al mercado.
Lo cierto es que la historia de Bergantiños y sus curiosos métodos para engañar a desconfiados millonarios rodeados de asesores, más que a la película “El secreto de Thomas Crown”, se asemeja a la picaresca propia de las novelas del Siglo de Oro. Porque el enjuto Bergantiños aprendió todo lo que sabía de arte – especializándose en expresionismo abstracto, seguramente por razones que creyó obvias – lo aprendió de manera autodidacta. Visitando el MOMA, el Metropolitan y el Guggenheim, mientras trabajaba de camarero en un restaurante español de Manhattan y, más tarde, acabando con la competencia de los suministradores de marisco a los restaurantes neoyorquinos, gracias a sus osados viajes de Nueva York a Maine. Osados y veloces. Porque, para ellos, el gallego utilizaba una ambulancia con la que fulminaba cualquier record que pudiera marcar otro comerciante o transportista que hiciera el viaje en un coche “normal”. Es decir, sin posibilidad de saltarse los estrictos controles de velocidad que existen en las carreteras estadounidenses o de pasar por encima del atasco de entrada a la ciudad por la mañana, gracias a la luz y a la sirena del blanco vehículo de segunda mano que compró el tramposo Bergantiños para trasladar de urgencias a las famosas langostas de Maine. Jamás le pillaron.
Sin embargo, a Bergantiños lo que le gustaba era la pintura y, sobre todo, alternar en los ambientes más sibaritas y cool de Manhattan. Quería comprarse una casa en Long Island – no tardó en hacerlo - y convertirse en un filántropo. Ser famoso, reconocido y respetado, aunque fuera a costa del arte de unos y del dinero de otros. De modo que, cuando un día se topó en Queens con un pintor chino que vendía sus obras en la calle por 10 dólares, a Bergantiños debió de parecerle algo así como una señal del universo. Pei Shen Qian, es decir, el chino pintor, empezó cobrando entre 50 y 100 dólares por cada cuadro que hacía siguiendo las indicaciones de su inesperado jefe, hasta que un día él descubrió, por su parte, que se vendía uno de “sus” cuadros por 10.000 dólares. Bergantiños, claro, accedió al aumento de sueldo del pintor, quien, según los primeros cálculos de la investigación, podría haberse embolsado la suma total de 50.000 dólares. Al chino, por supuesto, también le busca ahora el FBI, aunque todo apunta a que le dio tiempo a volver a su país. Y allí, se supone, que le deberían estar buscando para detenerlo, igual que a su jefe gallego, a pesar de que lo de la extradición a Estados Unidos resulte en China menos probable que la que, en principio, se prevé que decida la Audiencia en España.
En todo caso, a Bergantiños se le sigue viendo en otros ambientes – fuera, por descontado, de los ricos salones mancillados por cuadros falsos en los que hasta hace poco disfrutaba de una intensa vida social -, algo así como a un benefactor. Ya fuera por apariencia o porque realmente deseaba interpretar en ocasiones a un moderno Robin Hood, el marchante gallego solía contribuir en acciones solidarias tanto en Estados Unidos como en otros países con más carencias. Incluso después del cierre de la galería, la prensa colombiana publicaba cómo Carlos Bergantiño había corrido con todos los gastos de las operaciones en Boston de una niña, Wilmendis Soto Tejada, que no podía levantarse de la cama a causa de las graves quemaduras que sufría en todo el cuerpo. No era la primera vez, al parecer, que el gallego sufragaba intervenciones quirúrgicas a niños cuyos padres no podían pagarlas. Ya lo había hecho antes con otros treinta. Sin olvidar a los ancianos o las ayudas puntuales por determinadas catástrofes, como la que ocasionó el huracán Sandy a su paso por Nueva York o el terremoto de Haití. En 2009 creó – en memoria de su madre, Isolina Díaz – la fundación Amor y Vida. Su lema – así consta en la web de esta asociación filantrópica – “La humanidad es nuestro negocio”. Lo que ocurre es que los métodos para llevar a cabo cualquier negocio, sí que importan.